
La cruz de Taizé
En Navidad hemos celebrado un Dioscercano, que por amor se hace hombre y comparte nuestra existencia. Hoy recordamos que Jesús va hasta el final de su camino, es traicionado, detenido, condenado, torturado, muere como el último de los últimos.
Jesús se pone del lado de los débiles y de los pobres. A primera vista, es un escándalo o una verdadera locura . Al dar su vida en la cruz, él elige el último lugar, él acepta la vergüenza del fracaso. Toma sobre sí el peso del sufrimiento, del odio y de la muerte, para liberarnos. Así, graba el sí de Dios en lo más profundo de la condición humana. Incluso cuando es maltratado por los hombres, Jesús no retira ese sí al ser humano. Es su misión, él la lleva a término y paga el precio por ello.
En la cruz, Jesús abre los brazos para reunir a toda la humanidad y toda la creación en el amor de Dios. Él es la manifestación de la bondad de Dios hacia cada ser humano. Para reconciliar la humanidad con Dios, « Jesús se despojó de sí mismo tomando condición de siervo y se hizo semejante a los hombres (…) obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. » (Flp 2, 5-11)
Jesús inagura así la nueva Alianza, una nueva comunión con Dios. Ésta es como un intercambio, él toma sobre sí lo que separa a la humanidad de Dios, asume el destino de cada persona ; y a cambio nos comunica su vida. El abajamiento de Dios en Cristo por la encarnación y la humillación extrema de la cruz serán para siempre fuente de asombro y de vida nueva. Ya en el siglo II, Ireneo de Lión llega a decir : « A causa de su amor infinito, Cristo se convierte en lo que nosotros somos, para hacer de nosotros en plenitud lo que él es. »
En esta hora en la que Jesús carga sobre sus hombros la humanidad toda, no olvida por ello el dolor de los que están más cerca de él. Ve a su lado a María, su madre, y le pide a Juan, el discípulo a quien amaba de una forma especial, que desde aquella hora en adelante cuide de ella. (Juan 19, 26-27) De este modo, tan humildemente, bajo la cruz nace la Iglesia.
Él ve también a su alrededor a los que le persiguen. LLegado el momento decisivo, pide a Dios que les conceda el perdón: « Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. » (Luc 23, 34) El perdón de Dios no tiene límites, será para siempre una fuente que no deja de manar.
En la cruz, Cristo comparte todo con nosotros, incluso el silencio de Dios, La respuesta a su sufrimiento no es otra cosa sino un gran silencio, él experimenta lo que significa sentirse lejos de Dios, abandonado. Sin embargo, en lo profundo de este abandono, hace suyas las palabras del salmista y exclama con fuerte voz : « Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado ? » (Mat 27, 46) Así, incluso este abandono se inserta en el diálogo de amor entre él y su Padre.
Es entonces cuando su grito de angustia se transforma. Existe una única realidad que nadie está en condiciones de arrebatarle : es la confianza de que es amado por Dios, y que con la entrega de su vida transmite ese amor. Entonces sus labios pueden susurrar : « Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu » (Luc 23, 46) Y su último aliento, en el más grande de los dolores, es al mismo tiempo la efusión del amor de Dios.
El apóstol Pedro amaba a Jesús, pero le costaba trabajo aceptarlo como un mesías pobre. Ser discípulo de un mesías humillado se le había hecho tan insoportable que, después del prendimiento de Jesús, acaba negándole. Entonces Jesús, en manos de los soldados, le mira con amor y le muestra que no le ha retirado su confianza. (Luc 22, 61) Por el contrario, le confiará luego la pequeña Iglesia naciente. Y Pedro podrá dar testimonio, junto con los demás discípulos, de que, no, la cruz no es la última palabra.
El acontecimiento de la cruz sobrepasa nuestra comprensión, pero al conmemorarlo percibimos de manera creciente la esperanza inaudita que éste nos abre. Esta esperanza no es un optimismo vago. Poner nuestra confianza en Cristo muerto y resucitado abre nuestros corazones para enfrentarnos a las situaciones díficiles con lucidez. En una comunión personal con él, Cristo nos comunica un impulso nuevo.
Pienso en un joven con quien me encuentro algunas veces en Taizé. Tiene una enfermedad incurable que progresa. Sufre terriblemente. Ya muchas de las posibilidades de una vida feliz han desaparecido. Y, sin embargo, su mirada y todo su comportamiento permanecen asombrosamente abiertos. Me dijo un día : « Ahora sé lo que significa la confianza, en otro tiempo no tenía necesidad de ella, pero ahora sí. » Este joven transmite como un reflejo, muy humilde pero real, del misterio de la cruz. Si llegara a saber hasta qué punto mediante su actitud comunica una esperanza a mucha otra gente.
En Taizé, no únicamente el día de Viernes Santo, sino también cada tarde de viernes durante todo el año, al final de la oración, colocamos en el suelo el icono de la cruz que se reproduce aquí. Todos los que lo desean pueden acercarse a él, apoyar la frente sobre el madero de la cruz y, mediante este gesto, entregar a Cristo sus cargas y las cargas de los que les han sido confiados.
Esta oración de la tarde del viernes permite unir al camino de la cruz de Cristo todos los que llevan una pesada cruz en su existencia : los que sufren en sus almas o en sus cuerpos, los enfermos, los que se han visto obligados a abandonar sus países, las víctimas de injusticias de diverso tipo.
Dios comprende todos los idiomas de nuestra intercesiones, el francés, el alemán, el inglés, el coreano, el suahili, … pero también comprende el lenguaje de nuestro cuerpo. Si no alcanzamos a formular con palabras una oración, podemos expresar una confianza acercándonos a la cruz. ¡Atrevámonos a hacer este gesto de confiarlo todo a Cristo, nosotros mismos y los demás !
Es precioso poder reunirnos así en torno a la cruz para que el misterio pascual llegue a ser más y más el misterio fundamental de nuestra vida. Y Cristo carge con lo que es demasiado pesado para nosotros. Nos lo ha dicho en el Evangelio : « Venid a mí, todos los que estáis fatigados y sobecargados, y yo os aliviaré» (Mat 11., 28)