2007

Dos hermanos en Argelia

Dos hermanos fueron, a principios de enero, a Argelia para encontrarse con los estudiantes sub-saharianos, que vienen cada año a Taizé, y con la pequeña Iglesia con la que los estudiantes caminan durante su estadía en dicho país. Uno de ellos nos cuenta.

Después de casi veinte años, centenas de estudiantes sub-saharianos, que cursan sus estudios en Argelia, son invitados a participar durante algunas semanas del verano de los encuentros en Taizé. Ellos son para nosotros como una puerta abierta al continente africano. Entre ellos, hay una gran diversidad de nacionalidades: congoleños, camerunenses, de Costa de Marfil, y muchos otros.

Su presencia en Taizé nos invita a buscar juntos como construir un futuro de paz, como asumir responsabilidades para transformar la sociedad y que lugar puede tener la fe en nuestros compromisos. Estas preguntas vienen una y otra vez durante charlas. Es apasionante discutir con ellos y escuchar sus experiencias. Fue para profundizar estas preguntas que hemos ido a su encuentro, allí donde ellos viven.

Comenzamos nuestro viaje en Argel, al oeste del país, para así terminar nuestro recorrido de nuevo en Argel. Lo que más nos marcó fue la gran sencillez de los encuentros y alegría de reencontrarse.

Lo que impacta de Argelia es el sentido de la acogida árabe. Seguido los huéspedes pueden escuchar «sean bienvenidos en mi casa». Luego de los años difíciles de terrorismo la presencia de extranjeros simboliza un nuevo comienzo. Sin embargo muchos de estos jóvenes están desconcertados a su llegada a Argelia. Lejos de sus casas durante muchos años a sabiendas de que será casi imposible volver de visita mientras duren los estudios.

Frente a una nueva cultura se sienten a veces muy vulnerables. En especial los que son cristianos que sienten, aún con más fuerza, el hecho de ser extranjeros. En esta sociedad islámica, los cristianos y la Iglesia misma, viven de manera muy discreta. Su representación en la sociedad es casi inexistente y sólo han podido conservar algunos edificios para el culto luego de la independencia.

Pertenecer a otra confesión que no sea la islámica desata muchas preguntas. Para eludir tantos interrogantes, los estudiantes sub-saharianos cristianos que viven en la villa universitaria, prefieren esconder su pertenencia religiosa. Esta situación es muy difícil de llevar dado que en muchas otras culturas africanas hay una convivencia armoniosa entre hermanos y hermanas de diferentes religiones. La Iglesia aparece entonces como un lugar de libertad esencial, en la cual se pueden encontrar para compartir su fe con toda franqueza y en donde se pueden apoyar mutuamente.

Al mismo tiempo, el hecho de tener que justificar todo el tiempo el ser cristiano, los ha llevado hacia una reflexión profunda de las fuentes de su propia fe. La Iglesia intenta acompañarlos lo mejor posible, más allá de innumerables cuestiones prácticas que los estudiantes suelen demandar y que los responsables de las comunidades no siempre tienen la solución. El acento está puesto en el acompañamiento espiritual que los ayuda a profundizar su fe. En este contexto, venir a Taizé es una etapa que la Iglesia les ofrece para poder tomar distancia y mejor percibir lo que estan viviendo en Algéria.

Por su vocación en tierra islámica la Iglesia de Algéria busca hacer pie, entre la gente que la rodea, con respeto y desinterés. Queriendo ser testimonio de un Dios cercano a todos los seres humanos los cristianos ensayan, con mucha imaginación y audacia, de crear «plataformas de encuentros» que les permita entrar en contacto con gente diversa. No con el fin de tener conversaciones fáciles, sino primero que nada, para expresar a través de sus vidas las realidades del Evangelio.

Gracias a esta iniciativa han visto la luz, bibliotecas, frecuentadas por jóvenes estudiantes locales; talleres de trabajos manuales como el bordado y la costura para jóvenes mujeres permitiéndoles, de esta manera, salir por unas horas de sus hogares. Y podría aún nombraros más actividades destinadas a personas en dificultad.

Los animadores permanentes de las comunidades cristianas son pocos y están siempre muy inseguros de si podrán continuar o no con su presencia en «la casa del Islam». Es tan importante de dar al mundo un signo fuerte y claro de que es posible vivir juntos, mismo cuando en apariencia muchas cosas nos separan. Es una vida hecha de pequeños pasos, en la cual los «resultados» se inscriben ante todo con la fidelidad del testimonio.

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