Profundizando la palabra

¿Sigo siendo libre si obedezco a una llamada de Cristo?

Fue «pasando» (Marcos 1,16 y 2,14) como Jesús señaló a sus primeros discípulos y los llamó. Existe en ese «pasando» un soplo de libertad. Jesús no cuenta con una estrategia bien precisa; ve a sus futuros discípulos y los llama. Les dice muy poco sobre lo que él espera de ella, muy poco también sobre lo que pueden esperar de él. Lo irán descubriendo poco a poco. Jesús quiere que ellos sean tan libres como él. O mejor: libres del mismo modo que él.

«Tú, ¡sígueme!»: son las últimas palabras de Cristo en los evangelios (Juan 21,22). Resucitado, Jesús continúa llamando a seguirle. Viene siempre como «pasando». No elige el momento. Un día, una palabra del Evangelio me toca. Un encuentro o un acontecimiento me conmocionan y me conduce a comprometerme con él. Una llamada es primeramente algo que me ocurre.

¿Dónde está entonces mi libertad, pues no he sido yo quien escogió encontrar a Cristo, sino que es él quien me encontró? Y cuando nos preguntamos por qué estoy comprometido allí donde estoy, me cuesta responder, pues, al igual que los discípulos, las cosas parecen que ocurren en parte por acaso. «Al pasar, Jesús vio…» y Leví, sin titubear un segundo, «se levantó y lo siguió» (Marcos 2,14). ¿No es acaso un poco rápido para una opción consciente, responsable y libre? Lo cierto es que Leví, levantándose, se vuelve libre. Hasta entonces disponía libremente de sí mismo y de su oficina de colector de impuestos. En adelante su horizonte se ensancha.

Leví no violenta su libertad incluso si la llamada de Cristo se le impusiera con una evidencia inmediata. Porque allí donde está Cristo también está el Espíritu Santo. La llamada de Cristo corresponde a algo en lo más profundo de mi corazón. Me viene al mismo tiempo del exterior – de una palabra leída u oída, de un acontecimiento o de un encuentro – y del interior. Libera en vez de mandar. Al mismo tiempo que Cristo me llama, el Espíritu Santo libera en mí lo que está encadenado, desahoga lo que está angustiado.

Jesús no determina con antelación el camino de sus discípulos. Le gustaba hacerles preguntas: «Para vosotros, ¿quién soy?» (Marcos 8,29), «¿También vosotros queréis partir?» (Juan 6,67), «¿Me amas?» (Juan 21,15-17). Toma en cuenta nuestra libertad y nuestro compromiso creativo. Con mi respuesta su llamada llega a ser cierta para mí. Mis propios pasos son los que trazan mi camino al seguirle. «Llamándote, Dios no prescribe lo que deberías realizar. Su llamada es ante todo un encuentro.» (Carta a quien quisiera seguir a Cristo).

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