Octubre 2006

Una visita a Rusia

Un hermano nos escribe: En Rusia continúa el crecimiento económico. Las repercusiones del maná energético son remarcables. La más espectacular sigue siendo la intensa actividad en el sector de la construcción y en los trabajos públicos: inmuebles de viviendas, chalets individuales, autopistas... El comercio es otro sector floreciente. Los negocios van un buen ritmo, desde las grandes superficies a las afueras, a los puestos improvisados en las aceras. Cuanto más joven, más se puede ganar dinero rápidamente. La circulación es otro indicador: hay casi un vehículo por adulto activo en Moscú y en San Petersburgo. He aquí tres perfiles de personas que he encontrado durante estas dos semanas de visita en octubre de 2006.

El Arzobispo de Belgorod representa una nueva generación de obispos

Nacido en 1960 en Irkoutsk, cerca del lago Baikal, ha demostrado ser una persona muy activa. Desde hace 10 años anima un servicio del Patriarcado, el departamento de las misiones. Ha emprendido una serie de iniciativas espectaculares: hacer expediciones en camión capilla o en un tren para alcanzar las regiones más recónditas, bautizar cientos de personas y reactivar en esos lugares una vida de Iglesia.

Una noche en el tren permite llegar hasta una pequeña ciudad de más de trescientos mil habitantes situada a una treintena de kilómetros de Ucrania. Ese fin de semana de septiembre se celebraban los diez años del seminario misionero de la diócesis, instalado en una antigua casa de la cultura. Allí se forman más de un centenar de jóvenes. Tras la liturgia y un almuerzo festivo, el arzobispo propuso proyectar la película sobre Taizé a los seminaristas. Después, Alexandre e Igor me llevaron a visitar las parroquias de la ciudad: iglesias restauradas o recientemente construidas en barrios periféricos o en el recinto universitario.

Al día siguiente era el décimo aniversario de la iglesia de Goubkine. Nos unimos a la celebración oficial en la plaza con las autoridades locales y la población, en un ambiente festivo, con una fuerte sonorización, televisiones locales, discursos, coros, niños... Alrededor del arzobispo, el metropolita (dignatario de la iglesia ortodoxa) de Voronej, el obispo de Koursk, los ediles, los jefes de empresas. El arzobispo distribuyó elogios y entregó un diploma de honor patriarcal a los actores y bienhechores de la segunda construcción eclesial más grande en Rusia, tras la del Cristo Salvador en Moscú.

En el transcurso del almuerzo, el arzobispo invitó a todos a compartir un testimonio sobre su trabajo y su contribución a la vida de la Iglesia. El alcalde explicó: «Damos gracias a la Iglesia por su apoyo. Después de que se creara una parroquia, que se enviara a un párroco y que se construyera la iglesia, las relaciones han comenzado a transformarse, las personas se han vuelto más abiertas.» Es un buen reflejo de la cooperación posible en nuestros días entre la Iglesia, las autoridades y los responsables económicos, al servicio de la población y del orgullo nacional.

Redacción de Foma, revista ortodoxa para aquellos que dudan

La edición es uno de los sectores de actividad florecientes de la Iglesia: obras de introducción a la fe, de espiritualidad, grabaciones musicales, catequesis en vídeo, sitios Internet. La reimpresión económica de antiguos manuales ha dado paso a creaciones más originales. Las publicaciones periódicas se multiplican.

En este paisaje mediático surge Foma. La tirada crece continuamente, 38.000 ejemplares actualmente, distribuidos por todo el país y más allá de sus fronteras, y disponible en los kioscos. Gracias al profesionalismo y al compromiso de la redacción, se pueden encontrar en las columnas de cada número a los políticos, las personalidades del mundo de la cultura, los universitarios y los responsables de la Iglesia de todas las orientaciones. Decididamente destinado a un público que se encuentra en el umbral de la Iglesia, Foma pretende proponer la referencia cristiana utilizando un lenguaje y una forma accesibles. La amplitud de miras no se limita a la sociedad rusa si no que se abre al mundo con investigaciones periodísticas en el extranjero, números especiales sobre Noruega, Japón, Tunicia…

Matiouchka Ksenia

Kolomna ha sido durante más de dos siglos el lugar de residencia del patriarca de todos los pueblos rusos. Esta pequeña ciudad a dos horas de autobús de Moscú conserva una parte de sus murallas, una serie de iglesias antiguas y cinco monasterios. Es aquí donde la madre Ksenia, diplomada en periodismo por la facultad de Moscú, fundó hace unos quince años una dinámica comunidad que reúne a setenta hermanas. Aprenden a conducir, estudian teología en Moscú o canto en el conservatorio local. Se ganan la vida con el trabajo en la granja, la elaboración de porcelana, la venta de miel o la pintura de iconos. Son responsables de un orfanato, acaban de abrir un consultorio médico y acogen en el monasterio a peregrinos y visitantes.

La madre pasa directamente a las cuestiones de fondo: «¿Cree usted en los espíritus perdidos? ¿Qué es el alma para usted? ¿Qué es para usted personalmente la santidad y cómo se esfuerza para alcanzarla?» Interrumpe varias veces mis explicaciones: «¡no me ha respondido a mi pregunta! Mientras no crea que el alma humana es el campo de batalla entre Dios y los demonios, no podrá avanzar. Los demonios no necesitan una apariencia corporal para manifestársenos: pueden perfectamente apropiarse de su voluntad comunicándole sus ideas».

Me entrega tres libros que ha escrito: La lucha contra las pasiones, Los fundamentos de la fe y Conversaciones sobre la vida monástica. «Léalos, estaré encantada de contestar después a sus preguntas y, si desea continuar, podré indicarle un buen padre espiritual».

Estos retratos ilustran la evolución y el dinamismo actual del trabajo de la Iglesia ortodoxa rusa. La sociedad evoluciona, se une, se hace más abierta y se parece cada vez más a las sociedades occidentales. El estado disminuye la cobertura social, de ahí la necesidad de trabajar más para poder pagarse los estudios y para poder satisfacer las necesidades diarias. El individualismo gana terreno en las grandes ciudades, el consumismo, la búsqueda de distracciones, movilizan las energías en la superficie... Los excesos ya están ahí: drogas, alcohol. Los problemas sociales y la tasa de suicidios aumentan.

La Iglesia ortodoxa ha aceptado el reto de ser la referencia central, existencial y moral de la sociedad. El estado, consciente de este vacío, la apoya. Purificada por decenios de duras pruebas, se beneficia ahora de una autoridad muy importante. Ha establecido buenas relaciones con el ejército, el medio cultural, las prisiones o los servicios sociales. Los medios de comunicación son respetuosos y prudentes en general.

Aunque la mayoría de las personas se declaren creyentes, son pocos los que establecen lazos con la Iglesia. El número de practicantes regulares es de un dos o tres por ciento. Los jóvenes construyen su propia relación con Dios y son prudentes en relación a la Iglesia, igual que lo son frente a otras instituciones.

Son cada vez más los sacerdotes que reconocen que no se puede esperar a que aquellos que buscan la verdad vengan a ellos. Hay que romper con las caricaturas de una Iglesia rica que corteja al poder, ir al encuentro de las personas, de los medios de comunicación, de la cultura, estimular las preguntas, las expectativas… En Iaroslav, el clero ha creado un equipo de fútbol, en otro lugar, los sacerdotes han formado un conjunto vocal de cantos del repertorio popular soviético. El obispo Marc distribuye él mismo el té a los parroquianos tras la liturgia. Las amas de casa aprecian las predicaciones televisadas matinales. El metropolita Cyril interviene todos los sábados en una emisión televisada. El patriarca multiplica los viajes por todo el país.

Pero ante la consciencia cada vez más clara de que hay que inventar un camino nuevo, acecha un peligro. No está lejos la tentación de buscar una identidad cerrada, en la afirmación nacional, cultural o confesional… Europa desconcierta: se dramatizan los excesos de las sociedades occidentales percibidas como superficiales, fragilizadas por la falta de raíces espirituales y la ausencia de una referencia superior común.

Los amigos, los jóvenes que vienen en verano a pasar varias semanas en Taizé repiten: «No podéis daros cuenta lo importante que Taizé es para nosotros. Tenemos la experiencia del Reino de Dios, de la alegría de creer, de la libertad en la oración, de la comunión… Los jóvenes pueden experimentar por sí mismos que creer no es una alineación. Descubrir que existen jóvenes occidentales que creen, puede ser decisivo.»

Aún más espectacular que la restauración de una iglesia, el milagro que debemos ver en Rusia es el de una humanidad que ha pasado por duras pruebas. El inmenso traumatismo sufrido en el siglo XX no ha podido disuadir a ciertas personas de amar y de vivir por los demás. Una sociedad que ha podido salir de un callejón sin salida ideológico y político sin derramamiento de sangre. Ningún pueblo ha soportado tantos sufrimientos, ha dado tantos mártires, diez veces más que toda la cristiandad en su totalidad en el transcurso de los tres primeros siglos.

Uno no se cansa de escuchar con emoción las desgarradoras historias familiares. Todos pueden contar cómo se encontraron sus abuelos, cómo se ha podido amar en circunstancias dramáticas, todos pueden contar la historia de cómo la bondad ha abierto un camino de vida.

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