La confianza en el amor de Dios en el corazón de la vida del hermano Roger

Jueves 18 de agosto de 2016

Esta semana recordamos al hermano Roger, quien fue asesinado en esta iglesia de la reconciliación un 16 de agosto, hace ya once años. Me gustaría contaros tantas cosas de su vida, pero ¿por dónde empezar?

Nuestra comunidad permanece aún marcada por él, una comunidad para la cual él tan solo quería un mínimo de estructuras, para que nosotros fuéramos ante todo como una familia y no una institución, que nuestra vida estuviera basada sobre todo en la atención mutua y en el amor fraterno.

Si hoy acogemos a refugiados, de Sudán, de Afganistán, de Irak, de Siria, ya el hermano Roger lo hizo antes. Poco después de su llegada a Taizé, a la edad de 25 años, en 1940, al comienzo de la Segunda Guerra mundial alojó a personas que huían de la guerra, entre ellas a judíos. Luego a lo largo de toda su vida continuó haciéndolo.


Le gustaba cantar. Si nuestra oración común ha pasado a ser una oración cantada en la que todos pueden participar, en torno a algunas palabras centrales de nuestra fe, esto es ciertamente gracias a él. Como decir él: “cantar hasta llegar a una alegría serena”

Él deseaba un largo momento de silencio durante la oración, las razones aún permanecen un poco misteriosas. Tenía la aguda conciencia de que ante Dios nuestras palabras se quedan tan pobres… y que, sin embargo, nuestra presencia en sí misma, ya es una oración. Sí, también rezamos con nuestro cuerpo. Y aseguraba que, incluso si nuestra oración es pobre Dios sabrá escucharte.

Le gustaba los momentos de oración que se prolongan por la noche a través de los cantos. Durante este momento escuchaba personalmente a todos aquellos y aquellas que le confiaban un sufrimiento o una alegría.

A través de esta escucha sabía hacer nacer o renacer la confianza en innumerables personas. A nosotros, los hermanos de la comunidad, nos decía con frecuencia “No deis consejos, escuchad”. Se tomaba en serio a cada persona, le hacía, por decirlo así, un lugar en su propia vida.

Hay tantos sufrimientos, tantas preguntas humanas sin respuesta: la enfermedad, la discapacidad, la pobreza, el abandono, la muerte de un ser querido. Hay heridas visibles y heridas que permanecen ocultas. Hay esa duda que lleva a decir: ¿cuál es el sentido y el valor de mi vida? Y hay la humillación que causa estragos en las vidas de las personas, incluso en los niños, la humillación de pueblos enteros que lleva hasta el punto de crear conflictos y guerras.

El hermano Roger estaba convencido de que era preciso curar estas heridas desde la raíz. Sufría con las personas y deseaba ardientemente que el amor de Dios las tocara.

Sí, la confianza en el amor de Dios estaba en corazón de su vida. Pero debemos saber que esto era al mismo tiempo una lucha interior para él, y, como el decía, debía “reemprender mil veces en la existencia” este camino de la confianza.

“Dios no puede sino dar su amor”: estas palabras de un creyente del siglo séptimo expresaban para el hermano Roger el centro de nuestra fe, y por ello pidió que con ellas se compusiera un canto.

Este amor de Dios es compasión, es misericordia. Esto quiere decir que Dios te ama en este preciso instante, tal como eres. A través de Jesucristo, él sufre contigo y a través del Espíritu Santo él renueva en ti la esperanza de la resurrección.

Dios no da su amor a trozos, no da más a uno y menos a otro, sino que vierte en ti todo su amor. Vivir de esta confianza es un riesgo. Hay tantos argumentos que la amenazan.


Para asumir el riesgo de la confianza necesitamos recibir el apoyo de otros. El recuerdo del hermano Roger puede proporcionar un apoyo así. También conocéis a otras personas sobre las cuales apoyarnos. Y para todos nosotros, están además los cristianos que nos han precedido, hasta los apóstoles y la virgen María.

El lunes pasado celebramos el recuerdo de la virgen María. ¡Qué alegría pensar en ella! Desde muy joven comprendió el riesgo de la confianza. Creyó en que su hijo era el mesías. Sin embargo, debió aceptar que Jesús fuera bien diferente que aquel que ella y el pueblo esperaban. Jesús era un mesías pobre.

María debió comprender que Cristo no traería del exterior el paraíso sobre la tierra. A través de su vida y de su muerte quiso llevar el amor de Dios hasta las más oscuras tinieblas, hasta la violencia, la humillación y la muerte. Y Dios lo resucitó, la muerte y el odio ya no tienen la última palabra.

Desde la resurrección de Cristo, invisiblemente, él acompaña a cada ser humano, como así lo muestra el icono que hemos colocado en la parte delantera de la iglesia. Era el icono preferido del hermano Roger. Lo llamaba “el icono de la amistad”. Incluso sin que tengamos conciencia de ello, Cristo está ahí y abre a su amigo un camino de vida.

El sábado pasado, por la tarde tuvimos una pequeña celebración. Durante la oración común acogimos a un nuevo hermano en la comunidad, Raphael. Viene de Ticino, en Suiza. Ha vivido con nosotros como voluntario desde hace más de un año. Desde ahora, se preparará para comprometerse para toda su vida en el seguimiento de Cristo en nuestra comunidad.

Os he hablado del hermano Roger, de algunos de sus dones. Quisiera añadir que él era consciente de no ser más que un “pobre de Dios”, como decía. Era extremadamente sensible y vulnerable. Pero tal y como nos lo ha escrito tras su muerte el prior de la Gran Cartuja: “Él cultivaba la vulnerabilidad como una puerta por la que preferentemente Dios se acerca a nosotros”.


Para terminar, me gustaría transmitir toda mi gratitud por su presencia entre nosotros a Jean Vanier.

Jean Vanier fundó la comunidad del Arca, en la que las personas con discapacidad y personas sin discapacidad viven juntas y encuentran en esta vida en común el sostén mutuo para alimentar la confianza. Nos necesitamos los unos a los otros, aquellos que son débiles y aquellos que son fuerte. Jean Vanier nos hablará mañana por la tarde en uno de los talleres.

Margaux ahora nombrará los países que están aquí representados y los niños distribuirán flores a todos. La primera flor es para Jean Vanier. Nos sentimos en profunda comunión con él.


Cantamos ahora las palabras de San Agustín: “Jesucristo, luz interior, no permitas que mis tinieblas me hablen. Jesucristo, luz interior, concédeme acoger tu amor”. Este era un canto importante para el hermano Roger. Si en todos nosotros y a nuestro alrededor en el mundo, hay tantas tinieblas, contradicciones interiores, heridas, cuestiones sin resolver; sin embargo, podemos en este mismo instante acoger ya el amor de Cristo.

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