Meditación semanal del hermano Aloís.

Cristo nos reúne más allá de las fronteras

El verano está llegando a su fin. Y muchos de ustedes van a retomar la escuela o el trabajo. Para nosotros, los hermanos de la comunidad, el final del verano significa que muchos de nosotros dejará la colina por un tiempo.

Mañana, dos hermanos partirán rumbo a África. Ustedes saben que en noviembre vamos a tener nuestro tercer encuentro internacional de jóvenes en África, en Kigali, Rwanda. Luego será el turno del encuentro europeo en Roma. En ambos lugares, hermanos con hermanas de San Andrés y un equipo de jóvenes voluntarios estarán in situ para asegurar la preparación.

Estas salidas les cuestan a nuestros corazones, puesto que nuestra primera vocación es la de vivir juntos en comunidad, ya sea aquí en Taizé como en las pequeñas fraternidades dispersas en el mundo. Es, sin embargo, la pasión de trabajar por la comunión entre todos los seres humanos que nos empuja para que asumamos estos encuentros de jóvenes en diversos lugares.


Buscar la comunión, ¿no es acaso el corazón del Evangelio? Jesús vino "para reunir a todos los hijos dispersos de Dios", dice el Evangelio de San Juan. Y se nos pide participar con él en la creación de esta unidad entre los seres humanos. Sí, Cristo nos ha dejado como legado una nueva solidaridad. Nos toca a nosotros el descubrirla, sacarla a la luz.

Las brechas, los desgarros que dividen a la humanidad son tan profundos. Incomprensiones mutuas generan tensiones y conflictos entre continentes y entre países, entre generaciones, y entre personas de un país y los extranjeros. Nunca hemos tenido tantas posibilidades y medios de comunicación. Y sin embargo, las desgarraduras entre de los seres humanos están agravándose.

Y mismo los cristianos están divididos. Para trabajar por la reconciliación entre los seres humanos, es esencial que las iglesias se reconcilien. Corresponde a cada denominación, al mismo tiempo que se mantiene fiel a lo mejor de su historia, abrirse a los demás para recibir lo mejor que los otros tienen. Cuando avanzamos en este camino vivimos visiblemente reconciliados.


Para apoyar este camino de reconciliación nosotros, los hermanos de la comunidad, quisiéramos más que nunca continuar nuestra peregrinación de confianza a través de la tierra, junto a ustedes, jóvenes de todos los continentes.

La reconciliación de los cristianos requiere, por supuesto, una reflexión teológica e histórica. Pero sobre todo requiere encuentros entre personas: esta puede ser la principal contribución de la peregrinación de confianza.

A través de los múltiples encuentros entre personas, ya es posible anticipar la reconciliación que esperamos entre todos los bautizados. Y esto nos da, a nosotros los cristianos, una nueva dinámica para que seamos portadores de paz a la humanidad.

Aquí hacemos, semana tras semana, durante todo el año, la experiencia de que Cristo puede llevarnos más allá de cualquier frontera. Esta comunión es un milagro que nunca deja de sorprendernos. Es viviendo semejante milagro que la Iglesia reconciliada podría convertirse en el núcleo de una comunión universal.

La peregrinación de confianza con sus etapas sucesivas en cada ciudad, nos hace descubrir en profundidad el rostro y la vocación de la Iglesia. En todos los lugares donde tenemos un encuentro, somos recibidos por la iglesia local y por los cristianos de diferentes denominaciones.


Donde quiera que vamos, constatamos que las iglesias históricas atraviesan situaciones difíciles. Hoy en día, en todas las iglesias las instituciones se golpean con los límites y ven la necesidad de transformaciones, pero nadie sabe exactamente hacia dónde ir.

Con la peregrinación de confianza quisiéramos participar en la búsqueda de estas transformaciones. Y al ver la confianza que los líderes de iglesia ponen en esta peregrinación, nos decimos: hay una llamada de Dios a la cual queremos responder con todas nuestras fuerzas.

Ser portadores de comunión, allí donde estamos, nos permite hacer nacer la esperanza que hoy en día buscan tantas mujeres y hombres. Es de esta manera cómo nosotros, cristianos, dispersos por todo el mundo, podemos ser la sal de la tierra, para darle gusto a la vida de los que están cansados y desanimados.

El mundo tiene sed de esta esperanza. Así que no permanezcamos pasivos. Cada uno en su lugar, junto a otros, puede llevar a cabo gestos de apertura, generosidad y de reconciliación. La fuente de tal compromiso es accesible a todos. Esta fuente está en la palabra del Evangelio y en la Eucaristía que nos alimenta.


Escuchemos a Jesús que nos dice: "La sal de la tierra son ustedes. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? ... La luz del mundo son ustedes. Una ciudad, que se encuentra encima de una colina, no se puede ocultar ... Deja que tu luz brille ante los hombres para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos.”

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