Español

Meditación del hermano Alois

Dios necesita testigos

Jueves 26 de julio de 2012

A la hora de dejar Taizé, después de una semana durante la cual cada uno ha procurado ir a las fuentes de la fe, podemos sentirnos interpelados por aquellas palabra que Cristo dijo a sus discípulos : "Seréis mis testigos en Jerusalén y hasta los confines de la tierra. "(Hechos 1, 8)

¡Qué curioso es esto! Dios necesita testigos. Él no impone su verdad a todos los seres humanos. Cristo dice a todos y cada uno de nosotros: "Te necesito para que el mundo pueda creer que mi palabra es verdad. "

Al dejar Taizé, podéis deciros: ser cristiano, no consiste sólo en tener la actitud moral de ser bueno hacia los demás, sino que en primer lugar supone ser testigos de la historia y de las palabras de Cristo.


El testimonio principal de los primeros cristianos era que Cristo había resucitado de entre los muertos. Testimonio éste increible, nunca se hubieran atrevido a inventarse un mensaje así. Esto significaba para ellos que desde ese instante la presencia de Dios había quedado insertada en la historia, que la violencia y la muerte ya no tenían la última palabra.

La primera persona que proclamó esto fue una mujer, María Magdalena. Les dijo a los demás discípulos que había visto a Jesús resucitado.

La resurrección escapa a nuestro entendimiento, es una realidad más allá de nuestra capacidad para concebir acontecimientos. Creer en la resurrección no nos adormece, al contrario, de ahí sacamos la fuerza para luchar contra el mal porque creemos que éste tiene sus días contados.

Jesús no describió la vida después de la muerte. Habló de ello de modo escueto, con imágenes muy sencillas, como ésa de una mesa de fiesta en la que Dios mismo sirve la comida, una mesa donde están invitados todos, "de Este a Oeste", dice Jesús.

Esta es una hermosa imagen capaz de inspirar nuestras vidas. En realidad, es mucho más que una imagen. Nosotros podemos vivirlo anticipadamente ya en la tierra. Me gustaría dar algunos ejemplos.


La mesa significa la hospitalidad. Acoger a los que llegan, escucharles, darles nuestro tiempo, compartir la comida. Ser testigos de la resurrección de Cristo significa hacer extensiva nuestra amistad a muchos otros, también a aquellos que son diferentes de nosotros. Mediante la acogida vivimos ya anticipadamente algo de la vida eterna con Dios.

Nosotros, los hermanos, desearíamos invitaros a todos a la mesa de nuestra comunidad. Pero sois muy numerosos. En los últimos días han venido quienes están aquí varias semanas y que con los permanentes sostienen las tareas de los encuentros. Incluso con poco, una taza de chocolate, ha sido una fiesta.

De vuelta en casa, si podéis ayudar a vuestras parroquias a ser, todavía más, lugares de hospitalidad y acogida. Nuestras sociedades tienen una gran necesidad de tales sitios. Mediante la peregrinación de confianza que mantenemos, queremos apoyaros en este cometido. El encuentro europeo en Roma a finales de año será una gran oportunidad.


En noviembre, vamos a tener un encuentro de jóvenes en Kigali, Ruanda, y sabemos que allí conoceremos una generosa hospitalidad. Tal vez sea está precisamente la razón principal para ir allí. Durante todo el verano, hay ruandeses entre nosotros, ellos nos ayudan a prepararnos.

A menudo me maravillo de la capacidad de tantos africanos en todo el continente para hacer frente a las pruebas con perseverancia, sin desanimarse; y aún en situaciones difíciles, encontrar siempre momentos de alegría y de fiesta .

Cuando se trata de África, uno se fija con demasiada frecuencia en los problemas y se olvida de que precisamente en África hay muchos hombres y mujeres que han hecho avanzar a la Iglesia y a los pueblos hacia una mayor unidad y paz.

Para todos los participantes, africanos o europeos, el encuentro en Kigali será un estímulo para ser testigos de Cristo, para decir con la propia vida que la paz de Cristo actúa en los seres humanos, para expresar que esta paz es más fuerte que la violencia que vemos en el mundo, pero que también está escondida en nuestros corazones.

Déjenme decir algo más. En Roma y en Kigali, la oración común será el corazón de nuestro encuentro, como aquí en Taizé. Es ahí donde Cristo nos acoge a su mesa. Y ¿qué nos da? Su Palabra y la Eucaristía.

Escuchar una palabra es más que acoger un mensaje, es acoger también a la persona que nos habla. Escuchemos a Cristo, su palabra que podemos leer en los Evangelios. Aunque comprendamos poco, al hacer esto estamos ya acogiendo a Cristo. Algo así como un niño pequeño que necesita escuchar la voz de su madre, aunque todavía no entiende el significado de las palabras.

Cristo nos invita también a la mesa de la Eucaristía. La noche antes de morir, Jesús reunió a sus discípulos, tomó el pan, lo partió para ellos y les dijo: "Este es mi cuerpo" Nunca nadie ha hablado de ese modo, nunca ningún otro dirá estas palabras.

Él nos ama tanto que desea darse a nosotros sin reservas. Él quiere ser nuestra fuerza, nuestra curación, él se une a nosotros. Él nos da así el vivir ya por anticipado una vida que no se acaba. Meditemos más este misterio de nuestra fe.


En el mundo, vemos tanta violencia. Esta noche, cuando la oración se prolongue rezaremos especialmente por quienes sufren violencia en Siria.

Cristo nos envía como testigos para que trasmitamos con nuestra vida su paz. Cada uno y cada una de nosotros puede hacerlo, en el lugar donde vivimos, aunque en ocasiones nos sintamos pobres y necesitados. Ser testigo de la paz de Cristo dará un dinamismo nuevo a nuestra existencia.

Sí, Cristo nos lo dice: "Te necesito para que el mundo crea que mi palabra es verdad. "

Última actualización: 26 de julio de 2012