2006

Un Viaje por África del este

En los meses de febrero y marzo de 2006 uno de los hermanos viajó por Kenia, Uganda y Tanzania durante cinco semanas.
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«Empecé solo el viaje, pero a lo largo de todo el periplo estuve bien acompañado. Ha habido muchos ángeles de la guarda que han cuidado de mí, que me han guiado y se han asegurado de que todo saliera bien a cada paso. El sábado pasado, algunos jóvenes de Tanzania sugirieron que tuviéramos un pequeño encuentro. Lo habían organizado con el padre Appolinari, capellán de la universidad de medicina de Dar el Salam. Habían elegido para ello un lugar a 70 Km. de Dar el Salam, un lugar de gran belleza en la costa del Océano Indico, con numerosos hoteles y turistas. Es también un lugar de un gran simbolismo, un marco contradictorio del encuentro entre África y el resto del mundo. Antiguo puerto comercial árabe, todavía se pueden ver ruinas que datan del siglo XIII, con tumbas árabes y restos de mezquitas. Era un puerto importante, lugar de llegada de todas las caravanas de esclavos del este de África. Los esclavos comprados tierra adentro hacían 1.200 Km. a pie, lo que les llevaba entre tres y seis meses. Llegados a este mercado, los exponían, vendían, compraban y los llevaban a los países árabes o a las plantaciones de la Reunión o de Mauricio. Es también el lugar a donde llegaron, hace 130 años, los primeros misioneros de África oriental. Hay una cruz, una iglesia, un cementerio con unos cincuenta sepulcros de misioneros muertos a los 20, 30 ó 35 años, diezmados por la malaria u otras enfermedades.

Fue una gran y única oportunidad, el poder ser acogido a los largo de estas cinco semanas en Kenia, Tanzania y Uganda por jóvenes que habían pasado un tiempo en Taizé y que habían compartido nuestras vidas, nuestra oración, nuestra misión, nuestro trabajo y nuestro esfuerzo por acoger a jóvenes de todo el mundo. Esto facilitó mucho las cosas y me permitía sentirme en familia rápidamente. Comprendieron y asimilaron bien el sentido de la visita: compartir su realidad, los desafíos a los que se enfrentan, compartir la luz y la esperanza en sus vidas. Se trataba de dejarse acompañar, dejarse guiar, dejarse cuidar. Lo principal fue la hospitalidad. Dar la bienvenida, acoger a otros, es todavía una realidad bien presente entre muchos africanos. Incluso los que no saben ni leer ni escribir, saben que un invitado de paso es una bendición, algo que queda expresado en sus saludos.

La primera quincena estuve a las afueras de Nairobi, en un barrio que linda con Mathare Valley, zona donde se mezclan grandes áreas de chabolas y algunos edificios de tres o cuatro plantas no acabados. Me alojé con sacerdotes italianos que viven en la zona de chabolas a 20 minutos de la primera carretera asfaltada y del autobús más cercano. Todos los días los jóvenes tenían preparadas visitas a otras zonas de este barrio de 350.000 habitantes y querían que pasase a ver a sus familias y algunas veces a enfermos o a amigos.

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El primer paso en esta acogida era entrar en la casa, a menudo una sola habitación para toda una familia, seis u ocho metros cuadrados. La cama queda escondida detrás de una cortina y el resto de la habitación está ocupado por sofás, un sofá cama y sillones alrededor de una mesa baja. Hasta los cojines, todo está pensado para acoger al invitado, no hay otro lugar para ello. Se cocina en el patio, en un pequeño fogón de carbón de leña. Nos sentábamos y bebíamos soda, el símbolo de bienvenida. La saboreábamos, a menudo bajo la mirada de los niños que no tenían la misma suerte que nosotros. Después de un buen rato y de toda una serie de preparativos entre bastidores, con idas y venidas, llegaba la comida y aparecían los vecinos. Los invitados debían permanecer sentados. Nos habían preparado pastel de maíz, una bola grande y compacta que hay que amasar con los dedos y mezclar con tomates y cebollas. La casa se llenaba, entre diez y quince personas se apretaban en este reducido espacio, para que todos los amigos tuvieran la posibilidad de disfrutar de la visita. Pasaron una palangana de agua para enjuagarse las manos y antes y después de la comida, siempre hubo una oración.

El siguiente paso en la acogida, si hacía preguntas y deseaba saber más, era que nuestro anfitrión desaparecía tras la cortina y volvía con el álbum de fotos. Era como si abriese el cofre del tesoro del corazón de la familia. A lo largo de sus páginas, se veían a los que ya no están, incluso si no son más que de la generación anterior, los acontecimientos felices, tristes, el trayecto escolar…Era la ocasión para preguntar y los relatos se encadenaban. Los allí presentes reconocían las caras, los amigos; es fácil formar parte de la familia y compartir todo. Es la memoria, la expresión de toda la vida.

La vitalidad de las comunidades locales fue un maravilloso descubrimiento. Estas pequeñas comunidades cristianas de vecindad se crearon especialmente hace unos quince años, en el tiempo del último Sínodo sobre África. Una treintena de personas se reúnen cada semana bajo un tejadillo, en un patio o en casa de unos u otros para rezar, compartir la Biblia y analizar las cuestiones que se plantean en la vecindad, en particular la atención a los enfermos. Estas comunidades se gestionan solas, eligen un pequeño comité con un presidente y delegan a un miembro a cada “equipo de servicio”: uno vela por los enfermos, otro se encarga de la preparación de catecúmenos, otro de los funerales, de la catequesis… Estos delegados participan en una reunión en la Iglesia del barrio, que reúne a treinta o más delegados de pequeñas comunidades. Es una estupenda forma de aprender a tomar responsabilidades, escuchar y trabajar con los demás.

Una de las comunidades más conmovedoras, es la cooperativa de reciclaje de desechos en el enorme vertedero de Nairobi. Mil personas viven de la selección de desechos. Unos cuarenta de ellos han creado una pequeña comunidad y cooperativa, ayudados por una ONG italiana que les ha proporcionado recientemente una máquina para destruir el plástico.

En el norte de Tanzania, cerca de Arusha, conocí otra pequeña comunidad cristiana, situada en la estepa donde viven los Massais. El día de la reunión las madres llegaron con sus hijos, había pocos hombres. Algunos, los pastores, escuchaban a la vez que vigilaban las cabras. Cantamos la oración en massai. Como sus huéspedes, nos acogían, cumplimentaban y agradecían y, después, nos invitaban a entrar en las viviendas hechas de tierra y de boñigas de vaca, donde nos ofrecían arroz y habichuelas.

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Esta forma de funcionar con pequeñas comunidades que se reúnen en una capilla todos los domingos, conectadas a una parroquia más grande, ha vuelto a dar una vitalidad y una presencia de laicos que nos proporcionan un reflejo de lo que era la Iglesia de los Hechos de los Apóstoles. Esto permite un trabajo pastoral sobre el terreno muy cercano a las personas.

En varias ocasiones acompañé a uno de los sacerdotes y a la responsable de la visita a los enfermos a celebrar la eucaristía en la casa de un enfermo en fase terminal. Era conmovedor presenciarlo, ya que representaba el desenlace de todo un trabajo de acercamiento realizado por la persona delegada por la comunidad. Había ayudado a la familia y al cónyuge, que habían tomado de nuevo el camino hacia la Iglesia. Había un gran sentimiento de gratitud por poder recibir la comunión juntos y poder sentir la reconciliación. La mayoría de los enfermos pasan la fase terminal de la enfermedad en casa, sin médicos, sin medicinas, pero, sin embargo, lo viven en medio de una gran confianza en Dios.

En África, como en otros lugares del mundo, se pueden observar los efectos de una transición rápida entre la vida tradicional rural secular y la modernidad: la sociedad urbana secularizada, individualista, la posibilidad de algunos de una ascensión económica y social rápida, cambios en el modo de vida, la influencia de los medios de comunicación. Los centros urbanos se mueven al ritmo de la globalización y de los mercados internacionales.

«Somos ‘punto coms’, y nuestros padres son todavía ¡‘Buzones de correo’!», así resumió un joven el abismo que les separa de la generación precedente. A esto, los padres responden: «Nuestros hijos tienen que aprender todo sobre Bangladesh o sobre las cosechas en Francia, ¡pero ya no saben nada sobre nuestras tradiciones seculares de pesca! La escuela no cumple su misión, mucho de lo que aprenden no les sirve de nada…».

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La Hermanitas de Jesús confirman esta crisis de identidad: «Los jóvenes en las grandes ciudades están expuestos a múltiples influencias. La influencia de la televisión es cada vez mayor. A pilas, ¡hasta en casa de los massais se pueden encontrar! Los pequeños ven todo lo que emiten las cadenas occidentales. La sociedad va demasiado deprisa. Los jóvenes buscan su camino. Necesitan un marco en el que puedan asimilar y reconocer puntos de referencia. Se les repite que son el futuro, pero no se confía en ellos. Las responsabilidades siguen estando en manos de los adultos. Algunos desaprueban las iniciativas de los jóvenes en el consejo de la parroquia porque se atreven a hablar claro, a decir la verdad. Las nuevas clases medias protegen excesivamente a los niños. Éstos, están perdiendo el sentido del servicio gratuito, que era algo natural y formaba parte de su vida tradicional. Han ganado comodidad a costa de posibilidades de desarrollarse en el plano humanitario».

Padre Michael, Iglesia de Uganda: «Asistimos a un éxodo en masa de las Iglesias históricas. Las liturgias inamovibles, formales, generan el aburrimiento. Hay un descenso en el número de vocaciones al ministerio pastoral. En el contexto liberal actual, es difícil anunciar las Bienaventuranzas y el Evangelio de la pobreza. Los Pentecostalistas atraen por su dinamismo, su ambiente caluroso, las oraciones personales… Están más cerca de la religiosidad tradicional, más en la onda de las aspiraciones suscitadas por los medios de comunicación. También hay una atracción por la novedad».

«Después de algunos años, ¿que guarda de su estancia en Taizé?» Muchas de las respuestas se parecen entre sí…«Vivimos como una sola familia,¡con gentes de todo el mundo! Trabajamos mucho de forma desinteresada y ¡fue estupendo! Una oración simple, los cantos y el silencio, nos permitieron profundizar en nuestra relación personal con Dios... Deseamos mantener y compartir aquí lo que descubrimos allí».

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