Octubre 2006

Seattle, Portland y Denver

Dos hermanos estuvieron en el oeste y centro de los Estados Unidos para hacer visitas en las ciudades de Seattle, Portland y Denver. Uno de ellos escribe:

¡Cuando se viaja en el “Lejano Oeste”, Europa y sus preocupaciones parecen muy lejos! En una ciudad como Denver, en Colorado, todo parece desproporcionado: las carreteras, las casas, y sobre todo las distancias. En tal ambiente, un sentido de comunión entre las personas, por no decir con el resto del mundo, es más problemático. Es pues mucho más impresionante ver la sed de la gente de una oración más meditativa, más interior.

Lo que también llama la atención, es la diversidad de familias confesionales de los que vienen a nuestras oraciones y a nuestros encuentros, desde los católicos hasta a los Bautistas, pasando por los cuáqueros y los episcopales. Se diría que este deseo de una espiritualidad más profunda, en un mundo cada vez más amenazado por la superficialidad, supera todas las categorías tradicionales.

También nos encontramos con jóvenes que dan de su tiempo para estar junto con los pobres: por ejemplo organizando una “sopa popular” organizada por el "Catholic Worker", que alimenta a muchas personas cada noche en la catedral católica de Seattle, o estando disponibles todo un año como voluntarios, en vínculo con ciertas congregaciones de sacerdotes.

Los puntos culminantes de estas visitas eran los fines de semana para los jóvenes en el campus de dos universidades jesuitas, en Seattle, luego en Denver. Durante estos encuentros, a pesar del marco muy diferente de la colina de Taizé, el ambiente era el de todos los demás encuentros de la "peregrinación de confianza a través la tierra".

A Portland estuvimos, entre otros lugares, en una universidad cuáquero donde grupos de estudiantes que habían venido a Taizé decidieron comenzar una oración regular con nuestros cantos. Hay que reconocer que la distancia geográfica no impide una solidaridad en la esencial.

Durante el mes de mayo de 2006 dos hermanos viajaron por en el sur de los Estados Unidos. Recorrieron Atlanta, quedándose en Alabama, Mississsipi y Nueva Orleáns.

Atlanta, Georgia

« La estadía comenzó junto a los padres y niños de una escuela internacional fundada por una pareja que, en otros tiempos, pasó varias veces por Taizé. De hecho la idea de esta escuela nació a partir de un intercambio en Taizé. Hay unos 250 niños, americanos y refugiados, desde los Balcanes hasta África central, que nos dieron la bienvenida con un canto en ¡18 idiomas diferentes! Luego hicimos una especie de peregrinación, atravesando la ciudad de Atlanta, con momento de oración en las diferentes iglesias episcopales, luteranas y católicas. Con las visitas a los grupos de jóvenes voluntarios que se ocupan de la gente sin techo y a los jóvenes en las escuelas, pudimos tocar a la Iglesias en su gran diversidad. Hubo poco encuentros donde los participantes viniesen de solo ¡tres continentes! Fue un gran hallazgo, mismo para quienes nos acompañaron de un encuentro al otro, acostumbrados a una sociedad de orígenes diversos.”

Alabama

Luego, en el estado vecino de Alabama, participamos la conferencia del clero de la diócesis episcopal. Los dos obispos nos invitaron como “capellanes”. Fueron días de confianza recíproca muy grande. Fue impresionante poder compartir las alegrías y las penas de una Iglesia local, tanto en los debates comunes como en los intercambios a nivel personales y en los encuentros para compartir nutridos por una meditación bíblica. Todo intentaba expresarse a través de la oración, tres veces al día, con el canto y el silencio. Un buen número de jóvenes de Alabama ya han estado en Taizé, acompañados por su obispo auxiliar, y otro viaje, con un gran apoyo parroquial, se prepara para el año que viene.

Mississippi

« La jornada comenzó en Birmingham, Alabama, con la bendición y el envío del obispo Mark Andrés. Inmediatamente seguimos viaje junto a dos jóvenes, Zara y Tom, hacia al Costa del Golfo a unos 570 Km. al sur. Atravesamos campos exuberantes, otrora territorio de los Choctaw. Los carteles indicadores brillaban por su ausencia lo que hizo difícil encontrar el camino hasta Camp Coast Care, donde nos alojaríamos. El campamento es un lugar común de las Iglesias episcopal y luterana que acoge a todos aquellos que quieran ofrecer su tiempo y energía en la rehabilitación de la costa del Mississsipi. Una antigua escuela episcopal ha sido convertida en casa de acogida. El gimnasio sirve como comedor para más de 100 voluntarios venidos de todas partes de los Estados Unidos.

A la tarde, Tom nos condujo por la ruta que costea el Mississsipi. Durante 145 Km., todo tipo de estructuras han sido destruidas por inmensas olas: hoteles, comercios, casas, iglesias, todo fue arrasado. Los carteles de “en venta” visten el paisaje de escombros. La gente ha perdido todo y son muchos lo que están forzados a poner en venta sus propiedades ya que aún continúan pagando los préstamos por medio de los cuales las adquirieron. Banderines descoloridos indican donde antes existía el frente de una iglesia. ¿Hay que construir o no en una zona tan vulnerable? La pregunta se debate hoy en día.

Al anochecer, antes de la cena, nos pidieron de animar una oración con los cantos de Taizé para los responsables y voluntarios del campamento. Tom había llevado algunos iconos y cancioneros. Más tarde, Cintia, que vive en la región, nos contaba que mirando toda esa destrucción, no veían más que “la tapa de un libro de sufrimientos”. “Se encontraban cuerpos” nos decía, “pero de personas no queríamos hablar”.

Después de la cena, un joven hombre me invitó a ir a un servicio religioso en una tienda, a algunos kilómetros de allí, cerca de la playa. Durante el día, la tienda sirve de cocina para personas necesitadas. Llegamos con el crepúsculo, un viento cálido soplaba desde el mar, el cielo se volvió violeta y las estrellas comenzaban ganar el cielo. Era difícil imaginar que el huracán Katrina pudo venir, con toda su furia, de esas aguas mansas. Zara, que vino con nosotros, nos dijo que habíamos visto y vivido una realidad bien norteamericana: un encuentro de “salvación” bajo una tienda.

Nueva Orleáns

La costa del Mississsipi parecía una zona de guerra, pero Nueva Orleáns presentaba otro tipo de devastación. Cuando la tormenta estalló los vientos del huracán ejercieron una semejante presión que los diques y estacadas cedieron. Gran parte de la ciudad quedó inundada durante semanas. Recorrimos kilómetros y kilómetros de casas, oficinas, escuelas, hospitales, iglesias, todos de, pie pero abandonados y deshabitados. El tiempo que las aguas cubrieron la ciudad, el suelo se saturo de productos químicos tóxicos y de desechos provenientes de las alcantarillas. Nadie sabe cuando el suela estará limpio y seguro. Fue una experiencia muy extraña y desestabilizadora de encontrarse en una ciudad desolada. Las personas que quedaron y que han perdidos sus hogares, viven en pequeñas casas rodantes blancas, otorgadas por el gobierno, en estacionamientos. A veces, instalan las casas rodantes delante de las casas e intentan, poco apoco, deshacerse de las ruinas para recomenzar sus vidas. Filas y filas de carros abandonados y saqueados, se encuentran alineados al costado de los puentes a la espera de ser recogidos. Cada casa tiene una gran X indicando la fecha y el equipo que pasó en búsqueda de sobrevivientes.

Fuimos acogidos calurosamente. El obispo de Luisiana pasó tiempo con nosotros. Nos llevo a visitar la catedral y nos habló de las operaciones de asistencia. Nos alojamos en una casa que la iglesia ha dispuesto para voluntarios. El arqui-diácono, Denis McManis, encargado de las operaciones de asistencia, nos llevo para todos lados y respondió a todas nuestras inquietudes. La Iglesia episcopal, acoge voluntarios de todas las edades que vienen a ayudar a los propietarios que necesitan destruir sus casas. De presencia son las personas de edad o sin trabajo que recibe esta ayuda. Los voluntarios van de casa en casa demolida, tirando abajo todas las paredes deterioradas dejando en pie sólo los muros perimetrales. También pasan un tiempo considerable junto a los propietarios, ayudándolos a salvar recuerdos preciosos de una vida desvanecida. Fuera de las casas se ven restos de pequeños recuerdos: fotos, vajillas, un juguete… todos juntos son puetos al reparo. Los voluntarios trabajan en medio de una nube de polvo tóxico proveniente de la putrefacción y de los materiales aislantes. Al mediodía, una camioneta trae el almuerzo gratuito para todos lo que están allí.

Nos llevamos el recuerdo de un lugar desamparado y triste pero de una hospitalidad infinita, un lugar donde el espíritu sopla. Nos fue necesario de tiempo para retomar el ánimo y volver a un mundo donde el dolo no está en el menú cotidiano de la mayoría de la población.

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