Mañana celebramos la Resurrección de Cristo. Al finalizar la eucaristía, y durante el resto del día, podremos intercambiar el saludo pascual : « Cristo ha resucitado » y su respuesta : « verdaderamente ha resucitado ».
Esta fiesta es el centro de nuestra fe. El Hermano Roger decía: « Si Cristo no hubiera resucitado nosotros no estaríamos aquí. »
Sí, Cristo Jesús es quien nos hace estar juntos, a nosotros los hermanos de la comunidad, con vosotros que compartís por una semana nuestra vida en la colina. Hemos meditado durante esta Semana Santa la pasión de Cristo. Ahora entramos en su alegría.
¿Pero de qué se trata? ¿Qué significa para nosotros la resurrección de Cristo? ¿Cómo expresar este misterio hoy en día? Muchas personas, sobre todo en las sociedades occidentales, encuentran difícil creer.
Frente al sufrimiento y a la muerte estaremos siempre desvalidos. La confianza en la resurrección de Jesús no explica todo el porqué del sufrimiento y de la muerte.
La confianza en la resurrección de Cristo es más bien como un ancla que arrojamos para afianzarnos en la esperanza. En nuestras penas y nuestras alegrías cotidianas, e incluso en nuestras pruebas, podemos acudir a Cristo. Él está vivo, aunque nuestros ojos no le vean, aun cuando no siempre podamos sentir su presencia.
¡Acojamos la alegría de la resurrección! Nunca estamos ya solos, nada puede separarnos del amor de Dios. Y llevar en nosotros la alegría de la presencia de Dios nos hace capaces de hacernos cercanos a los que están desconsolados.
Esta tarde nuestro hermano ha dicho sí a Cristo para vivir toda su existencia en nuestra comunidad. Mediante la vida de nuestra pequeña comunidad, queremos expresar que Cristo nos reúne desde todos los rincones del mundo.
Él quiere con nosotros, sus hermanos, realizar una parábola de comunión, es decir, dar un signo visible de que Jesús ha puesto el inicio de una humanidad nueva, donde la rivalidad y la violencia no son ya más las que hacen la ley, sino la paz de Dios.
Podéis bien imaginar que vivimos esto sin pretensión, imperfectamente. Y, sin embargo, existe una alegría en la donación de toda su vida, en la confianza en Cristo, y en comenzar de nuevo a expresar primero entre nosotros la nueva solidaridad que Cristo nos ha dejado en herencia.
En Taizé no estamos aislados, sino integrados en la gran comunión de los creyentes a través del mundo. Ello nos lleva a viajar con frecuencia. Ayer mismo, yo estaba ausente, los cristianos de París nos habían pedido que fuésemos a meditar con ellos el camino de la cruz.
Antes de Pascua, visitamos a los responsables de las Iglesias. En Ginebra, en el consejo ecuménico de las Iglesias, indagamos en particular sobre cómo la oración entre cristianos de diferentes confesiones podría intensificarse para mostrar que ya ahora nos pertenecemos los unos a los otros.
Luego está la visita anual a Roma, al igual que todos estos últimos años, una hermosa audiencia privada en la residencia del Papa Benedicto XVI. Me sentí conmovido que este hombre ya mayor que afronta tantas cuestiones y situaciones aparentemente irresolubles me acogiese con un afecto humano tan grande.
El Papa se mostró muy interesado en el encuentro internacional de jóvenes que tendremos en noviembre en Ruanda. Y se alegró de acogernos a finales de año en Roma para el encuentro europeo. Tendremos una oración común con él en la basílica de San Pedro
Todos deseamos que nuestras Iglesias vivan más la alegría y la simplicidad del Evangelio para que la compasión de Cristo pueda iluminar el mundo. La Iglesia no puede por sí misma ser la luz, pero si la comunión entre cristianos fuera más visible, la Iglesia sería como una hermosa luna llena que refleja la luz del sol y alumbraría mejor las noches de la humanidad.
En el mundo vemos muchos sufrimientos e injusticias. Pero vemos también motivos de esperanza. Esta semana hemos tenido entre nosotros docenas de jóvenes de Myanmar. Este país conoce los cambios profundos que se dan con un sentido positivo e incluso inesperado.
Ahora deseamos transmitir a los jóvenes de Myanmar todo nuestro apoyo para que avancen valientemente por el camino de la justicia y la paz. Como signo de nuestro apoyo les entregamos estas ramas floridas de nuestros árboles de primavera. No podréis llevarlas con vosotros a casa, pero la imagen podrá permanecer en vuestro corazón.