Estas semanas de verano somos tan numerosos, venidos de tantos países, y de diferentes continentes.
La alegría de estar juntos nos hace presentir que una solidaridad entre todos los humanos existe, y que es posible asumir responsabilidades los unos por los otros. La semana pasado un joven palestino decía: «Somos tan numerosos y tan diferentes los unos de los otros, y sin embargo somos una sola familia.» Sí, Cristo nos reúne en una sola comunión. Es como un pequeño Pentecostés. Es la alegría de Cristo resucitado que nos une.
Esta alegría no nos hace olvidar los sufrimientos que vemos en el mundo. Al contrario, ella
nos da el coraje de hacer frente a situaciones difíciles. Estos días rezamos muy particularmente por las víctimas del terrible atentado en Noruega y por las familias. Pero, por supuesto, rezamos también por los que sufren de la hambre a través del mundo, particularmente en Somalía, en Kenya y en Etiopía.
Frente al sufrimiento incomprensible de los inocentes quedamos a menudo desconcertados. Y la pregunta, el grito, que atraviesa la historia humana y que toca nuestro corazón y el de todos es ¿dónde está Dios?
Como los cristianos no tenemos respuestas ya hechas a esta pregunta grave. Cristo mismo, el enviado del Dios, no dio una explicación, sino que compartió esta interrogación con nosotros hasta el último soplo de su vida sobre la tierra.
Jesús nos dijo claramente que Dios no quería el sufrimiento. Durante su pasión en la cruz, negó el fatalismo y la pasividad. Amó hasta el final y, a pesar del carácter absurdo e incomprensible del sufrimiento, se mantuvo en la confianza que Dios es más grande que el dolor y que la muerte no tendría la última palabra.
Me parece que podemos, que debemos, seguirlo en esto: la respuesta a la pregunta del sufrimiento no está en una idea o en una teoría. Es por medio de nuestra vida que podemos responderla. Nuestra respuesta, para ser consecuentes con Cristo, puede tan sólo ser el amar más a los que nos son confiados.
Vemos que en Noruega muchos saben como expresar su profunda solidaridad con las familias que
perdieron a alguno de los suyos. Quisiéramos que este sentido de la solidaridad animara toda nuestra existencia. Hay tantas situaciones que gritan por una curación, lejos pero también muy cerca de nosotros.
Acernanos de los que están afligidos, ir simplemente hacia ellos, hasta si no sabemos de antemano que decir o que hacer. Expresar la compasión del corazón puede aportar un alivio. Ir con la confianza de Cristo, de que Dios está allí, cerca de los que sufren. Jesús se identificó con los más pobres. En el Evangelio él nos dice esta palabra: «Lo que hiciste a uno de los más pequeños es a mí al que se lo hiciste.»
Mañana, en solidaridad con las víctimas del atentado en Noruega, guardaremos silencio durante el almuerzo. La semana próxima, haremos lo mismo en solidaridad con los que sufren del hambre a través de la tierra, particularmente en Somalía, en Kenya y en Etiopía. Mañana entonces, haremos este gesto inhabitual de oración: almorzar en silencio.
A finales de esta semana tres jóvenes ruandeses que estuvieron aquí tres semanas, un pastor y dos sacerdotes, van a regresar a su país. Antes de su partida querría decirles esto: Admiramos el valor de su pueblo. Después de semejante sufrimiento, trabajan para un futuro de justicia y de paz. Particularmente entre los jóvenes hay una sed de revivir, una sed de vivir.
Estamos felices que el año próximo, en noviembre, puedan acoger a Kigali nuestro 3r encuentro africano. África está tan cerca de Europa, y sin embargo tan lejos, demasiado lejos. La fe en Cristo nos incita a reunirnos, a expresar nuestra solidaridad y a celebrar la comunión de Cristo que nos reúne.
Ayer al mediodía leímos esta palabra de la Biblia: « Tu voluntad, Dios, es para mí un canto; por la noche recuerdo tu nombre. » Quisiera acabar leyendo la oración que dije después de esta lectura:
Dios de paz, tu voluntad es que tu amor sea conocido todos los humanos. Tu perdón y tu presencia se vuelven un canto en nuestro corazón, y hasta por la noche podemos pensar en ti, recordarnos de tu nombre.