Una peregrinación por

Cinco países de América Central

Durante el mes de marzo de 2006, un hermano de la comunidad fue en peregrinación a través de cinco países de América Central. He aquí algunas de sus impresiones a lo largo del camino.

Aunque hay muchas similitudes en la cultura y la historia –las recientes guerras civiles, por ejemplo; los terremotos y los huracanes, y las dificultades económicas comunes- cada pais tiene, sin embargo, un agudo sentido de su propia identidad.

Costa Rica

Cuando desembarqué en el aeropuerto de San José, había varios centenares de personas esperando en fila para franquear la aduana y la frontera, todos de Estados Unidos. Por la manera que iban vestidos era evidente que iban de vacaciones. He preguntado a alguno de ellos dónde se dirigían, y me han respondido que en Costa Rica hay muchos parques nacionales y playas bien mantenidas y baratas. Sin embargo tras esta primera impresión de tierra de vacaciones, la realidad cotidiana del pueblo es algo diferente.

Cuando preguntas a otros que vuelven de América Central sobre Costa Rica, te responden a menudo que es el país económicamente más estable de América Central. Quizá sea cierto, pero eso no significa que no haya dificultades.

Los costarricenses se enorgullecen de que su país no tenga ejército. Es increíble cuando se piensa que Costa Rica se encuentra en una región que ha conocido tal cantidad de conflictos armados. Los fondos que normalmente se utilizarían para el ejército han sido empleados en la educación.

Como Costa Rica se encuentra mejor económicamente que sus vecinos, uno de los problemas que debe afrontar es la inmigración. Hay quienes dicen que de los cuatro millones de habitantes de Costa Rica, un millón está constituido por inmigrantes nicaragüenses. Habiendo debido acoger a sus vecinos, y sin ejército para defender sus fronteras, los servicios sociales se encuentran sobrecargados.

La inmigración de numerosos nicaragüenses en Costa Rica ha creado muchas tensiones entre los dos países. La necesidad de diálogo y reconciliación es grande. Muchos costarricenses consideran que algunos nicaragüenses abusan de los Servicios Sociales. Igualmente, a pesar de que muchos nicaragüenses trabajan dura y honradamente, muchos entre ellos descubren trazas de racismo en la manera en la que son tratados. La inmigración es compleja. Nunca es fácil abrir las puertas de nuestros países y nuestras ciudades.

Pude encontrarme con un grupo de jóvenes que trabaja en la Pastoral Juvenil. Mostraron gran interés por los encuentros de Taizé; como de costumbre, dos animadores de la Pastoral Juvenil pasaron tres meses en Taizé este verano. Nuestro encuentro terminó con una oración con los cantos de Taizé, preparada por los jóvenes que estuvieron en Taizé el año pasado. La decoración incluía un panel con las palabras del hermano Roger, “En todo, la paz del corazón”. Quizá sea eso lo que necesitamos, “la paz del corazón”. No una paz que nos incite a tomar distancia, sino una paz que nos permita ser creativos para intentar encontrar soluciones a los problemas que afrontamos.

Nicaragua

Ir del aeropuerto al centro de Managua, la capital, fue como entrar en una ciudad aparentemente abandonada y desolada. Aún teniendo centros comerciales como los de cualquier gran ciudad, daba la impresión de que todo se había detenido.

Uno de los primeros lugares que visitamos es la vieja catedral católica. Justo adelante se encuentra la tumba de uno de los héroes de la revolución sandinista y un monumento a la revolución. Durante algunos años hubo antorchas encendidas permanentemente ante la tumba y el monumento; hoy ya no las hay. Muy cerca hay un gran espacio descubierto donde se celebraban manifestaciones y grandes reuniones políticas. Parece que nadie lo mantiene ya.

Durante mi visita me alojé en la casa de los Hermanitos del Evangelio. Ellos intentan vivir una vida de oración entre los más pobres, compartiendo sus condiciones de pobreza. Como no hay agua corriente, cada día, a las 5 de la mañana, uno de los hermanos va a buscarla. Al igual que en la mayoría de las casas, las puertas y las ventanas tienen rejas de hierro para protegerse de los robos y la violencia.

A pesar de estas condiciones, los hermanos están lejos de perder la esperanza. Con sus compromisos cotidianos intentan transmitir una esperanza a los demás. El hermano Carlos trabaja en un centro para quitar tatuajes. ¿Por qué está implicado en ello? ¿Cómo es que eso permite una esperanza? En Nicaragua y en la mayor parte de los países de América Central, los tatuajes se asocian a las bandas de jóvenes, las maras, que son conocidas por su extrema violencia. La mayoría de las veces sus miembros son jóvenes que no han encontrado un sentido a su vida o han perdido toda esperanza. Para muchos de ellos, unirse a una mara es la única manera de sentir que forman parte de algo, y la violencia sin sentido es como un grito de socorro que pide un reconocimiento social.

Una de las maneras de identificar a un miembro de una mara es el tatuaje. El tatuaje es a menudo un símbolo que te identifica con una banda específica. Si intentas dejar la mara te pueden matar. Si intentas buscar un trabajo teniendo un tatuaje, eres frecuentemente rechazado. Así, te encuentras encarcelado; aparentemente no hay ninguna salida. En esta situación, el hermano Carlos trata de ayudar a los jóvenes que quieren comenzar una nueva vida y dejar las maras quitándoles los tatuajes.

El hermano José, que vive en Nicaragua desde hace 26 años, me decía: “Muchos pensaron que la revolución sandinista era como participar en la construcción del Reino de Dios. Había mucha esperanza, la gente dio lo mejor de sí misma para hacer una Nicaragua mejor. Es verdad que los sandinistas cometieron muchos errores, pero al menos existía el sentimiento de poder cambiar la situación del país que había estado tanto tiempo bajo la dictadura. Nos decepcionó mucho que perdieran las elecciones de 1990. Es una de las razones por las que hay tanta frustración y tristeza en lo cotidiano de mucha gente. Como el Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, debemos atravesar el desierto. ¿Estamos preparados para pasar en él 40 años?”

¿Cómo se puede transmitir la esperanza cuando la vida cotidiana es tan dura? Nicaragua es el país más pobre de América Central, y el segundo más pobre de América latina después de Haití.

La última noche en Managua tuvimos una oración al final de la cual cada uno se acercó a rezar a la cruz, y encendió una vela, símbolo de la luz de la resurrección, el corazón de la fe cristiana. Como cristianos, la esperanza que quisiéramos transmitir es una que hunde sus raíces en la resurrección. Esta esperanza no es un simple sueño o un optimismo humano. Como escribió el hermano Roger, “la esperanza es un camino de luz que se abre en nuestras profundidades”.(Carta 2003)

El Salvador

Del país más pobre de América Central, fui al más pequeño, El Salvador. El Salvador quizá sea pequeño, pero verdaderamente tiene mucha energía. Cuando llegas al aeropuerto internacional de la capital ves a cada uno trabajando duro. Es la nación de mayor densidad demográfica del continente americano.

Como en otros países latinoamericanos, los años 70 y 80 fueron muy violentos. El Salvador sufrió 12 años de guerra civil (1980-1992), en la que murieron 75.000 personas. La guerra civil tenía como protagonistas al grupo marxista Frente Nacional de Liberación Farabundo Martí, y las fuerzas armadas de El Salvador sostenidas por los Estados Unidos.

Atravesando la capital, San Salvador, si conectas la emisora de radio de la Universidad Centroamericana, puede que escuches una voz hablando con fuerza y claridad. Muy probablemente será la voz de Oscar Romero, el arzobispo que fue asesinado al comienzo de la guerra, el 24 de marzo de 1980. Monseñor Romero fue verdaderamente una persona profética que habló claramente contra las violaciones de los derechos humanos en el país.

En febrero de 1979, cuando el hermano Roger participó en la reunión de obispos latinoamericanos de Puebla, Méjico, se encontró con Monseñor Romero. Parece que hablaron largo y tendido. Monseñor Romero invitó al hermano Roger a visitarle. La visita se proyectó para diciembre de 1979, pero fue anulada por la difícil situación que atravesaba El Salvador. Tres meses más tarde, el arzobispo fue asesinado mientras celebraba la eucaristía. Fue enterrado en la cripta de la catedral de San Salvador. Hoy es un lugar de oración y siempre hay gente rezando frente a su tumba. Mientras me encontraba ahí rezando, había grupos de diferentes lenguas que habían venido a manifestar su respeto por este hombre de paz y reconciliación. En 1997, Juan Pablo II llamó al arzobispo Romero “servidor de Dios”, que es la primera etapa hacia la beatificación y la canonización.

Al cabo de los años, un buen número de jóvenes adultos de El Salvador han estado en Taizé. Una de las actividades previstas durante mi visita era un encuentro de oración con ellos. Algunos están ya casados y tienen hijos. Fue precioso escuchar cómo su estancia en Taizé había tocado sus vidas, cómo habían descubierto que un futuro de paz es verdaderamente posible. Para muchos la experiencia de convivir y de escuchar a otras personas muy diferentes ha sido esencial para abrir en ellos caminos de reconciliación.

La última oración de la noche tuvo lugar en la Capilla de los Mártires de la Universidad Centroamericana (UCA). La guerra civil acabó con la matanza de seis sacerdotes en su residencia de la UCA. En el lugar que fueron asesinados hay hoy un jardín de rosas, y sus cuerpos están enterrados en la Capilla de los Mártires.

Mientras rezábamos en esta capilla me vino al corazón una oración del hermano Roger, “Alabado sea el Espíritu Santo por las mujeres, los hombres, los jóvenes e incluso los niños que han dado su vida por la reconciliación y la paz”.La historia reciente de El Salvador está marcada por los conflictos sociales y la guerra civil. La violencia está presente aún hoy en la actividad de las bandas de jóvenes. Pero a pesar de la violencia, hay quienes han dado y todavía dan su vida por los demás.

“¿Pero qué es amar? ¿Será compartir los sufrimientos de los más maltratados? Sí, es eso. ¿Será tener una infinita bondad de corazón y olvidarse de sí mismo por los otros, con desinterés? Sí, ciertamente. Y aún más: ¿qué es amar? Amar es perdonar, vivir reconciliados. Y reconciliarse es siempre una primavera del alma.” (Hermano Roger, Carta inacabada)

Guatemala

Cuando se pregunta a los guatemaltecos sobre su país, dicen a menudo que es el “país de la eterna primavera”. Es verdad. Guatemala es montañosa; tiene hermosos lagos y valles y está rodeada por el océano Pacífico y el mar Caribe. Sin embargo esta “eterna primavera” puede ser a veces muy violenta. En 1998, Guatemala fue golpeada por el huracán “Mitch” y el año siguiente por el huracán “Stan”, que provocó la muerte de cerca de1.500 personas.

Evelyn y Francisco estuvieron en Taizé el verano pasado. La provincia en la que viven fue duramente golpeada por el “Stan”, tocando su ciudad San Marcos, justo a su vuelta de Taizé. No pudieron llegar a su casa durante casi quince días.

Les pedí que me alojaran en su casa durante la mayor parte del tiempo de mi estancia en Guatemala. El viaje desde la ciudad de Guatemala hasta San Marcos fue largo y laborioso. Varias carreteras fueron dañadas y aún necesitan reparación… De San Marcos fuimos a un encuentro de jóvenes en la ciudad de Tacaná, a 2.800 metros de altura, donde fuimos acogidos por un numeroso grupo compuesto en gran parte por indígenas. Como Bolivia, Guatemala tiene una gran población indígena. Las tribus principales son los pueblos Maya: Quiché, Mams y Pocoman. Muchos viven en las montañas occidentales de Guatemala. Como los españoles los mantuvieron aparte, una gran parte de ellos mantiene aún sus costumbres, y lleva siempre sus vestidos tradicionales.

En Tacaná los jóvenes nos esperaban en la iglesia. Muchos habían caminado durante varias horas. La iglesia estaba decorada con la cruz de Taizé y varios iconos, iluminados con velas… Quedé estupefacto de ver con qué rapidez habían aprendido los cantos y el espíritu de la oración. Me asombra viajar al otro extremo de la tierra y tener tal sentido de comunión con los que nos acogen. Encuentros parecidos tuvieron lugar en San Marcos y en la costa del Pacífico.

Como Nicaragua y El Salvador, Guatemala sufrió una guerra civil que duró 35 años y dejó cerca de 200.000 muertos. Según la Comisión de la Verdad, apadrinada por Estados Unidos, 450 poblados mayas fueron destruidos; más de un millón de guatemaltecos se convirtieron en refugiados y el 90% de las violaciones de los derechos humanos fueron cometidas por las fuerzas del gobierno. En una ciudad cercana a San Marcos, todos los sacerdotes y religiosos, con una sola excepción fueron asesinados o debieron exiliarse. Todo grupo organizado era sospechoso de colaboración con los guerrilleros de izquierdas. Así, el número de víctimas entre los que enseñaban religión, o estaban de una manera u otra comprometidos en su parroquia , fue muy elevado.

Para que una curación sea efectiva en una situación así, una de las tareas mas difíciles es hablar de lo ocurrido. Mirar la verdad, incluso si es dolorosa, forma parte del proceso de reconciliación. Perdonar no es olvidar, porque el perdón no niega la falta, sino que la cura de tal forma que no hay deseo de cometerla de nuevo o de hacer de ella el centro de la vida. Para perdonar o para que una verdadera reconciliación tenga lugar, tenemos que reconocer la falta.

Buscar la reconciliación puede costarle la vida a muchos. Como, por ejemplo, a Monseñor Girardi, arzobispo de la ciudad de Guatemala. Monseñor Girardi fue invitado a dirigir una Comisión de la Verdad apadrinada por la iglesia. Unas horas después de la presentación de su informe titulado “Guatemala: nunca más”, fue asesinado.

A pesar de una historia tan difícil, hay muchos signos de esperanza en Guatemala. Como ocurre a menudo, estos signos son vividos en situaciones de un gran sufrimiento. Pero ahí están. Si visitáis la casa diocesana de San Marcos, veréis como los cristianos tratan de hacer frente y abrir caminos de paz. Los despachos de los diferentes equipos pastorales diocesanos se encuentran en el patio interior de la casa. Si os ponéis en el centro del patio veréis todas las puertas que dan a él: el despacho para la defensa de los derechos de los obreros, el despacho para los que no tienen tierra, para las mujeres, para la juventud, el de un grupo que trata de recuperar la memoria histórica del pueblo…

Honduras

La última etapa de esta peregrinación fue Honduras, uno de los países más pobres de América. Me alojé en la capital, Tegucigalpa, acogido en el seminario mayor, que está lleno de seminaristas. Fue muy impactante. En Europa hablamos de la crisis de vocaciones sacerdotales. En Honduras, ése no es el caso.

Honduras comparte varios de los problemas que deben afrontar la mayoría de los países de América Central. En el centro de Tegucigalpa hay un gran bulevar que se podría encontrar en cualquier ciudad de los Estados Unidos. Todos los supermercados, restaurantes y centros comerciales que encontrarías en Estados Unidos están ahí, en una sola calle. A veinticinco minutos en coche de esta calle, en las laderas de las colinas que rodean la ciudad, se encuentran calles llenas de basura, casas semiderruidas sin agua corriente ni electricidad. La desigualdad entre los ricos y los pobres es grande y se agranda aún más constantemente. Esta desigualdad puede ser una de las razones por las que hay tanta violencia en las grandes ciudades de América Central. Esta violencia obliga a la gente a vivir permanentemente con temor y estrés. Cuando entras en un coche, oyes inmediatamente como los cierres centralizados traban todas las puertas. Si preguntas porqué tienen polarizados los vidrios del auto, te responden que no se debe ver desde el exterior cuantos ocupantes hay en el coche. Si las bandas de jóvenes te ven conducir solo, peligra tu vida. Tu coche puede ser “secuestrado” en pleno día, y si te resistes, pueden matarte. Por la noche, a partir de cierta hora, el centro de Tegucigalpa queda completamente vacío. Vas a tu propio riesgo.

Frente a esa violencia ¿qué puede hacer la Iglesia? Una manera de hacer algo es reconfortar a los que sufren, especialmente a las mujeres y los niños. Una parroquia, en la que tuvimos un encuentro con jóvenes de diferentes barrios pobres, trata de ofrecer ayuda médica a bajo costo a las familias. La clínica es mantenida por religiosas que son también enfermeras. También hay una tienda de comestibles sin fines de lucro gestionada por los miembros de la parroquia.

Los desafíos que afrontan los países de América Central son enormes. Este verano, jóvenes de cada uno de estos países están pasando unos meses en Taizé. Ciertamente, no tenemos soluciones a sus problemas, pero, acogiéndoles, podemos sostenerlos en su esperanza de un futuro mejor.

Última actualización: 24 de septiembre de 2006