Hamburgo

El rostro de la Iglesia como comunión

«Contempladlo y quedaréis radiantes. Vuestro rostro no se sonrojará», canta el salmista. En Hamburgo, en la confianza y en la sencillez, se pudo ver una luz en el rostro de la Iglesia. No era más que su verdadero rostro, su rostro de comunión.
En Hamburgo, como en otros lugares, se presenta a veces a la Iglesia como una institución caduca, sin gusto por la belleza moderna, un vestigio del pasado que tiene miedo de aceptar a la sociedad del presente. Sin embargo, ahí se encuentra una realidad del Evangelio, a veces escondida, pero intacta en su frescor primero. Esa realidad necesita poca cosa para llegar a ser visible. Es ese poco que trae de vez en cuando un acontecimiento inesperado, como la llegada a Hamburgo de miles de jóvenes de todo el continente. «Poca cosa» que ha brindado la ocasión de ofrecer lo mejor de sí mismos a buen número de cristianos y no cristianos de la ciudad y de la región.

Un simple signo

El encuentro de Hamburgo no tenía más pretensión que ser un simple signo. Se podía leer en el pequeño cuaderno preparado el pasado otoño para explicar a los habitantes de Hamburgo el sentido del encuentro: «El encuentro europeo no es una conferencia sobre un tema preciso. Los jóvenes que vendrán no pertenecen a una orientación política particular, ni a un movimiento. Los participantes vienen de diferentes iglesias y de diferentes tradiciones cristianas. Vienen atravesando las fronteras humanas y geográficas. No vienen para buscar lo que les separa, sino lo que les une; no para reconfortarse mutuamente en el pesimismo, sino para percibir signos de esperanza.»

El encuentro tuvo lugar en un periodo difícil de la vida de los cristianos de Hamburgo. La Iglesia luterana y la Iglesia católica conocen situaciones financieras cada vez más difíciles. Ambas deben tomar decisiones bastante dolorosas: cerrar iglesias, suprimir algunas instituciones que comenzaron muy generosamente hace mucho tiempo y que no pueden continuar ya con el mismo estilo. Y todo esto crea tensiones. Mucha gente decía: «No es el momento para hacer un encuentro de jóvenes.» Otros, por el contrario, afirmaban: «Precisamente ahora necesitamos algo completamente distinto.»

El encuentro no aportaba ni una solución a los problemas de la Iglesia, ni una propuesta novedosa para volver a encauzar a las comunidades cristianas por caminos de «crecimiento». Se trataba ante todo de una celebración de lo que existe ya, y también de lo que esperamos. El encuentro quería favorecer un redescubrimiento de lo que ya nos une, cristianos de diversas Iglesias, más allá del dolor que hemos heredado de la historia. El encuentro buscaba expresar el deseo de despejar lo que ha herido para rezar juntos, como lo hicieron una decena de responsables de Iglesia que rodeaban el icono de Cristo en la cruz la tarde del 30 de diciembre, obispos luteranos, ortodoxos y católicos.

«No estamos solos»

Diversas confesiones cristianas están presentes en Hamburgo. Entre ellas, cerca de 280 parroquias acogieron a jóvenes, tanto en la ciudad como en los alrededores. También se propuso una buena acogida en ciudades vecinas, hasta Lübeck o Lüneburg, a más de 60 kilómetros de Hamburgo.

Seis obispos protestantes y católicos, de Hamburgo y de la región, habían escrito juntos una carta dirigida a todas las parroquias animándoles a que acogieran a las decenas de miles de jóvenes que iban a venir de toda Europa, del Este y del Oeste, e incluso de más lejos: «Ofrecerán un signo alentador y esperanzador en un mundo donde muchos buscan un sentido que les pueda sostener. ¡Acojámoslos bien!»

Las oraciones comunes se desarrollaban en grandes pabellones decorados entre otros elementos con reproducciones de pinturas de la región, como los altares de Meister Bertram, o por grandes cruces simbolizando el árbol de la vida, a imagen de la que se encuentra en la catedral de Lübeck. Una joven participante del sur de Alemania describe su experiencia marcada por estas oraciones:

«Apenas entré en el pabellón 4, la primera tarde, sentí la comunión. Cuando comenzamos a cantar y a rezar juntos todo lo que pesaba se volvía más ligero y llegaba una gran paz junto con la alegría. Reconforta ver que no estamos solos en la fe, que hay otros jóvenes. En esas oraciones sentía a Dios muy cerca. Y esa alegría se comunicaba. Era impresionante ver cómo se transforma la actitud de la gente en la calle o en el metro, descubrimos su atención y su interés. Nuestra familia de acogida nos colmó con su hospitalidad. No tuvimos problema de comunicación, intentaban comprender lo que buscábamos, y me alegré mucho cuando nuestra «mamá de acogida» vino con nosotros a la oración del atardecer en los pabellones. Fue hermoso ver mezclarse todas las generaciones y también ver a las personas mayores dejarse tocar por la oración.»

El obispo luterano Huber, presidente del consejo de las Iglesias evangélicas en Alemania, escribía al hermano Roger: «Este encuentro de Hamburgo es un signo inmenso de paz y de apertura a la reconciliación. Resulta sobrecogedor ver tantos jóvenes de toda Europa y de otras partes del mundo comprometiéndose en la «Peregrinación de confianza a través de la tierra.» Esta «Peregrinación» ha marcado ya numerosas generaciones de jóvenes y ha animado la fe para comprometerse con las llamadas de nuestro tiempo. Su propio compromiso, hermano Roger, es un catalizador decisivo de ello. Los jóvenes captan a través de usted y de sus hermanos que no están solos en sus esfuerzos para la reconciliación en nuestro mundo, sino al contrario, se encuentran unidos en una comunidad de oración a las dimensiones del mundo.»

Un encuentro así no puede realizarse sin el apoyo no solamente de las iglesias locales, sino también de todas las administraciones y diferentes servicios de las ciudades de acogida. La organización de los transportes, por ejemplo: ésta exige que mucha gente renuncie a sus vacaciones para asegurar los servicios suplementarios. O la acogida en las escuelas: los conserjes aceptaron trabajar y lo hicieron con gran disponibilidad.

«Descubrí a Dios en vuestra casa»

Uno de aquellos que estaban encargados de la preparación en las parroquias de acogida ofrece algunos ejemplos a partir de lo que oyó en una pequeña parroquia, lejos de Hamburgo, que acogió a doscientos cincuenta jóvenes, todos en familia:

«El encuentro tocó a gente muy diversa, algunos ya frecuentaban la Iglesia, otros se encontraban más bien alejados de ella.

En ese barrio hubo una preparación común entre la parroquia católica y la parroquia luterana. Todas las reuniones de los dos grupos de preparación se hacían juntas. El sacerdote y el pastor no estuvieron muy visibles durante el periodo de preparación. Pero después del encuentro vi al sacerdote con lágrimas en los ojos contando cuán hermosa fue para él la Eucaristía del 1 de enero. Anteriormente tenía miedo y se preguntaba: «¿Qué haremos si la iglesia estuviera demasiado llena y si faltara lugar?» Pero me confió que había celebrado «la misa más bella» de sus más de veinte años como sacerdote.

Una joven pareja que ya no frecuentaba la Iglesia – o que quizá nunca había estado – acogió a siete jóvenes: cinco rusos y dos polacos. Uno de los chicos polacos les escribió después un e-mail: «Descubrí a Dios en vuestra casa.» La joven dijo después del encuentro: «Les acogí, incluso si no creía en Dios.» Se detuvo un instante y añadió: «Al menos pensaba hasta ahora que no creía en Dios...»

Las oraciones en las parroquias y la celebración del 1 de enero animaron a la gente a reflexionar y buscar cómo preparar en el futuro bellas celebraciones. Ha comenzado a desarrollarse una búsqueda de la belleza en la liturgia. Esto les ha llevado también a fijarse más en la manera en que podrían apoyar a los sacerdotes y a los pastores en su ministerio.»

Después del encuentro cada parroquia fue invitada a encontrarse y poner en común las distintas experiencias. En Börsen, por ejemplo, después de los relatos de unos y otros, surgió la siguiente pregunta: ¿qué tipo de continuidad podríamos dar al encuentro? Varias personas habían descubierto que un texto y algunas preguntas bastaban para provocar un bello intercambio. Habían comprendido que encuentros así no exigían una larga preparación, que personas muy diferentes pueden reunirse sencillamente para tener un intercambio profundo. Se propuso entonces reunirse una vez al mes para una comida compartida seguida por un intercambio sobre un texto bíblico. Las veladas se terminarían con una oración común simple. La idea que ha surgido es la de celebrar esta reunión en la casa de la parroquia de este nuevo barrio e invitar a las jóvenes familias que acaban de instalarse en él.

«Cristo existente como comunidad»

El rostro de la Iglesia resplandece en el de la comunión. Un teólogo alemán, encarcelado y ejecutado durante la Segunda Guerra Mundial, Dietrich Bonhoefer, hablaba de «Cristo existente como comunidad». Escribía a los 21 años que «Por medio de Cristo la humanidad está realmente integrada en la comunión en Dios.» (Sanctuorum communio, Berlín, 1930). En este espíritu, ¿cómo hacer ver que la Iglesia no existe para sí misma, sino para el mundo, para hacer resplandecer el rostro de todo hombre?

El encuentro intentó multiplicar las ocasiones para oír lo más ampliamente posible. En varias ocasiones algunas se visitaron a los presos en la cárcel situada justo al lado de los pabellones donde tuvieron lugar las oraciones. Otras visitas tuvieron lugar durante los meses de preparación en una casa de detención para menores situada en una isla en el río Elba. Varios talleres propuestos durante las tardes dieron testimonio de esa presencia de Iglesia enraizada en los desafíos de la sociedad alemana: «Gestos sencillos para devolver la dignidad: una vida ofrecida para los sin techo en el barrio del puerto de St. Pauli», «En la estación central, caminos de vida que se cruzan: descubrir la misión de la estación», «Redescubrir el gusto por la vida: el Jesus Center y la Teestube Sarah, dos centros de acogida en el barrio difícil del puerto de St. Pauli», «Cuando el Evangelio transforma un pasillo de metro: una presencia cristiana en la Rathauspassage».

El 1 de enero, durante la última oración común, para concluir el encuentro, el hermano Roger describía algunos rasgos del rostro de la Iglesia como comunión:

«Cuando vivimos una comunión con Dios deseamos también una comunión con los demás. El Evangelio nos invita a amar y a decirlo con nuestra vida. Es nuestra vida la que puede hacer creíble la fe, la confianza en Dios, a nuestro alrededor. Hoy más que nunca, ¿no estamos llamados los cristianos a ser un irreemplazable fermento de comunión, allí donde estamos? Entonces, ¿cómo los cristianos pueden permanecer separados? La comunión es la piedra de toque. Nace en el corazón del propio corazón de un cristiano, en el perdón y en el amor. Desde hace veintiséis años realizamos con los jóvenes una «peregrinación de confianza a través de la tierra». Al final de este encuentro de Hamburgo, que ha sido una etapa de esa «peregrinación de confianza a través de la tierra», quisiéramos recordar lo siguiente: la comunión es una vida, no una teoría. Amar y decirlo con nuestra vida. Sí, amar con la bondad del corazón y perdonar; allí encontramos una de las fuentes de la alegría.»

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