Atardecer del jueves 23 de agosto

Meditación del hermano Alois

Esta semana se cumplen 67 años que hermano Roger llegó a Taizé. Partiendo de Suiza en bicicleta para buscar dónde instalarse llegó el 20 de agosto de 1940 a Taizé.

Para nosotros los hermanos, esta fecha no es sólo un aniversario del pasado. Esta fecha interroga nuestra vida de hoy. Es por esto que querría decir esta noche unas palabras, y me disculpo si soy un poco más largo que de costumbre.

Cuando el hermano Roger se instaló en esta región, marcada entonces por la guerra, era muy joven, tenía sólo 25 años. ¿Por qué insistía tanto a correr el riesgo de venir aquí y comprar una casa? ¿No hubiera sido más fácil quedándose más cerca de su país?

Desde muy joven y a lo largo de su vida, el hermano Roger estaba convencido de que nada se crea en la facilidad. En un tiempo en que los pueblos en Europa se desgarraban, sintió una llamada muy fuerte a la reconciliación. Los cristianos, pensaba, pueden contribuir a una reconciliación en la humanidad, a condición de que se unan, que no sigan estando separados.

Su decisión era muy clara: anticipar con algunos una reconciliación y vivir como una « parábola de comunidad ». Pero ¿qué quería decir el hermano Roger con esta expresión « parábola de comunidad »?

En el evangelio, Jesús habla en parábolas.

Para decir que Dios actúa en nuestra existencia, Jesús contó historias simples de la vida diaria: un grano de trigo que muere para dar muchos frutos, una oveja perdida y encontrada, un padre que se alegra de la vuelta de su hijo extraviado. Pero las dijo de tal manera que dejan traslucir algo de inesperado, algo de la realidad de Dios.

Jesús no habló solo en parábolas, también las vivió en actos. Cuando lava los pies de sus discípulos, presta, ciertamente, el servicio necesario antes de la comida, pero a través de eso, deja también traslucir que es realmente Dios.

Era para expresar, con toda su vida, el amor de Dios que el hermano Roger quería comenzar una parábola de comunidad.

El hermano Roger deseaba que nuestra pequeña comunidad viva con la menor cantidad de estructuras posibles para que se base sobre todo en el amor fraterno. Es siempre una exigencia ante nuestros ojos, pero llena de una gran belleza.

Hoy nos cuesta imaginarnos que los primeros hermanos vivían aquí en un gran aislamiento, y, después de la guerra, en una gran pobreza material. Ya en aquel entonces, rezaban tres veces al día, y buscaban cómo ganarse la vida trabajando. Después de algunos años tomaron la decisión de comprometer toda su existencia en esta vida de comunidad.

Hoy nosotros, los hermanos, recordamos esta historia con un inmenso agradecimiento. Sí, vivimos en el asombro constante que esta pequeña semilla se haya convertido en un árbol con grandes ramas. Y este árbol puede ahora acogerles a todos, tan numerosos venidos del mundo entero.

Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Cómo dejarme inspirar por esta historia? De mi parte, yo quisiera subrayar esto: ¡no subestimemos los gestos de comunión y reconciliación que podemos hacer!

Incluso gestos tan pequeños pueden tener una influencia que no nos imaginamos en el momento. Contienen, en ellos mismos, una fuerza cuyos efectos a largo plazo no conocemos. Es Dios mismo que los hace madurar, que les da una eficacia.

Para vivir estos signos de reconciliación, no nos quedemos quietos. ¡Atrevámonos a ir a encuentro de situaciones difíciles, cerca o lejos de nosotros! ¡Osemos ir allí donde la esperanza flaquea! Nuestra simple presencia, incluso con poco medios, puede operar ya un cambio.

En este compromiso, somos sostenidos por la comunión de toda la Iglesia. Aquí, semana tras semana, palpamos este misterio de comunión universal. Para todos nosotros, en la realidad diaria, el rostro de la Iglesia puede ser a veces muy pobre. Sin embargo encontramos a Cristo vivo.

El hermano Roger era muy consciente de sus medios limitados pero tuvo el coraje de comenzar y recomenzar hasta el último aliento. Este coraje le venía de que, constantemente, se confiaba a la presencia del Espíritu Santo.

Por medio de este coraje, nos abrió un camino sobre el cual quisiéramos seguir hoy: consentir a lo poco que tenemos, a lo poco que somos. Y confiarnos a la presencia del Espíritu Santo que nos hace creadores con Dios.

Es así que encontramos un lugar en la estirpe de todos los creyentes. Como Abraham y María, y siguiéndolos una gran cantidad de testigos, de los cuales para nosotros el hermano Roger es parte. Atrevámonos a vivir, día tras día, de una confianza renovada en Dios.

Última actualización: 25 de agosto de 2007