Brasil

Una tarde en el barrio

Recién llegado a la fraternidad un hermano comparte sus primeras impresiones.

Un hermano me propuso acompañarlo a rezar con la pequeña comunidad que se reúne en la única capilla católica del barrio. Después de nuestra oración, hacia las 19h 30, fuimos hasta Viola da Cruz a unas calles de la fraternidad. La luna está llena y por primera vez desde mi llegada, la noche es bella. Subimos y saludamos a un viejo señor que rasguña su guitarra en el umbral de su casa. Música cubana, buen guitarrista. Luego cruzamos a una de las mamás jóvenes... muy jóvenes, es Jacy, que viene con su hijo de crecimiento retardado a las actividades vespertinas para niños.

Llegada a la capilla: unas mujeres ancianas rezan el rosario con fervor. Quien dirige la oración, Juvencio, antiguo alcohólico, hizo construir esta pequeña capilla con sus propios fondos en el momento en el que hacía la promesa de dejar de beber. Después se volvió un laico muy comprometido con el barrio. Dirige la recitación y el canto con convicción. Fuera, el pequeño grupo de jóvenes con sus gorras al revés escuchan ostensiblemente en la puerta de la capilla una música medio funk, medio rap que parece ser la moda del momento de los adolescentes en gorra. Los "Dios te salve" se mezclan con un beat box. Un perro pasa detrás del altar... todo esto de la manera más natural. Introducción a la vida mística versión Brasil...

La oración acaba. Juvencio quiere llevarnos a la «Casa Israel». Es una casa de acogida para alcohólicos y drogadictos que él mismo anima a dos pasos de la capilla. En el momento de entrar, el otro hermano, apenas llegado de una misión agotadora en Haití, dice que está cansado y que prefiere volver. Heme aquí ’sólo’ en la casa, con mi pobre portugués acumulado en 10 días. Juvencio me ofrece un café. Con una mano combatimos los mosquitos ardientemente desplegados una vez la noche caída mientras la discusión prosigue en el seno de este grupo de una decena de hombres. Es una reunión de alcohólicos anónimos. Mi presencia no los molesta de manera alguna. La confianza entre ellos parece fuerte; están hablando de uno de los doce puntos de su compromiso: reparar lo que puede ser reparado y pedir perdón a quiénes han sido heridos por su adicción. El mayor comienza diciendo que lo más duro para él fue perdonarse a si mismo. Como un ruido de fondo, la espesa tos de un hombre en otra pieza. Juvencio se levanta cuando grita demasiado fuerte. Es un hombre a quien el "Abrigo", la acogida de los pobres de la ciudad rechazó. En medio de sus quejas el más joven del grupo, capucha y gorra en la cabeza para protegerse mosquitos, prosigue con la dificultad de salir de este porquería que es el crack. Menciona así el hecho que el oxi, una nueva mezcla barata de crack y de combustible, ya llegó al barrio. La discusión acaba y todos se levantan para la oración conocida como la oración de la serenidad:

« Dios mio, dame
la serenidad de aceptar las cosas que no puedo cambiar,
el coraje de cambiar las cosas que puedo,
y la sabiduría para conocer la diferencia. »

Juvencio me pide añadir algo: en mi poco portugués expreso mi admiración para con su combate y les repito que Dios es grande y que su talla es su perdón.

Luego vamos a ver la casa y a un mendigo. Juvencio me emociona profundamente. Cuando me acompaña abajo por la calle, Natán, uno de los chicos a quienes ya conocía nos atrapa. No va casi nunca a la escuela. Juvencio le habla como un padre. Todo esto, esto es el Evangelio, me dice. ¿Cómo no acoger si nos tomamos en serio el Evangelio?

Vuelvo a nuestra casa y todo está mezclado en mi cabeza: las mujeres ancianas y su rosario, los niños, el rap de la calle, perseverancia de estos adictos, la fraternidad del grupo, la admirable fuerza tranquila de Juvencio. Introducción a la vida mística versión Brasil: acostándome, tengo la impresión, por la primera vez, de haber llegado verdaderamente allí donde los hermanos me enviaban desde Taizé.

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