Una conversación con Paul Ricœur

« Liberar el fondo de bondad»

Durante largos años, el filósofo Paul Ricœur, de tradición protestante, tuvo la costumbre de venir a Taizé. Falleció el viernes 20 de mayo de 2005 a la edad de 92 años.
Damos aquí el texto de la carta que el hermano Roger dirigió a la familia de Paul Ricœur el día siguiente de sa muerte.
Los siguientes extractos provienen de una conversación durante su estancia en Taizé en la Semaine Santa del 2000.

Taizé, 21 de mayo de 2005

A la familia como a todos los que quisieron a Paul Ricœur, quisiera decirles que, junto con mis hermanos, compartimos su pena, en la confiada espera de nuestra resurrección.

Paul Ricoeur vino a Taizé en varias ocasiones a lo largo de estos últimos cincuenta años. Apreciábamos mucho su amplia cultura, su capacidad de expresar los valores del Evangelio en las situaciones de hoy en día. Con frecuencia nos ayudó a reflexionar y en más de una ocasión lo citaba en las cartas a los jóvenes, algunas expresiones muy fuertes que había formulado sobre temas importantes para nosotros, tales como el sentido y el origen del mal. Un día nos dijo las siguientes palabras: «Por muy radical que sea el mal, éste nunca será tan profundo como la bondad. »

Hoy junto a vosotros quisiera rezar: Tú, el Cristo de compasión, nos concedes permanecer en comunión con Paul Ricœur, al igual que con todos aquellos que nos han precedido y que permanecen muy cerca de nuestros corazones. Ellos ya contemplan lo invisible. Tras sus pasos, tú nos preparas para acoger un destello de tu claridad.

Junto a vosotros, en profonda comunión.

Os expreso la confianza de mi corazón - hermano Roger, de Taizé

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Irrupciones de bondad

¿Qué es lo que vengo buscando en Taizé? Diría que una clase de experimentación con lo que más profundamente creo. Es decir, aquello que generalmente se llama religión tiene que ver con la bondad... Está un poco olvidado, de modo particular en varias tradiciones del cristianismo. Quiero decir que hay un cierto tipo de estrechez, de encierro sobre la culpabilidad y el mal. No es que subestime ese problema, el cual me ha tenido ocupado mucho durante varias décadas. Pero lo que necesito verificar, de algún modo, es que por muy radical que sea el mal, éste nunca será tan profundo como la bondad. Y si la religión, las religiones, tienen un sentido, es el de liberar el fondo de bondad de los seres humanos, ir en su búsqueda allí donde se encuentra completamente enterrado. Ahora bien, aquí en Taizé, veo irrupciones de bondad en la fraternidad entre los hermanos, en su hospitalidad tranquila, discreta, y en la oración, donde veo miles de jóvenes que no tienen la articulación conceptual del bien et del mal, de Dios, de la gracia, de Jesucristo, pero que tienen un tropismo fundamental hacia la bondad.

El lenguaje de la liturgia

Estamos agobiados por los discursos, por las polémicas, por el asalto de lo virtual. En la actualidad, hay como una zona opaca, y hay esa certeza profunda que liberar, a anunciar: la bondad es más profunda que el mal más profundo. No sólo hay que sentirlo, sino darle un lenguaje, y el lenguaje que se da en Taizé no es el lenguaje de la filosofía, ni tampoco de la teología, sino el lenguaje de la liturgia. Y para mí, la liturgia, no es simplemente acción, es un pensamiento. Hay una teología escondida, discreta, en la liturgia, que se resume en esa idea que «la ley de la oración, es la ley de la fe».

De la protestación à la atestación

Diría que la cuestión del pecado ha sido como desplazado del centro por una cuestión, en un sentido quizás más grave, que es la cuestión del sentido y del sin sentido, de lo absurdo. (…) Somos de la civilización que efectivamente a matado a Dios, es decir, que ha hecho prevalecer lo absurdo y el sin sentido por encima del sentido. Pienso que ahí se encuentra una protestación profonda, y empleo la palabra protestación por ser próxima a la atestación. Diría que la atestación, en estos momentos, procede de la protestación, y que la nada, lo absurdo, la muerte, no tienen la última palabra. Y ello llega entonces a unirse con mi cuestión sobre la bondad, porque la bondad no es solamente la respuesta al mal, sino que también es la respuesta al sin sentido. En protestación se encuentra la palabra testis, testigo; se «pro-testa», pero antes de que se pueda «a-testar», y diría que en Taizé, se hace el camino de la protesta a la atestación, y este camino pasa por lo que decía hace un momento: la ley de la oración, la ley de la fe. Porque la protesta se encuentra enlo negativo todavía: se dice no al no. Y ahí, es preciso decir sí al sí. Existe, pues, un movimiento de báscula de la protesta a la atestación. Y pienso que ello se realiza a través de la oración. Me he conmovido mucho esta mañana, por los cantos, esas oraciones en forme de vocativos: «Oh Cristo… ». Esto quiere decir que no nos encontramos ni en lo descriptivo, ni en lo prescriptivo, ¡sino en lo exhortativo y en la aclamación! Y pienso que aclamar la bondad es el himno fundamental.

«¿Quién nos enseñará la felicidad?»

Me gusta la palabra felicidad. Por mucho tiempo pensé que era o bien demasiado fácil, o bien demsiado difícil hablar de la felicidad. Pero superé dicho pudor. O más bien lo profundicé tal pudor ante la palabra felicidad. La tomo con toda la variedad de sus significados, incluso el de las Bienaventuranzas. Diría que la fórmula de la felicidad es: «Felices quienes… » La felicidad la saludo entonces como precisamente un «re-conocimiento», en los tres sentidos de la palabra: la reconozco como mía, la apruebo en el otro, y muestro gratitud por lo que he conocido, esas pequeñas dichas, entre ellas las de la memoria, para curarme de las desgracias del olvido. Y es ahí donde actúo a la vez como filósofo, nutrido por los griegos, y como lector de la Biblia y del Evangelio, donde se puede seguir el recorrido de la palabra felicidad, pero en los dos registros. Porque lo mejor de la filosofía griega es una reflexión sobre la felicidad, la palabra griega eudeimon — se ha hablado del eudemonismo filosófico en Platón, en Aristóteles —, y me encuentro de igual modo muy bien con la Biblia. Pienso súbitamente en inicio del salmo 4 : «¿Quién nos enseñarará la felicidad?» Es una cuestión un poco retórica, pero que tiene su respuesta en las Bienaventuranzas. Y las Bienaventuranzas es el horizonte de felicidad de una vida bajo el signo de la bondad, pues la felicidad no es sencillamente lo que no tengo, lo que espero tener, sino también lo que he gustado.

Tres figuras de la felicidad

Reflexionaba recientemente acerca de las figuras de la felicidad en la vida. Diría que, respecto a la creación, sobre este bello paisaje que se encuentra ante mí, la felicidad es la admiración. Y una segunda figura es en relación con los demás, en el reconocimiento de los demás, y sobre el modelo nupcial del Cantar de los cantares: es el júbilo. Finalmente existe una tercera figura de la felicidad, dirigida hacia el futuro, es «la expectación» : espero aún algo de la vida. Espero tener el coraje ante la desgracia que no conozco, pero espero encontrarme con más felicidad aún. Empleo la palabra «expectación», podría emplear otra, pienso en la primera carta a los Corintios, en el capítulo que precede al famoso capítulo 13 sobre la caridad que comprende todo, que excusa todo, etc. El capítulo previo comienza por: «Aspirad al mayor don.» «Aspirad, aspirad». Diría, pues, que se trata de la felicidad de la aspiración qui completa la felicidad del júbilo y la felicidad de la admiración..

Un servicio gozoso

Aquí, lo que me impresiona en primer lugar en todos los pequeños oficios cotidianos de liturgia, en los encuentros de toda clase, las comidas, las conversaciones, es la ausencia completa de relaciones de dominación. A veces tengo la impresión de que, en esa especie de exactitud paciente y silenciosa de todos los actos de los miembros de la comunidad, todo el mundo obedece sin que nadie mande. De ello resulta una impresión de servicio gozoso, de obediencia amante, sí, de obediencia amante, que es lo contrario a una sumisión y todo lo contrario a una errancia. Este camino, que resulta generalmente estrecho entre lo que acabo de llamar sumisión y errancia aquí se encuentra ampliamente señalado por la vida comunitaria. Ahora bien, los participantes –no los que asisten, sino quienes participan–, como creo haberlo sido yo aquí, es eso de lo que nos beneficiamos. Nos beneficiamos de esa obediencia amante que precisamente tenemos respecto al ejemplo dado. La comunidad no impone una clase de modelo intimidante, sino, ¿cómo diría?, una clase de exhortación amistosa. Me agrada esa palabra de exhortación porque no nos encontramos en el ámbito del mandamiento, y menos aún de la coacción, pero tampoco nos encontramos en el ámbito de la confianza y de la indecisión, algo que hoy forma parte de la vida de los oficios, en la vida urbana, en el trabajo como en los tiempos de esparcimiento. Es esa tranquilidad compartida la que para mí representa la felicidad de la vie junto a la comunidad de Taizé.

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