Meditación del hermano Alois

Epifanía: ¡Venid, adoremos!

Epifanía, vidriera del Hermano Eric de Taizé

La Navidad nos sitúa frente a un acontecimiento sencillo ocurrido un día en Belén. La epifanía revela que este acontecimiento tiene una dimensión universal e incluso cósmica. Una estrella guía a los magos, que representan a todos los pueblos, a todas las culturas. Hoy en día, quisiéramos comprender cómo la luz de Cristo puede iluminar a todos los hombres. Para conseguirlo, como hicieron los magos, debemos abandonar nuestras costumbres, algunas de nuestras creencias, salir de nosotros mismos, inclinarnos para entrar en el establo. Cualquier otra actitud nos impediría ver a este Dios que ha descendido naciendo en un lugar oculto.

Detengámonos con ellos. Que nuestra oración, antes de ser petición, sea como la de ellos, adoración. Cuando miramos hacia la luz de Cristo, esta luz se vuelve poco a poco algo interior y el misterio de Cristo se convierte también en el misterio de nuestra vida.

El espíritu de adoración no es fácil en un mundo en el que la eficacia inmediata cuenta tanto, en el que sólo la idea de largos periodos de maduración suscita impaciencia. A semejanza de los magos, hay un camino que recorrer para llegar a estar simplemente en presencia de Dios. En los largos silencios en los que aparentemente nada ocurre, Dios está trabajando en nosotros, sin que sepamos cómo.

La vidriera de la Epifanía muestra a los magos adorando al Niño. Miremos a este Niño para comprender quién es Dios. Veamos la extrema humildad de Dios. Veamos que, como un niño pobre, ¡viene a mendigar nuestro amor! Y veamos también que devuelve la dignidad de ser humano a aquellos que la han perdido.

Adorar significa discernir la presencia de Dios. Está ahí en su Palabra (durante el reciente sínodo de obispos en Roma, se ha recordado el carácter «sacramental» de la Biblia). Está ahí en la eucaristía. Los cristianos de oriente saben que los iconos también llevan a una comunión con Dios. Está ahí en los sencillos acontecimientos de nuestra vida. Y el Evangelio insiste: Dios se deja encontrar en los más pobres.

Adorar significa desviarnos de nosotros mismos para mirar hacia Dios. Si nuestros problemas lo ocupan todo, ¿cómo desenterrar la fuente de vida que Dios ha depositado en nosotros?

La adoración de los magos se expresa con una ofrenda. La oración de adoración nos empuja a ofrecer lo mejor de nosotros mismos a Dios, así como a los otros. Nos lleva a dar nuestra vida por aquellos que nos son confiados.

Es verdad que algunos sufren demasiado y no les quedan fuerzas para adorar a Dios. En estos casos, debe haber un inmenso respeto y compasión hacia ellos. Si el Evangelio nos propone mirar más allá de nosotros mismos, es para guardar la esperanza, incluso la de aquellos que ya no pueden tener confianza.

Los cristianos de oriente tienen, quizás de una forma más espontánea que los occidentales, una actitud de adoración ante el misterio de Dios. Es algo que he podido experimentar recientemente. A principios de diciembre, quedamos afectados por la muerte del Patriarca ortodoxo de Moscú, Alexis II. Yo lo había encontrado y me había expresado su deseo de profundizar la colaboración con Taizé. Fui a sus exequias con dos de mis hermanos.

Durante las celebraciones en Moscú me decía que necesitamos tanto abrirnos a los tesoros depositados en la cristiandad de oriente. Uno de los secretos del alma de los cristianos de oriente se encuentra en una oración de adoración en la que la bondad de Dios se hace perceptible. Esta oración da acceso a los misterios de la fe: la encarnación de Cristo, su resurrección, la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Los cristianos de oriente sacan de estos misterios el sentido de la grandeza del ser humano: Dios se ha hecho hombre para que el ser humano participe a su divinidad, todos los seres humanos están llamados a ser transfigurados con Cristo ya en la tierra.

¿Podrían nuestras liturgias, sin descuidar para nada la dimensión comunitaria, conducir más a la adoración, a la interioridad, a una comunión personal con Dios?

En Oriente, la Epifanía se denomina Teofanía, «aparición de Dios». La tradición litúrgica une la historia de los magos, el bautismo de Jesús y el agua convertida en vino en Cana, pues son, al principio de los Evangelios, tres momentos en los que se revela el secreto de Cristo: el de radiar, en nuestra humanidad, la compasión de Dios.

Viniendo a la tierra, Jesús manifiesta el amor infinito de Dios por todos los humanos, de todas las naciones. Ha inscrito el sí de Dios en lo más profundo de la condición humana. Dios nos acoge a todos tal como somos, con nuestra parte buena, pero también con nuestros lados oscuros, e incluso nuestros fallos. Aprendemos a aceptar que somos pobres, y, desde entonces, ya no podemos perder la esperanza ni en el mundo ni en nosotros mismos.

El periódico « La Croix » ha pedido al Hermano Alois que escriba, a lo largo del año 2008-2009, una meditación con motivo de cada gran fiesta cristiana.
Última actualización: 26 de enero de 2009