Meditación del hermano Alois

Navidad: «¡ …paz en la tierra!»

Virgen con el Niño, del Hermano Eric de Taizé

«¡Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que ama el Señor!» Desde que resonó este himno, desde aquella noche en la que los ángeles lo cantaron, tantas guerras, tantas injusticias y tantas violencias han seguido hiriendo a la humanidad. El mismo relato de Navidad se cuenta con un trasfondo trágico, el emperador Augusto pretendía hacer reinar la paz en todo su imperio, aunque sólo se trataba de una “pseudo-paz”, establecida a costa de innumerables opresiones.

En estos días de Navidad, sigo impresionado por las palabras de una joven ruandesa llamada Clarisse, a la que escuché hace algunas semanas. Estábamos en Nairobi, en Kenia. Nuestra comunidad había preparado con las Iglesias de esta ciudad un encuentro de jóvenes para finales de noviembre. Era una etapa africana de nuestro «peregrinaje de confianza a través de la tierra». Se reunieron jóvenes de quince países de África. Clarisse pronunció las siguientes palabras: «Pedid en Europa que recen por los jóvenes de Ruanda. Aquí el paro hace estragos. Hay quien, a causa de los sufrimientos padecidos durante el genocidio, ya no pueden creer en Dios, ni siquiera creer en la vida».

Entre estos jóvenes, si bien había dolor, también había felicidad. Por extraño que pueda parecer, en África las dificultades de la vida no impiden la alegría, la gravedad no excluye la danza. Había un fabuloso estallido de vitalidad, sobre todo durante los cantos de alabanza en las oraciones comunes. Estos siete mil jóvenes cantando juntos liberaban una energía extraordinaria, que salía de lo más profundo de su ser. Tras las lecturas bíblicas, un largo silencio expresaba la espera común a todos, fueran kikujus, louos, masáis, congoleses o ruandeses: ¡paz en la tierra!

Con estos jóvenes africanos, hemos recordado que el Evangelio se abre a la gran esperanza de la noche de Navidad: Dios no ha enviado a su Hijo para que nada cambie. Su gloria en el cielo, es la paz en la tierra. Sin embargo, esta paz, no la impone desde arriba. El Evangelio cuenta la forma inaudita en la que Dios actúa con la humanidad. Viene en Jesús a pedir a todos y cada uno, generación tras generación, que participe en su obra de reconciliación. Entonces, incluso en las horas de oscuridad, la promesa de Navidad es una fuente de perseverancia para aquellos que quieren construir la paz allí donde está amenazada.

En Navidad comprendemos que la paz es un don de Dios y que, primero, es importante acoger ese don. Volviéndonos hacia el niño en el pesebre, estamos llamados a una verdadera conversión. Sin esta conversión del corazón, no hay una paz verdadera, solamente apariencias, como la del emperador Augusto. «Comenzad en vosotros la obra de paz, de forma que una vez apaciguados, llevéis la paz a los demás», decía San Ambrosio.

Cuando celebramos la Navidad, Dios hace nacer en nosotros la paz del corazón. La fuente de esta paz es la confianza de que Dios ama a los hombres, a todos los hombres sin distinción. Sin embargo, para muchos de nuestros contemporáneos, escuchar estas palabras sobre el amor de Dios parece algo demasiado simple. Son muchos los que buscan un sentido a su vida seriamente, y que, no obstante, no pueden creer en un Dios personal que les ama. ¿Estamos lo suficientemente atentos a aquellos y aquellas que en su búsqueda de la fe se encuentran ante un Dios que les resulta incomprensible?

En Navidad, celebramos un Dios que se hace cercano, aún sin olvidarnos de que Él siempre estará más allá de nuestra capacidad de comprensión. Abramos nuestro corazón y nuestra inteligencia a estas dos dimensiones del misterio de Dios, su proximidad y su trascendencia.

Todo el mundo no puede comprender estas dos dimensiones. Algunos sienten esa presencia cercana, casi sensible a su corazón. Otros, como la Madre Teresa, conocen sobre todo el silencio de Dios. Sin embargo, es posible caminar juntos siguiendo a Jesús, Él que conoció a la vez la gran proximidad de Dios y su silencio. Los Padres de la Iglesia han disertado sobre la encarnación y sobre la incomprensibilidad de Dios.

La fe cristiana aparece entonces como un riesgo, la audacia de la confianza. Toda la Biblia nos lleva a esta confianza, es el Dios absolutamente trascendente que viene a hablarnos en un lenguaje accesible.

Meditar la proximidad de Dios manifestado en Navidad siempre provocará asombro. El Verbo se hace carne. Dios se ha hecho vulnerable. San Agustín insiste: su palabra se hace un niño pequeño incapaz de hablar. Desde su nacimiento, Jesús vive en la precariedad, en la inestabilidad de la existencia humana. Poco después, sufrió con María y José la persecución y el exilio.

En Navidad, ya se perfila la sombra de la cruz. Pues, al encarnarse, Dios elige revestirse de la fragilidad humana. Viene a compartir nuestros desgarros y nuestros sufrimientos. Cristo se une a nosotros al nivel más básico, se hace hombre como nosotros para así tendernos mejor la mano.

Con la venida de Jesús, Dios entabla un verdadero intercambio. Asume nuestra humanidad y, con ello, nuestra propia persona. A cambio, nos comunica su vida. María es la garantía de que este intercambio es real, ella aporta la promesa de que este intercambio finalizará con la reconciliación de la humanidad con Dios.

Osemos reconocer la presencia de Dios en el pequeño niño del pesebre, acojamos su paz, y con ella la esperanza de paz para todo el mundo. En Navidad, Dios nos envía a transmitir esta paz a nuestro alrededor. Nuestro mundo necesita mujeres y hombres valientes que expresen con su existencia la llamada del Evangelio a la reconciliación.

Recordemos que, en la historia, a veces ha sido suficiente un pequeño número de personas para hacer inclinar la balanza del lado de la paz. La confianza y la valentía de una mujer, la Virgen María, fueron suficientes para dejar entrar a Dios en nuestra humanidad. Dejémonos llevar por esta confianza y esta valentía. Podemos verlo en los ojos de esta Virgen con el Niño que aquí reproducimos, inspirado por el rostro de una joven africana.

El periódico « La Croix » ha pedido al Hermano Alois que escriba, a lo largo del año 2008-2009, una meditación con motivo de cada gran fiesta cristiana.
Última actualización: 26 de enero de 2009