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Meditación semanal del hermano Aloís

Cada ser humano tiene una dignidad inconmensurable a los ojos de Dios

Jueves 4 de agosto de 2011

Tres veces al día nos reencontramos aquí en la iglesia para volvernos juntos hacia Dios. La oración común es el corazón de nuestra vida de comunidad, y es importante para nosotros, los hermanos, de compartirla con todos ustedes.

Incluso si Dios estará siempre más allá de todo lo que podríamos imaginar, nos es posible sin embargo de girarnos hacia él. Hablarle o simplemente estar en su presencia. En el fondo del alma de cada uno de nosotros, hay una oración que podemos formular más o menos bien, pero que Dios comprende.

Dios, como el sol, es demasiado deslumbrante para que podamos mirarlo. Pero a través de Cristo Jesús vino la luz de Dios y esta se vuelve accesible. Pasado mañana vamos a celebrar una fiesta que nos ayuda a comprender esto más profundamente.

El 6 de agosto conmemoramos un momento muy particular de la vida de Jesús. La Biblia nos cuenta que subió sobre una montaña con sus discípulos Pedro, Santiago y Juan. Y, durante un breve instante, el rostro de Jesús y todo su ser irradió una luz nunca vista.

¿Qué sucedió? En este momento los discípulos vieron claramente quién era verdaderamente Jesús . La luz de Dios se hizo visible a través de él. Ellos comprendieron que era de verdad el enviado de Dios, y que vivió una vida extremadamente simple. Jesús que es uno de nosotros, como nosotros, se les apareció a ellos transfigurado.

Al hermano Roger le gustaba mucho esta fiesta de la transfiguración. Él vivía de esta confianza que, como los discípulos, nosotros también podemos mirar a Cristo. Y que su luz transfigura nuestro ser.

El hermano Roger escribió estas palabras:

«En todo hombre, y en toda mujer, hay una herida abierta por el fracaso, las humillaciones, la mala conciencia. Esta se abrió tal vez en el momento en el cual habríamos necesitado una comprensión infinita peo nadie supo estar ahí (...) Transfigurada por Cristo, la herida se vuelve en un lugar de energía, en una fuente creativa de donde brotarán comunión, amistad y comprensión.»

Jesús les dijo a sus discípulos estas palabras asombrosas: «Usted son la luz del mundo.» Eran poco y habrían podido quedarse en sus límites y en su debilidad pero aceptaron que Jesús los enviaba a transmitir su luz a todo el mundo.

¿Y cómo pudieron hacerlo? Mostrando por medio de su vida que Cristo había aportado una nueva solidaridad a toda la humanidad. Él vino para reunir en el amor de Dios a todos los humanos. Por él sabemos que cada ser humano tiene una dignidad inconmensurable a los ojos de Dios.

Esta solidaridad y esta comunión entre todos los humanos nos apasionan. Es por eso que, por ejemplo, me sentí empujado estos días a escribirles a algunos musulmanes que conocemos, para decirles que estamos cerca de ellos ahora que comienzan el Ramadán.
En numerosos lugares del mundo la dignidad humana es pisoteada. Como cristianos nos atañen, nos llaman y nos interpelan estas situaciones.

La semana pasada tuvimos la visita del pastor Junge, el secretario general de la Federación luterana mundial. Las Naciones Unidas pidieron a esta Federación de Iglesias ocuparse de un campo en Kenya donde refugiados de la hambruna que vienen de Somalia son acogidos. Este campo estuvo previsto para 50.000 personas, pero están allí actualmente 500.000 refugiados.

El pastor Junge estuvo allí estos días. Nosotros nos preguntamos con qué gesto podíamos acompañarlo y expresar nuestra solidaridad con los que están en este campo. Alguien entre ustedes propuso repetir mañana el mismo gesto que hicimos la semana pasada por las víctimas del atentado en Noruega.

Este gesto es muy simple y todos podemos vivirlo juntos: almorzaremos en silencio. Expresando así nuestra solidaridad con los que sufren de hambre en Somalía, en Kenya, en Etiopía, y también en Corea del Norte.

Frente al sufrimiento en el mundo, no se nos pide añadir aún más tristeza. Lo que Cristo nos pide es amar más a los que nos son confiados, estén cerca o lejos.

Una última palabra. Entre nosotros hay un gran número de jóvenes alemanes. Es asombroso que vengan a lo largo de todo el año. Nos Alegramos de esto y más aún que el encuentro europeo será a fin de este año en Berlín.

Para muchos, en el este y en el oeste de Europa, Berlín es el símbolo de una ciudad cuya población no se deja desanimar, hasta en las circunstancias más difíciles. Esto tiene hoy una gran relevancia, puesto que procuramos comunicar un nuevo aliento para el futuro y también para el futuro de Europa.

Uno cien jóvenes berlineses están entre nosotros. ¡Ya querríamos decirles a cada uno mil gracias por prepararnos una bella acogida y un bello encuentro!

Última actualización: 5 de agosto de 2011