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Meditación del hermano Alois

Adviento: Saber esperar …

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Vidriera del Hermano Eric, Iglesia de la Reconciliación en Taizé

¿Y si el tiempo de Adviento viniese a renovar la esperanza en nosotros? No un optimismo fácil que cierra los ojos a la realidad, sino esa esperanza sólida que echa ancla en Dios y nos permite vivir plenamente nuestro presente.

El año cristiano comienza con el Adviento, el tiempo de espera. ¿Por qué? Para revelarnos la aspiración que habita en nosotros y para profundizar en ella: el deseo de lo absoluto, hacia el que todos tendemos con todo nuestro ser, cuerpo, alma e inteligencia; la sed de amor que arde en cada uno de nosotros, desde el bebé al anciano, y que incluso la intimidad humana más grande, no puede apaciguar completamente.

Esta espera, la sentimos a veces como algo que falta o como un vacío difícil de asumir. Sin embargo, lejos de ser una anomalía, forma parte de nuestra persona. Es un don, nos conduce a abrirnos, orienta toda nuestra persona hacia Dios.

Osemos a creer que el vacío puede estar habitado por Dios y que podemos vivir la espera con alegría. San Agustín nos ayuda a ello cuando escribe: «Toda la vida del cristiano es un santo deseo. Dios, al hacer esperar, ensancha el deseo; al ensancharlo, ensancha el alma; al ensancharla, la hace capaz de recibir… Si deseas ver a Dios, ya tienes fe».

Al Hermano Roger le gustaba este pensamiento de Agustín y con este espíritu rezaba: «Dios que nos amas, cuando tenemos el deseo de acoger tu amor, este simple deseo ya es el comienzo de una humilde fe. Poco a poco, en lo más recóndito de nuestra alma se ilumina una llama. Puede ser muy frágil, pero siempre arde».

La Biblia pone de relieve el largo camino del pueblo de Israel y muestra como Dios preparaba lentamente la venida de Cristo. Algo apasionante en la Biblia, es que cuenta toda la historia del amor entre Dios y la humanidad. Comienza con la frescura de un primer amor, después llegan los límites e incluso las infidelidades. Sin embargo, Dios no se cansa de amar, siempre busca a su pueblo. De hecho, la Biblia es la historia de la fidelidad de Dios. « ¿Puede una madre olvidarse de su criatura? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré» (Isaías 49, 15).

Leer esta larga historia puede despertar en nosotros el sentido de una lenta maduración. A veces quisiéramos todo y en seguida, sin ver el valor del tiempo de maduración. Los salmos, sin embargo, nos dan otra perspectiva: «En tu mano están mis azares» (Salmos 31, 16).

Saber esperar… Estar ahí, simplemente, gratuitamente. Arrodillarse para reconocer, incluso con el cuerpo, que Dios actúa de una forma diferente a la que nosotros nos imaginamos. Abrir las manos en signo de acogida. La respuesta de Dios nos sorprenderá siempre. El Adviento, al prepararnos para la Navidad, nos prepara para acoger.

Incluso si no siempre conseguimos expresar nuestro deseo interior con palabras, guardar silencio ya es una expresión de apertura a Dios. Durante este periodo de Adviento, recordamos que Dios mismo ha venido, a Belén, en un gran silencio.

La vidriera de la Anunciación, que se encuentra en la iglesia de Taizé, nos muestra a la Virgen María disponible y con actitud de recogimiento. Está en silencio, a la espera de que se realice la promesa del ángel de Dios.

Igual que la larga historia que ha precedido a Cristo ha sido el preludio de su venida a la tierra, el Adviento nos hace abrirnos progresivamente, año tras año, a la presencia de Cristo en nosotros. Jesús ve nuestra espera, igual que vio un día la de Zaqueo. Y como a él, también a nosotros nos dice: «Hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lucas 19,5).

Dejemos nacer en nosotros la alegría de Zaqueo. Y así nuestros corazones, como el suyo, se abrirán a los otros. Él decidió dar la mitad de sus bienes a los pobres. Nosotros, actualmente, sabemos que una gran parte de la humanidad está falta de un mínimo de bienestar material, de justicia, de paz. Durante el tiempo de Adviento, ¿hay actitudes solidarias que podemos incorporar a nuestra vida?

Los textos leídos en la liturgia durante el Adviento expresan un sueño de paz universal: «que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna» (Salmo 72, 7), «… y la paz no tendrá fin» (Isaías 9, 6), una tierra donde «el lobo y el cordero irán juntos» y donde no habrá más violencia (Isaías 11, 1-9).

Son textos poéticos pero que despiertan un ardor en nosotros. Y vemos que «la paz en la tierra» puede germinar en los actos de reconciliación, en la confianza que unos encuentran en otros. La confianza es como un pequeño grano de mostaza que va a crecer y, poco a poco, convertirse en el gran árbol del reino de Dios, en el que se extiende una «paz infinita». La confianza en la tierra es un humilde comienzo de la paz.

El periódico « La Croix » ha pedido al Hermano Alois que escriba, a lo largo del año 2008-2009, una meditación con motivo de cada gran fiesta cristiana.
Última actualización: 12 de diciembre de 2008