Meditación del hermano Aloís

La Ascensión: «Seréis mis testigos»

La Ascension, vidriera del hermano Eric de Taizé

La Ascensión de Jesús es un acontecimiento que no es inmediatamente accesible a la mentalidad de hoy en día. La celebración de la Ascensión que sigue estando más presente en mi corazón es en la que participé con dos de mis hermanos en 2006 en Moscú, presidida por el patriarca Alexis II.
Las Iglesias ortodoxas han mantenido viva a través de los siglos la celebración de los misterios de la fe con una gran fidelidad a los Padres de la Iglesia. Es mediante la oración en primer lugar, bien sea ésta acción litúrgica o movimiento del corazón, que los cristianos ortodoxos hallan la entrada al contenido de la fe: la encarnación de Cristo, su muerte y su resurrección, su ascensión al Padre, la presencia continua del Espíritu Santo en la Iglesia. Y es en la contemplación litúrgica del misterio de la Santísima Trinidad que los ortodoxos extraen el sentido de la grandeza del ser humano, llamado a ser transfigurado con Cristo, ya ahora, en la tierra.

¿Cómo comprender el acontecimiento de la Ascensión? Con el lenguaje y con las imágenes de los que se disponían en la época en que fue escrita, la Biblia cuenta que Jesús, cuarenta días después de su resurrección, es elevado al cielo. Sus compañeros, después de un tiempo de comunión intensa y muy especial con él, deben aceptar separarse de él. Ellos se acuerdan que les había anunciado claramente: «Os conviene que yo me vaya» (Juan 16,7) ¿Porqué? Así el Espíritu Santo vendrá, como una presencia que habitará en ellos: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros.» (Hechos 1,8)

Después de la Ascensión los discípulos pasaron por un momento de inquietud, están desorientados. También nosotros conocemos momentos como estos, cuando nos sentimos abandonados, sin otro amparo que nuestras fuerzas tan limitadas, a la espera de «la fuerza de lo alto». Ésta les será dada el día de Pentecostés.

Los discípulos van además comprendiendo poco a poco que la Ascensión no le concierne solamente a Jesús, ésta tienen un sentido para ellos y para todos los hombres. Al regresar junto a Dios, Jesús abre para toda la humanidad un camino ahí donde antes no había ninguno. La Ascensión de Jesús revela que su humanidad está para siempre en Dios, y ella constituye ahora la promesa renovada (ya contenida en la encarnación en Navidad) de nuestra propia participación en la vida de Dios. Es con su cuerpo que Jesús es recibido en Dios: esta afirmación del Evangelio,que sobrepasa nuestro entendimiento, no es una especulación sobre el más allá tras la muerte. Ella muestra la dignidad infinita a los ojos de Dios del ser humano, cuerpo, alma y espíritu. Con Jesús, nuestra humanidad también es acogida por Dios. Nuestro cuerpo mismo tendrá un mañana, él es como un semilla sembrada que muere para convertirse en planta. (Ver I Corintios 15,36-44)

En el momento de su partida, Jesús dice a sus discípulos: «Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra.» (Hechos 1,8) Es una petición que les dirige pero es también una promesa que les hace: el amor que les ha dado les transforma, modifica su identidad profunda; los primeros cristianos hablan de un nacimiento nuevo. Su vida es a partir de ese momento portadora de una realidad que les sobrepasa, ella es signo del amor de Dios. En adelante, la palabra que Jesús les había dicho se cumple: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha.» (Lucas 10,16)

En el momento en que celebramos su vuelta a Dios, es como si Jesús nos dijese también a nosotros: os corresponde ahora transmitir mi amor hasta los extremos de la tierra, continuaréis mi obra en el mundo, la fuerza del Espíritu Santo os sostendrá y os dará el valor necesario.

Al igual que los discípulos de Jesús, a menudo deberemos ir hacia nuevos horizontes, lejanos o muy próximos, para comunicar la esperanza del Evangelio. Jesús llevaba a cabo él mismo su misión con una gran simplicidad, y él había dicho a sus discípulos: no llevéis nada con vosotros (Luc 10,4), salid sin equipaje. Con la misma simplicidad, podemos ir al encuentro de otros sin tener miedo. ¡Tomad pues decisiones valientes para ser testigos que irradien el amor de Dios!

«Seréis mis testigos»: estas palabras de Cristo resucitado suponen para nosotros hoy una llamada a la conversión ¿Cómo podemos los cristianos, ser testigos de Cristo que ha «derribado el muro de separación» (Efesios 2,14) si permanecemos divididos entre nosotros ? Es únicamente juntos como daremos un testimonio creíble. En el día de la Ascensión, rezamos para que la esperanza del Evangelio se extienda a toda la humanidad. Y nos apoyamos en la presencia, desde ahora invisible, del Resucitado , tal como la ha prometido en las últimas palabras del Evangelio de San Mateo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mateo 28,20)

El periódico « La Croix » ha pedido al Hermano Alois que escriba, a lo largo del año 2008-2009, una meditación con motivo de cada gran fiesta cristiana.
Última actualización: 21 de mayo de 2009