Beatificación de Juan Pablo II

Testimonio del hermano Alois

Juan Pablo II invita a los jóvenes a correr el riesgo de la confianza

A causa de todo lo que unió a nuestra comunidad con este papa muy querido quería estar en San Pedro para la beatificación de Juan Pablo II acompañado de dos de nuestros hermanos polacos. Esta celebración fue para nosotros emocionante en muchas aspectos, pero querría decir que lo que más me conmovió fue la presencia de un número tan grande de jóvenes. Lo mismo ocurrió durante la vigilia vespertina del sábado en el Circo Massimo.

En vida, Juan Pablo II marcó a los jóvenes de varias generaciones y de épocas diferentes. Como joven papa entusiasmó a las nuevas generaciones con su dinamismo. Como papa anciano, impresionó a los jóvenes con el fin de su vida y con su manera de asumir su enfermedad.

Y, seis años después de su muerte, el bienaventurado Juan Pablo II aporta todavía un estímulo a los jóvenes, y hasta a los que, tal vez, apenas le conocieron. Para nosotros, los hermanos de Taizé, que estamos tan marcados por la preocupación de la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, este hecho puede sólo despertar un profundo reconocimiento.

Comprobamos que, hoy, la confianza en Dios es cada vez más un cuestionamiento. Muchos jóvenes cristianos nos dicen que están confrontados con esta postura, cuestionamiento, en su trabajo, en sus lugares de estudio y a veces hasta en su familia. Por otra parte, muchos son los que buscan seriamente un sentido a su vida, pero no pueden creer en que Dios los ame personalmente. Para algunos, demasiados sufrimientos hacen la fe imposible. ¿Si Dios existe, por qué el dolor es tan poderoso? ¿Si el Dios existe, escucha nuestras oraciones, las responde? La fe se nos presenta entonces como el riesgo de la confianza.

El papa Benedicto XVI dijo en su meditación: «Juan Pablo II es bienaventurado a causa de su fe, fuerte, generosa y apostólica.» Es tan cierto, y hoy más que nunca, que por el testimonio de su fe inquebrantable, Juan Pablo II invita a los jóvenes a correr este riesgo de la confianza, a atreverse a creer.

A lo largo de la misa del domingo tenía en mi corazón y en mi memoria la celebración de las exequias de Juan Pablo II hace seis años. Estuvimos allí algunos hermanos, con hermano Roger, y que fue para él su último viaje a Roma.

El hermano Roger quería al papa Juan Pablo II. Lo había conocido al Concilio el Vaticano II, en 1962. En aquella época, ambos eran jóvenes y para el uno como para el otro el Concilio permaneció un punto de referencia. Es por eso que aprecié particularmente que, el domingo por la mañana, Benedicto XVI citara estas palabras del testamento del papa bienaventurado: «Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar del primero al último día, deseo confiarles este gran patrimonio a todos los que son y que serán llamados a realizarlo de ahora en adelante.»

Durante el Concilio el obispo Wojtyla iba cada mañana, antes de las sesiones, a rezar en la capilla del Santo Sacramento de la basílica de San Pedro; el hermano Roger iba allí también. A veces intercambiaban unas palabras. Ya durante la primera sesión en 1962 el hermano Roger invitó un día al futuro papa, que era obispo auxiliar de Cracovia, a venir para compartir una comida en el apartamento romano que hermano Roger había alquilado. Fue el principio de una larga relación de confianza, marcada particularmente por visitas recíprocas: el hermano Roger a Cracovia, el arzobispo Wojtyla a Taizé.

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Una vez papa, Juan Pablo II recibió al hermano Roger cada año. Vino también de visita a Taizé en 1986. Recuerdo una de las últimas de estas audiencias privadas en Roma. Estábamos algunos hermanos para acompañar al hermano Roger y lo esperábamos en la pieza vecina. Cuando la audiencia terminó, la puerta se abrió para que podamos entrar unos instantes y vi a ambos hombres, ya de edad, sentados uno al lado del otro. Hablaban poco, estaban simplemente juntos. Esta imagen es como un icono de la unidad que esperamos.

Hermano Alois, prior de Taizé

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