Calcuta

Meditaciones del hermano Alois

La peregrinación de confianza en Calcuta ha tenido lugar del 5 al 9 de octubre de 2006.

Cada día del encuentro, el hermano Alois comparte una meditación.

Los textos de estas meditaciones se publican a continuación.

Noche del sábado 7 de octubre de 2006

El Evangelio que acabamos de leer esta noche nos habla de la primera persona que ha creído que el amor de Dios es más fuerte que el odio y la muerte. Es una mujer, María Magdalena. Ella llora en la tumba de Jesús. Y Jesús, el Resucitado, viene hacia ella. De una manera completamente inesperada, no triunfalmente, sino tan humildemente, que ella no le reconoce, tomándole por el jardinero del cementerio.
Jesús le dice una palabra que va a cambiar todo: la llama por su nombre, “María”. Lo que es extraordinario es que María reconoce en su corazón la voz de Jesús. Se vuelve hacia él, y le llama a su vez: “Rabbuní, Señor”. Una vida nueva comienza en ella; tiene confianza en que el amor de Dios está cerca, incluso si la presencia de Jesús es invisible a los ojos. Luego el Resucitado la envía con estas palabras: “¡Ve con mis discípulos!”
A nosotros también nos llama Cristo por nuestro propio nombre y nos dice: “¡Ve! Transmite mi amor con tu vida.” El valor de María Magdalena nos estimula. Ella, una mujer sola, se atreve a ir hacia los discípulos para decirles lo increíble: “¡Cristo ha resucitado!” Y la confianza en la presencia invisible de Cristo Resucitado se convierte para ellos en una luz en sus vidas.
Esta noche vamos a expresar eso mismo con un gesto. Vamos a pasarnos unos a otros la luz de una vela. Será un símbolo: como María Magdalena, nosotros también podemos atrevernos a transmitir a los que están a nuestro alrededor la luz del Resucitado.
Cada una, cada uno de nosotros, puede transmitir allí donde vivimos esta confianza en la resurrección, esta confianza en el amor de Dios. Y hay algo sorprendente que ocurre cuando transmitimos esta confianza en Dios: comprendemos más y más el misterio de la Resurrección de Cristo, el misterio de su presencia invisible pero continua, a nuestro lado, por el Espíritu Santo.
Un niño:
Esta noche queremos saludar con flores especialmente a aquellos que han venido de Assam, Meghalaya, Manipur, Sikkim, Mizoram, Nagaland y Arunachal Pradesh, y los que han venido de Inglaterra, Francia, Alemania Italia, España, Países Bajos, Luxemburgo, Suiza, Portugal, Estados Unidos, Canadá y México.

Mediodía del sábado 7 de octubre de 2006

Todos los que estamos reunidos aquí querríamos preparar caminos de paz. Muchos a través del mundo conocen situaciones de conflicto o de injusticia. ¿Cómo responder a la violencia con la paz? ¿Cómo preparar un futuro de paz para los niños? ¿Cómo evitar transmitir a la generación siguiente las heridas enquistadas?
Es esencial que escuchemos esta palabra del profeta Jeremías: “Dios prepara para nosotros un futuro de paz.” La paz, es Dios el que la da, nosotros debemos recibirla primero antes de poder transmitirla. Y recibirla profundamente en nosotros.
Esta paz dada por Dios comienza en nuestro corazón, y puede transformar nuestra vida.
La paz interior no es en primer lugar un sentimiento que nos esforzamos por producir en nosotros mismos. La paz nace en nuestro corazón por la presencia de alguien que nos ama, Cristo Resucitado. Él ha pasado por la violencia, por el odio, por la muerte. Y después de ese paso, nos dice: “La paz esté con vosotros”. Dejemos resonar en nosotros estas palabras.
Cristo es nuestra paz. Así pues, nos toca a nosotros tomar decisiones valientes para atrevernos a seguirle por el camino de la paz. A menudo lo que podemos hacer es poca cosa, pero ese poco debemos hacerlo. Lo que cambia el mundo no es tanto las acciones espectaculares como la perseverancia cotidiana en la bondad humana.
¡Si en la Iglesia, nuestros grupos de jóvenes, nuestras comunidades y nuestras parroquias pudieran ser, antes que nada, lugares de bondad de corazón y de perdón! Lugares donde acogernos mutuamente, donde buscar, siempre de nuevo, comprender y sostener al otro; lugares en los que estuviéramos siempre atentos a los más débiles. ¡Qué alegría daría!
En el reciente conflicto del Próximo Oriente, un joven padre de familia libanés nos ha escrito estas palabras: “La paz de corazón, este tema tan querido por el hermano Roger y todos los hermanos de Taizé, es posible. Sí, la paz de corazón no es una utopía. A pesar del sufrimiento, a pesar del odio que se multiplica día tras día, a pesar del deseo de venganza que aparece en nosotros en los momentos de debilidad, yo creo en esa paz. Sí, la paz aquí y ahora.”
Para abrir caminos de paz y de confianza, los cristianos tienen un don específico. La comunión de la Iglesia, la profunda caridad que une a los que siguen a Cristo, son ya un fermento único de paz en la familia humana.
Es la comunión entre nosotros, los cristianos, la que da credibilidad al Evangelio. Ella hace que la palabra de Dios está viva y que hable a las gentes de hoy. En un mundo en el que la violencia y el desencanto tratan de tomar ventaja, nosotros podemos dar, por nuestra comunión, un signo que irradie hasta en las situaciones más difíciles.
La unidad entre cristianos nunca es automática. Debemos recomenzar siempre a vivir del perdón mutuo. Cuando nos volvemos juntos hacia Cristo, cuando consentimos reunirnos en una oración común en su presencia, él ya nos une. Humildemente, en la oración, aprendemos sin cesar a pertenecer los unos a los otros.
Hoy tenemos más que nunca la posibilidad de vivir una comunión, más allá de las fronteras de los pueblos, de las razas, de las generaciones. Sí, nosotros podemos preparar un futuro de paz sobre la tierra. Dios nos da su aliento, su Espíritu, para que seamos por nuestras vidas testigos de paz.

Noche del 6 de octubre de 2006

Hace algunos días, con otro hermano, me encontraba en Bangla Desh. Algunos de nuestros hermanos de Taizé viven ahí desde hace casi treinta años. Comparten la existencia de los más pobres y abandonados en una ciudad que se llama Mymensingh. Hemos pasado dos semanas con ellos.
Fue una gran alegría ir a visitar a nuestros hermanos que perseveran desde hace tantos años en una vida tan difícil. Visitarnos entre hermanos es una necesidad, nos sostiene en nuestro compromiso. A menudo nos decimos que no podríamos quedarnos simplemente en Taizé si un cierto número de entre nosotros no compartiera la vida de los más pobres a través del mundo.
Quizá también a vosotros eso mismo pueda ayudaros a permanecer atentos a lo esencial: ir a visitar a los que viven cerca de vosotros y que intentan vivir el Evangelio; atreverse a compartir con ellos, con toda sencillez, las alegrías y las inquietudes; volverse juntos un breve momento hacia Dios, en silencio, o escuchando una palabra de la Escritura.
Recientemente nuestros hermanos en Bangla Desh han vivido varias peregrinaciones con discapacitados. Uno de ellos escribía: “Descubrimos que los que son rechazados por la sociedad a causa de su debilidad y de su aparente inutilidad, son una presencia de Dios. Si les acogemos, nos conducen progresivamente fuera de un mundo de competitividad en el que es necesario hacer grandes cosas, hacia un mundo de comunión de los corazones, una vida simple y gozosa en la que se hacen pequeñas cosas con amor”.
Y el hermano añadía: “Nuestra presencia en Bangla Desh quiere ser el signo de que el servicio a nuestros hermanos y hermanas vulnerables abre un camino de paz y unidad. A veces son los más pobres los que nos reúnen. Acogernos unos a otros en la rica diversidad de religiones y culturas, servir juntos a los pobres, prepara un futuro de paz.”
Esta noche la oración va a continuar un tiempo largo, vamos a rezar alrededor de la cruz. Es una oración que hacemos cada viernes en Taizé. Cuando los cristianos se reúnen, es siempre a causa de la muerte y resurrección de Cristo. Querríamos que el misterio pascual fuera cada vez más el misterio fundamental de nuestra vida.
Vamos a poner la cruz en el suelo y cada uno podrá acercarse y poner su frente sobre ella. Incluso aunque no lleguemos a formular una oración con palabras, podemos expresar algo con nuestro cuerpo. Dios comprende todas las lenguas y comprende también todas nuestras maneras de rezar.
Rezando así, expresamos y confiamos a Cristo todo lo que es demasiado pesado para nosotros. Todos nosotros sin excepción tenemos cargas que a veces nos parecen demasiado pesadas. Es importante saber que podemos confiarlas a Cristo y que él las lleva con nosotros. Él nos dice en el Evangelio: “Venid a mi los que estáis cansados y lleváis cargas pesadas, y yo os aliviaré”
Le confiamos también las cargas de otras personas cercanas a nosotros, y también las de los que quizá están muy lejos, los que sufren la pobreza, la guerra, las catástrofes naturales.
¡Atrevámonos a realizar este gesto de confiarle todo! Y atrevámonos a vivir la libertad que él quiere darnos después.
Antes de rezar alrededor de la cruz, quisiéramos saludar a aquellos de entre vosotros que han venido de muy lejos, y también especialmente al arzobispo Lucas de Calcuta y a la Hermana Nirmala, madre general de las hermanas de la caridad. Ayer por la noche dije cómo nuestro hermano Roger se encontraba cerca de Madre Teresa. La calurosa acogida que nos habéis ofrecido en vuestra casa es un signo de que esta cercanía continúa.
Un niño :
Esta noche saludamos con flores especialmente a los jóvenes que han venido de Gujurat, Rajasthan, Haryana et Dehli, Punjab, Jammu, Himachal Pradesh, Uttaranchal, Uttar Pradesh et Madhya Pradesh, y a los que han venido de Filipinas, Indonesia, Australia, Hong Kong, Corea y Japon

Mediodía del viernes 6 de octubre de 2006

Ayer os decía que estábamos reunidos en Calcuta para realizar juntos una etapa de la peregrinación de confianza a través de la tierra. Pero ¿de qué confianza se trata? A la vez de la confianza en Dios y la confianza en los otros.
Pedimos al Espíritu Santo que nos dé un corazón que confíe en Dios, que escuche, que se deje tocar y transformar por Dios, un corazón que esté totalmente cerca de él.
Dios habla a nuestro corazón, y en la oración nos ponemos bajo su mirada. Y Dios nos acoge tal como somos, con lo que es bueno, pero también con nuestras oscuridades, e incluso con nuestras faltas. Tenemos que aceptar nuestra humanidad, aceptar que somos pobres.
A veces en la oración decimos algunas palabras, a veces estamos ahí solamente con nuestro cuerpo, en silencio. El hermano Roger decía: “Un simple suspiro puede ser oración”
Como a Jesús, una transfiguración, una transformación de nuestro ser es prometida a los que rezan. Las obscuridades pueden ser iluminadas por la presencia del Espíritu Santo. Las fragilidades y las imperfecciones pueden convertirse en una puerta por la que Dios entre en nuestras vidas. Las zarzas que dificultan nuestros pasos alimentan un fuego que alumbra el camino.
Así se renueva una intimidad con Dios, incluso si en nuestra oración hay a veces más vacío que sentimientos profundos. No estamos necesariamente llamados a vivir largos momentos de oración, pero de una u otra manera, busquemos el volvernos cada día hacia Dios.
Y he ahí que, cuanto más damos nuestra confianza a Dios, más capaces nos hacemos de crear relaciones de confianza con los demás.
Siguiendo la peregrinación de confianza con jóvenes de numerosos países, comprendemos cada vez más que todos los humanos constituyen una sola familia y que Dios está unido a cada persona humana sin excepción. Creamos relaciones de confianza entre cristianos, pero buscamos también cómo ensanchar esta confianza a otros que no comparten nuestra fe.
Muchos jóvenes a través la tierra están dispuestos a hacerla más visible. Se dejan trabajar por una cuestión: ¿seremos nosotros de los que sobrepasan los muros de odio o de indiferencia? Estos muros existen entre los pueblos, los continentes, pero también muy cerca de cada uno de nosotros y hasta en el corazón humano.
Dios nos ha creado libres y responsables. Por su Espíritu Santo, él habita en nosotros, pero no nos sustituye. Al contrario, despierta en nosotros capacidades creadoras, un sentido más fuerte de nuestras responsabilidades y la valentía de la lucidez para comprender las situaciones de nuestro alrededor.
Con dos hermanos he estado recientemente en Rusia. El sufrimiento enorme de este pueblo a lo largo del siglo pasado marca aún a la sociedad. En Rusia he comprendido esto: lo que ha permitido a muchos resistir y a atravesar lo peor, ha sido su confianza en Dios. Pero para los creyentes rusos la fe en Dios está inseparablemente ligada a la confianza en la bondad humana, la confianza en que la bondad será más fuerte que el mal.
Entonces, también nosotros quisiéramos descubrir que es en las situaciones a veces muy difíciles en las que somos llamados a ser portadores de confianza sobre la tierra. Y vemos ya, a través de nuestro encuentro de estos días, realizarse esta parábola de Jesús: la Iglesia es esta comunión de confianza, la comunión de la Iglesia es como un gran árbol en el que personas de los cuatro rincones del mundo pueden encontrar acogida.

Noche del Jueves 5 de octubre de 2006

“He aquí el día que hizo el Señor, día de alegría y de gozo”. Sí, alegrémonos hoy porque Dios nos ha reunido para este encuentro en Calcuta. Y pedimos al Espíritu Santo que llene nuestros corazones del amor de Dios, para que este amor sobreabunde en nuestras propias vidas, para cada persona que encontremos.
¿Por qué estamos juntos estos días en Calcuta? Nos hemos reunido para realizar juntos una etapa de la peregrinación de confianza a través de la tierra, que nuestro hermano Roger comenzó hace muchos años.
Algunos entre vosotros han hecho un largo viaje para llegar aquí, no sólo de todas las regiones de la India, también de otros países de Asia y de otros continentes. Ellos han vivido este viaje como una peregrinación.
En la India hay una gran tradición de peregrinaciones. Pero ¿qué es una peregrinación? Es un caminar para ir más allá de lo que ya conocemos, para aproximarse a Dios y renovar nuestra comunión con él. Es también un caminar para aproximarse a los otros y crear con ellos una relación de confianza.
Para cada uno de nosotros es posible hacer de toda la vida una peregrinación de confianza, sin desplazarse forzosamente lejos de su casa.
El año pasado, la tarde de su muerte, el hermano Roger llamó aun hermano y le pidió que escribiera estas palabras: “En la medida en que nuestra comunidad cree en la familia humana posibilidades para ensanchar…” y se detuvo, impidiéndole la fatiga terminar su frase.
¿Qué entendía él por “ensanchar”? Probablemente quería decir: hacer todo para hacer más perceptible a cada uno el amor que Dios tiene por todos los humanos sin excepción, por todos los pueblos. Él deseaba que, con nuestra vida, ilumináramos este misterio, en un humilde compromiso con otros.
Así pues, nosotros los hermanos, quisiéramos afrontar este reto con todos los que a través la tierra buscan la paz. Sí, quisiéramos buscar cómo extender a muchos otros la peregrinación de confianza sobre la tierra. Por eso nos hemos reunido en Calcuta estos días, por eso más adelante otros encuentros se realizarán en otros continentes.
En estos días hace justamente treinta años que el hermano Roger vino a Calcuta y se quedó durante varias semanas. Le unía una profunda comunión con la madre Teresa. Los dos, fundadores de una comunidad religiosa, tenían el mismo amor por los pobres, y el mismo amor por la comunión en la Iglesia.
Con algunos hermanos y algunos jóvenes de varios continentes, el hermano Roger vivió no muy lejos de la casa de Madre Teresa, y cada día los hermanos participaron del trabajo de solidaridad de las hermanas con los más pobres.
Esta presencia, totalmente sencilla y discreta, de hace treinta años, fue la semilla de una larga y bella relación, cada vez más profunda, de nuestra comunidad con los cristianos de la India. Esta relación no ha cesado de desarrollarse.
Uno de nuestros hermanos se puso a visitar grupos de jóvenes por toda la India. Después tuvimos dos encuentros intercontinentales de jóvenes en Chenai, cuando se llamaba todavía Madrás. Jóvenes de la India y de otros países asiáticos, vienen regularmente a Taizé por tres meses.
El año pasado, en Taizé, recibía un día al grupo de jóvenes asiáticos, justo antes de su vuelta a sus países, y me quedé impresionado por las palabras de una joven India. Decía: “Los jóvenes europeos que hemos encontrado en Taizé podrán volver y reencontrarse, pero nosotros vivimos demasiado lejos, no nos volveremos a ver”.
Entonces me pregunté: ¿cómo responder a la llamada de estos jóvenes que se van?¿cómo podría tomar nuevas dimensiones la peregrinación de confianza a través de la tierra, para acompañar en su casa a los jóvenes de todos los continentes y sostener su esperanza, con una gran sencillez, pero con imaginación?
Así nació la idea de un encuentro en la India. Y estamos agradecidos a todos los que han hecho posible que nos reuniéramos aquí: la comunidad de salesianos que tan bien nos ha recibido, el arzobispo Lukas de Calcuta, el arzobispo Thomas de Guwahati, el obispo Samuel Raju de Kolkata, de la Iglesia del Norte de la India, el metropolitano ortodoxo Stephen, y todas las familias y escuelas que nos acogen en la ciudad.
Así podemos encontrarnos juntos estos días, para rezar y para prepararnos para ser portadores de paz, de confianza, de reconciliación, allí donde vivimos, allí donde Dios nos ha situado.
Para expresar nuestra alegría por estar juntos de orígenes tan diversos, cada tarde querríamos saludar a los jóvenes venidos de diferentes regiones y naciones.
Un niño:
Esta noche saludamos con flores especialmente a los jóvenes que han venido de Kerala, Karnakata, Goa, Tamil Nadu, Pondicherry, Andhra Pradesh, Maharashtra et Mumbai, et los que han venido de Bangla Desh, Pakistán, Nepal, Tailandia, Laos, Singapur y Malasia.

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