El hermano Roger vivió en Ginebra de 1942 a 1944. Este período ginebrino fue para la comunidad y sobre todo para el hermano Roger una posición de repliegue. En Taizé ya habían ocurrido muchas cosas entre 1940 y 1942: toda la vida común había sido iniciada, no por el número de hermanos, pues el hermano Roger se encontraba solo, sino por la compra de la casa y las primeras obras. Algunas actividades del hermano Roger en Taizé habían sido peligrosas, se vio obligado a replegarse en Ginebra porque por primera vez su vida había sido amenazada. Fue, pues, un periodo de repliegue obligado, pero provisional.
El hermano Roger no sabía cuánto tiempo iba a durar esa situación: un año, dos años, diez años… No se tenía ninguna información precisa, no se sabía por cuánto tiempo duraría el conflicto mundial, aunque en Taizé todo estaba dispuesto para la creación de una vida de comunidad. Ante semejante situación cualquiera se hubiera desalentado, pero para el hermano Roger sucedía lo contrario: era la ocasión para una verdadera vida creativa, al lado del apartamento de sus padres, en la calle del Puits Saint Pierre, donde los primeros hermanos comenzaron a vivir con él. Por mi parte, yo vivía en un pequeño cuarto en esa casa, donde el hermano Roger también vivía. Max y Pierre vivían todavía con sus familias.
El hermano Roger había tomado rápidamente la presidencia del ACE, la Asociación Cristiana de Estudiantes, con la que organizaba cada año lo que se llamaba una «conferencia de primavera». Lanzaba un tema de reflexión y nos reuníamos en Ginebra o Neuchâtel para coloquios que permitían intercambiar sobre los temas que él pensaba: fue en ese contexto que lo conocí. Rápidamente me habló de su proyecto de vida común y después me preguntó si quería unirme a ese embrión de comunidad.
Por otro lado, el hermano Roger reunía alrededor de él, en el apartamento de la calle Puits Saint Pierre, lo que se llamaba en esa época la «gran comunidad». Con el entusiasmo creativo y desbordante del hermano Roger esa gran comunidad lanzó varias vías de actividades y de búsqueda. Me recuerdo todavía de los tres primeros temas donde se repartían a todos los amigos que venían a la calle del Puits San Pierre. El primer tema, para los intelectuales, se llamaba la «Suma»: se trataba de señalar todos los verdaderos valores que animaban nuestra vida de cristianos. El segundo tema de búsqueda era el «ministerio itinerante»: el hermano Roger había imaginado que, a partir del momento en que fuera posible, se enviaría a hombres de dos en dos para predicar la Buena Noticia en Suiza o en Francia. El tercer tema era lo que se llamaba la «ciudad de los niños». Había escogido el ministerio itinerante, pues estaba en la facultad de teología, tocaba directamente el ministerio. Pero el hermano Roger me dijo: «No, ¡te ocuparás de la ciudad de los niños!» Tuve que dar conferencias en Suiza francófona para anunciar ese proyecto, que debía realizarse en Francia y que tomó forma a través de la adopción de los niños y que Geneviève, la hermana del hermano Roger, atendió a partir del final de la guerra, cuando regresamos a Taizé.
Junto a estos tres grandes temas que animaban los coloquios de la gran comunidad el hermano Roger ya recibía invitados. El hermano Roger siempre buscó crear contactos, recibíamos a muchos amigos, más o menos jóvenes, para veladas que comenzaban con una oración común, donde esbozábamos la futura liturgia de la comunidad. Después, compartíamos una comida donde el hermano Roger había imaginado lo que nos parece completamente habitual ahora: el silencio. Esas comidas en silencio saltaban a los titulares, porque era algo muy novedoso. No resultaba ser tan evidente siempre, me recuerdo, por ejemplo, de una comida donde uno de los participantes había traído un enorme clafoutis de cereza: las cerezas nos estaban deshuesadas, imaginaos en el momento del postre, en el gran silencio, el estrépito de todos esos huesos que caían en los platos. Una carcajada general puso fin al silencio ese día. Hay que pensar que vivir una comida en silencio era en esa época un verdadero acontecimiento. Esas veladas con todos nuestros invitados eran finalmente como un laboratorio de nuestra futura vida común en Taizé.
Para terminar quisiera compartir un recuerdo muy personal. En ese tiempo estaba en la facultad de teología de Lausana, y realizaba el recorrido mañana y tarde, para asegurar en Ginebra la permanencia en Puits Saint Pierre. Al cabo del segundo año de teología hubo exámenes. Tuve que revisar mis cursos, y el hermano Roger, que estaba al corriente, me propuso un día echarme una mano. Estaba revisando los cursos sobre los Padres de la Iglesia. El apoyo del hermano Roger fue extremadamente precioso: me preguntó en qué punto me encontraba en el estudio. Le cité los nombres de los Padres que yo estaba trabajando. Y comenzó no un trabajo de repetidor, sino a contarme los Padres de la Iglesia. Tenía un particular afecto por algunos de ellos: lo que más me conmovió fue que hablaba de ellos como si los acabara de ver, como si justo hubiera tenido una gran conversación con ellos. Por mi parte me encontraba en medio de mis lecturas, mientras que tenía ante mí a un hombre para quien esos Padres de la Iglesia eran amigos, inspiradores y gente que, por decirlo de una manera, eran conocidos. Era algo absolutamente típico del hermano Roger: más que las ideas, lo que contaba era el contacto con las personas.