Noviembre 2007

Una visita a Rusia

Un viaje a Rusia llevó a dos hermanos hasta Moscú, Siberia y San Petersburgo.
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«Han tenido suerte, la nieve ha llegado justo a tiempo para darles la bienvenida. Todo está limpio y luminoso. Para nosotros, la primera nevada es siempre una gran alegría». Tras dos horas de atascos me encuentro con la hospitalidad de Olga, Micha y Katia en Chtchoukinskaya. En su barrio, los inmuebles de los años 1960, que siguen dignamente en pie tras los abedules, van siendo demolidos poco a poco y remplazados por inmensos edificios de cuarenta pisos, pesados pastelotes, con sus almenas, frontones, agujas y fachadas rosas, azules, verdes... A la salida del metro, ya no están los puestos donde los horticultores locales y los vendedores caucásicos ofrecían frutas y verduras. Dos supermercados y un centro comercial se anuncian con sus grandes paneles luminosos. Escaleras mecánicas y pasillos pavimentados de mármol conducen a suntuosas boutiques.

El mercado inmobiliario, las autopistas, las torres en zonas de negocios, por doquier las construcciones son una muestra de un elevado dinamismo. En el metro, la publicidad de créditos bancarios, las inversiones financieras y las vacaciones «de ensueño» reflejan las preocupaciones más recientes de un sector más acomodado de la población. Sector que, sin embargo, sigue siendo una minoría privilegiada. Los rusos resumen la situación económica con humor: «Todo lo que nos enseñaron sobre el comunismo era falso, ¡pero todo lo que nos habían dicho del capitalismo era verdad!»

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Encuentro con unos cuarenta jóvenes adultos en el local de un club de adolescentes cerca de la estación de tren de Bielorrusia. Ellos proponen el tema de reflexión: « ¿Cómo vivir día a día con un corazón abierto? »

«’’Bienaventurados los que creen sin haber visto’’ ¿Dónde percibimos esta alegría? ». Es la pregunta inicial para dialogar sobre el encuentro del Resucitado con Tomás. Una taza de té en la cocina y después nos separamos en pequeños grupos para dialogar, luego la puesta en común y otra taza de té... Quince jóvenes para reflexionar y dialogar en casa de una familia: en un apartamento el intercambio es más natural, la fórmula parece prometedora.

Cuatro horas de vuelo entre Moscú y Novosibirsk acompañados por la luna: bosques, campos nevados, ríos congelados. Contando con las tres horas de desfase horario, a la llegada ya son las seis. Genady y Oleg nos esperan a 10°C bajo cero. «A causa del calentamiento global del planeta, desde hace unos años los inviernos son cada vez más suaves. ¡Hace calor para esta época!»

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Con su millón y medio de habitantes, Novosibirsk es la tercera ciudad de Rusia y una especie de capital de Siberia. Fue creada hace 120 años en la encrucijada entre el Transiberiano y el río Ob. La evacuación de civiles y la transferencia de la producción durante la segunda guerra mundial aceleraron su desarrollo.

Los habitantes de estas comarcas cuentan con el mismo valor e impulso que animaba a los pioneros. «Nos encontramos en el suroeste de Siberia, a la misma latitud que Moscú, pero debido a la dureza de la vida y del clima continental, estamos clasificados como zona norte». Los inviernos son largos y duros, el transporte difícil, hay inmensos invernaderos calentados con carbón, pero la gente vive sobre todo de salazones, coles y patatas de sus huertos. Las pensiones de los jubilados son bajísimas».

La vitalidad de la Iglesia es una muestra de la fuerza de la fe de aquellos que han vuelto a empezar a partir de cero: construcción, formación, edición, medios de comunicación, acompañamiento de adolescentes, de enfermos, de prisioneros, de militares. La ortodoxia, particularmente por la liturgia, sus fiestas, su veneración de la gran tradición y por sus costumbres populares, y también por el sentido que otorga a la jerarquía y a la obediencia, permite formarse una visión del mundo y orientarse. Es el tesoro de la vida de corazón: la memoria de los Santos reanima el sentido del podvig (“lucha espiritual”), el reto a aceptar, que permite superarse y que nos exige hasta el sacrificio. El compromiso en el ministerio de los sacerdotes y sus esposas son a menudo una buena muestra de ello. Hay una gran generosidad en muchas personas, y también la esperanza de que la vida tenga un sentido incluso en la desgracia. Esto alimenta la paciencia y la libertad interior.

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En San Petersburgo, un encuentro original reúne a profesores de institutos que han acompañado a grupos a Taizé y algunos sacerdotes: el padre Arkady, responsable de la juventud en la diócesis y capellán de estudiantes de la facultad de pedagogía, los padres Alexandre y Dimitri de la parroquia del icono de la Virgen Féodorovsakaya donde han lanzado por segunda vez una adaptación de los cursos alpha, el protodiácono Serge de la Trinité, físico de formación y que nos cuenta que debe su vocación a un encuentro con el hermano Roger a principios de los años 1990...

Extractos de la conversación: « ¿Cuáles son las dificultades y las esperanzas en su trabajo actual con los jóvenes? »
«Un estudio reciente muestra que la religiosidad está en aumento en Rusia. Hace veinte años, el 6% de los jóvenes se decían creyentes, actualmente es el 60%. ¿Estamos listos para recibirles? Esta religiosidad viene del interior, se contradice con la tendencia que dice que cuanto más rica es la sociedad más secularizada está. Los jóvenes esperan y tienen sed de que se les hable de la fe y de la oración».
«En Taizé todo comenzó con una persona que se comprometió. Aquí han empezado a devolvernos los edificios. ’’ ¿Quiere recuperar este monasterio? ¡Adelante!’’ Pero, ¿quién se presenta para vivir y trabajar en ellos? ¡Los vagabundos y drogadictos! Necesitamos personas decididas».
«Tenemos que ir al encuentro de la gente. Así se creó el club Tchaïka en el monasterio de St Jean de Kronstadt».

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El invierno ruso parece paralizar la naturaleza: la nieve cubre los campos, los bosques, lagos y ríos congelados, a veces hay tanta que las casitas casi desaparecen bajo el manto de nieve. Todo está inmerso en un gran silencio. Sin embargo, la vida continúa. Bajo la costra helada azotada por el viento, los ríos siguen su curso, los pescadores agujerean el hielo, pasan horas con sus cañas, sentados en una caja de espaldas al viento. Los carboneros y las urracas buscan su comida alrededor de las casas. Hasta a 30°C bajo cero, los niños siguen yendo al colegio, en las obras se vierte el hormigón, se sueldan las canalizaciones. Cuando las circunstancias parecen poner resistencia al desarrollo de las relaciones entre los cristianos de diversas tradiciones, es detrás de la discreción y la prudencia donde hay que buscar los indicios de una fraternidad viva. ¿No es siempre posible ofrecer una presencia atenta y agradecida? En la mirada de nuestros anfitriones asombrados podíamos entrever su planteamiento: « ¡Hermanos de occidente! ¿Todavía quedan creyentes por allí? ¿Por qué han hecho un viaje tan largo? » No es el momento de debates sobre ideas ni de grandes proyectos, pero las largas liturgias, el compartir una comida o las horas de transporte son posibilidades concretas para dar la prioridad a las personas y a la obra de Dios en ellas. Queremos repetir nuestra gratitud por el coraje, el impulso, el darse a los demás. El compromiso al servicio de Dios y a las comunidades abre camino.

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