El Misterio de la Navidad

Los versículos sobre el nacimiento de Cristo son inagotables. A lo largo de toda la vida, nuestra fe encuentra en ellos fuentes de alimento y conversión a una fe en el Dios del evangelio. Allí, los cristianos encontramos a nuestro Dios, nos descubrimos a nosotros mismos y a la verdad de nuestros corazones.

La Navidad nos introduce a las paradojas con las cuales el evangelio se matiza de principio a fin: el Dios infinito, está ahí, en un pequeño niño; el Dios todopoderoso se hace presente en la debilidad de un recién nacido; la palabra se ha hecho llanto. ¿Ha sido suficientemente enfatizado que estos hechos están en profunda coherencia con el resto de la vida de Jesús? Por error, algunas personas los dejan a un lado, como si fueran residuos de una forma de religión todavía muy sobrenatural. ¿Nos da vergüenza la aparición de una estrella? Debemos mirar el hecho al cual esta nos guía: un niño desnudo en un pesebre. Ante todo veamos que estamos celebrando: Dios que se expresa, no con fuerza o violencia, sino a través de un ser que necesita de ayuda, y totalmente entregado.

En Navidad, tengamos también el coraje de escuchar las palabras de Jesús: «Quien me ve, es al Padre a quien ve» (Juan 14.9). Como resultado, el miedo de Dios, miedo que, a veces, se insinúa con facilidad, no tiene razón de ser. San Pedro Crisólogo escribió que Dios se hizo niño para que dejemos de tener miedo de él.

Muchos contemporáneos de San Juan, tanto judíos como griegos, podrían haber escrito, «Al principio estaba la Palabra...» Sólo Juan, el cristiano, que había tocado con sus manos a la Palabra de Vida, puede escribir, «La Palabra se hizo carne». Por «carne» tenemos que entender debilidad, finitud, criaturas mortales. Aquí radica el escándalo de la fe cristiana. Un escándalo no solo reservado al nacimiento de Cristo ni tampoco a su existencia terrena, sino que continúa presente, hoy, en su manera de ser. Desde este punto, San Agustín, elaboró toda su lógica de los sacramentos.

La Palabra se hizo carne, devino carne (Juan 1.14). Entonces, Dios esta ligado a un proceso de conversión. No es el inmutable que los filósofos imaginaban. Su trascendencia no consiste en permanecer distante, lejos de los seres humanos. La trascendencia del Dios de la Biblia está en penetrar la historia humana y traerle la novedad. Allí, donde todo parecía viejo, extenuado, agotado, sin futuro, la Palabra aporta una frescura, como un aliento de Vida, al que los cristianos llamamos perdón. Si Juan escribe, «La Palabra se ha hecho carne» connotando debilidad y finitud, no es para decir «hemos visto su miseria», sino más bien: «Hemos visto su gloria». El Cristo encarnado irradia una belleza intensa. Su manera de vivir entre las tinieblas de nuestro mundo, aceptando las limitaciones humanas, abandonándose totalmente en las manos del Padre, recibiendo la vida día a día, nos revela su gloria. El rostro de Dios se nos manifiesta.

Mateo no nos cuenta algo muy diferente cuando hace la extensa genealogía de Jesús. El lector puede sacar la conclusión que la historia en la cual Jesús se inserta es bastante compleja y que está muy lejos de ser perfecta. Quien es este Dios que no teme involucrarse en la historia de los seres humanos, con su densidad y también con sus oscuridades. Es el Dios de la Natividad, de la Cruz, de la Resurrección, de los sacramentos. Como diría San Gregorio de Niza, a través de la Eucaristía hasta se involucra con nuestro cuerpo.

A los cristianos nos ha tomado mucho tiempo sacar todas las conclusiones de esta manera de entender la Historia. No es seguro que este proceso haya concluido aún.

¿Por qué nos conciernen los acontecimientos de la Navidad? Al leerlos algo resuena en nuestro interior, como una llamada a despojarnos de nuestros caparazones, a deshacernos de nuestras corazas y de nuestra auto suficiencia. Nuestros corazones están hechos para confiar. Charles de Foucauld dice en su conocida oración: «Padre me pongo en tus manos... porque te amo y necesito darme, ponerme en tus manos con infinita confianza, porque eres mi padre».

A menudo, el corazón sólo se abre en presencia de alguien más humilde que uno mismo. No lo olvidemos: Es el Otro que está recostado en el pesebre. Pero el niño nos previene de pensar de pensar en la trascendencia como distancia o amenaza. Abriéndonos a su presencia, no perderemos nuestra libertad. Seremos guiados a hacer de nuestras vidas una «creación con». Si, el Emmanuel está ahí, en ese niño:
«Dios-con-nosotros»

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