Hungría

Acompañar a los refugiados

Ferenc, un padre de familia que vive en Taizé desde hace varios años para ayudar en la acogida a los jóvenes, se reunió con algunos refugiados que llegan por decenas de millares a Hungría. Como es húngaro, prepara a tres jóvenes voluntarios venidos de Taizé para vivir algunas semanas en una “pequeña fraternidad provisional”. Dice:


foto: Kristóf Hölvényi

Llegamos hacia mediodía con Kristóf, joven fotógrafo amigo, a la frontera que separa Hungría y Serbia. A la salida de Röszke, un pueblo tranquilo, vimos de repente cómo un campamento de dos o tres hectáreas se extendía ante nosotros a ambos lados de una pequeña carretera rural apenas pavimentada. Había tiendas de campaña de todos los colores, algunas carpas más imponentes, dos invernaderos de una explotación agraria cercana transformados en dormitorios, unos 40 baños móviles y un hormigueo impresionante de personas. Era el punto de llegada y acogida de refugiados en Hungría. A la entrada del campamento, de la parte del pueblo, dos voluntarios alemanes se ocupaban de la circulación y hacían aparcar todos los coches en un aparcamiento improvisado en un campo. Sólo dejaban pasar los (pocos) coches de la policía húngara en la zona, los vehículos con medicamentos y los cargamentos de las distintas asociaciones de ayuda a los refugiados.


foto: Kristóf Hölvényi

Hace años que no pasan trenes por las vías que cruzan la pequeña carretera. Es una suerte, ya que la circulación de personas era densa e ininterrumpida. Podemos pensar en la llegada de los grupos a un encuentro europeo: una fila ininterrumpida de peregrinos que llegan a pie del sur y van hacia el norte.

Me sentí inmediatamente conmovido por el número de familias con niños, a veces bebés en cochecitos no muy prácticos sobre las traviesas de los raíles, las mujeres embarazadas, las abuelas y los hombres de edad respetable, ayudados por los más jóvenes. Me quedé una buena media hora sin poder decir palabra ni moverme, tragándome mis propias lágrimas. Las mochilas eran en general mucho más pequeñas que las de los jóvenes que llegan a Taizé para pasar una semana. Los mejor pertrechados traían mochilas de excursionista, pero mucha gente sólo tenía bolsas de plástico como si volvieran de hacer la compra en el supermercado.

Fuimos con Kristóf hasta la frontera con Serbia a contracorriente del mar de refugiados. Las miradas agotadas se mostraban más bien aprensivas, pero enseguida sonreían ante las primeras palabras que podíamos intercambiar en árabe o en inglés: “marhaban, assalamu aleikoum, welcome”… Algunos metros antes de la frontera, del lado húngaro se levantaba la horrible reja de hierro, la pared de la vergüenza que se construye 25 años después del desmantelamiento del telón de acero. Ese día, todavía estaba abierto el paso del ferrocarril y por allí cruzaba todo el mundo. Avanzamos varios cientos de metros en el lado serbio. Los guardias fronterizos y algunos soldados húngaros nos observaban sin decir nada, pero del lado serbio no vimos ninguna presencia de las autoridades. Este lugar de paso entre los dos países concentraba la atención de los medios de comunicación del mundo entero y se podían ver las cámaras de las cadenas de televisión más variopintas...


photo: Kristóf Hölvényi

De vuelta en Hungría hablé con personal de la oficina húngara del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados venido de Budapest, hacían un recuento en la barrera. Había entre ellos una mujer siria que daba sin parar información esencial en árabe a los recién llegados: “A 10 minutos de camino encontrarán el punto de acogida, Habrá comida, médicos, tiendas individuales para descansar, ropa, botas de marcha, mantas por si quieren pasar la noche… luego verán los autobuses azules húngaros que los transportarán al campamento de refugiados donde podrán presentar su solicitud de asilo.”

Según el Tratado de Dublín que Hungría intenta respetar a duras penas, la solicitud de asilo debe hacerse en el primer país de la Unión Europea al que llega un refugiado. Hay que rellenar un formulario y facilitar una huella dactilar. Esto último causa miedo en la mayoría de la gente... Solo durante el sábado 12 de septiembre, las autoridades húngaras transportaron a 4.500 personas en autobús hacia distintos campamentos de refugiados, cifra que debemos comparar con la que nos facilitó el ACNUR hacia las 10 de la noche: ¡habían contado 11.000 cruces! Los que no se subieron a los autobuses atravesaron los maizales, especialmente altos en esta época del año. La mayoría iban directamente hacia quienes les ayudarían a cruzar la frontera y que esperaban en una estación de servicio muy cercana (1,5 km). Nos propusieron llevarnos a Budapest (unos 220 km) por 100 euros. No conseguimos que nos dijeran cuánto costaría llegar a Viena o Munich. Los más pobres seguían a pie hacia la estación de tren más próxima, pero con frecuencia los detenía la policía que patrullaba por la zona.

Era increíble ver cómo el punto de acogida se organizaba sin contar con coordinación central y cómo las organizaciones de todo tipo trabajaban juntas. Era otra imagen de Hungría y Europa Central que los medios de comunicación no llegan necesariamente a transmitir. Vi jóvenes que llegaban de Budapest en coche y preguntar si podían ayudar. Cinco minutos más tarde llevaban una pegatina con la palabra “volunteer” y distribuían la comida o recogían los cubos de basura que se apilaban sobre altos montículos en los límites del campamento. Estoy convencido de que en la sociedad húngara ha surgido algo fundamental y que hoy hay mucha gente que querría seguir aportando una ayuda concreta a los refugiados a largo plazo. Sí, es verdad, algunos políticos juegan un horrible juego político donde lo más importante son las próximas elecciones. Sí, los obispos húngaros tienen dificultades para interpretar las palabras del papa Francisco. Sí, hay miedos reales entre la población que es necesario escuchar y entender. Pero hay tanta buena voluntad, tanta gente en las calles, en las estaciones y en las fronteras que han venido espontáneamente para ayudar a los refugiados. Todos ellos demuestran que la hospitalidad no es una palabra vacua y que sigue existiendo en nuestra sociedad.

Probablemente, los jóvenes voluntarios llegados de Taizé después del cierre de las fronteras por las autoridades húngaras el 15 de septiembre no verán ya las grandes muchedumbres de refugiados que cruzaban el país como durante las tres o cuatro últimas semanas. Pero sigue habiendo gente, algunos vuelven de países europeos que los rechazan, como la propia Hungría, otros siguen llegando a través de Serbia, Croacia y Rumanía. Los que los ayudan a cruzar la frontera amasan fortunas. Hemos pensado que lo más útil es aportar nuestra contribución a un programa de los jesuitas: “Hospes venit, Christus venit”. Es un programa que intenta:

1. Reunir las buenas voluntades para ayudar a los refugiados, aportando así una ayuda de urgencia.
2. Iniciar un diálogo en la sociedad húngara.
3. Ayudar a la integración de los refugiados que presentan su solicitud de asilo en Hungría.

Proyecto actual

Concretamente, a partir de la próxima semana, los voluntarios de Taizé irán todos los días a un antiguo orfelinato al norte de Budapest donde están todos los menores refugiados llegados a Hungría sin sus padres. La esperanza es acompañar a estos niños que lo han perdido todo y hacer que sus días sean más hermosos.

« Hospes venit, Christus venit »

Printed from: http://www.taize.fr/es_article19630.html - 21 October 2017
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