RDC

Una visita a Goma

En mayo de 2009 dos hermanos estuvieron en Goma (República democrática de Congo) dónde rencontraron a algunos jóvenes que habían participado del encuentro de Nairobi de 2008.

Estamos sentados sobre dos volcanes que pueden despertarse en cualquier momento. Uno es Nyiragongo que destruyó la ciudad dos veces en treinta años. Por la noche, la lava en fusión del cráter proyecta reflejos rojizos en el cielo, el día su penacho de vapor se estira por kilómetros. El otro son las facciones rebeldes enemigas cuyas exacciones devastan la provincia del Norte Kivu desde hace años. Se contaban dos millones de personas desplazadas en noviembre de 2008. Quedan siete campos de refugiados internos alrededor de la ciudad.

En la frontera de Ruanda y del Congo Democrático, sobre la orilla norte del lago Kivu, – que permite reunir Bukavu, capital de la provincia del Sur Kivu en dos horas de bote rápido–, dotada de un aeropuerto, Goma es el epicentro de las confusiones de la región de las los Grandes Lagos. Conmemoramos allí la epidemia de cólera que diezmó las columnas de refugiados en el momento del éxodo ruandés masivo de 1994.

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Calle principal

Los destacamentos de los Cascos azules de Monuc instalaron campos reagrupados en diversos puntos sensibles de la ciudad. Los soldados vienen de la India, de Bangladesh, de Uruguay pasan en convoys o en helicópteros. «Ellos observan pero son impotentes para parar los problemas», se lamenta la gente...
Las 4X4 de las ONG surcan la ciudad, banderas al viento. No tienen necesidad de desacelerar sobre el solo camino asfaltado que atraviesa el poblado de más de seiscientos mil habitantes, los cráteres en la calzada bastan. En otra parte rodamos sobre la lava que recubrió varios metros de vastos barrios. El suelo está erizado de salientes puntiagudos, que transforman a veces el camino en escaleras. Esto no impide a los Tchugudus trabajar: adolescentes pilotean grandes patinetas de madera que aseguran lo esencial para el transporte de mercancías de la ciudad. Pueden cargar hasta cuatrocientos kilos de alimento o de materiales más diversos. ¡Que valentía el querer empujar dicho carromato en medio de la febril circulación, en medio de jaurías de motos y camiones!

Las deficiencias de la administración estimularon la astucia. Más aún que en otras partes, las contradicciones entre signos de prosperidad y de desamparo son sorprendentes. El borde del lago esta contenido por un cinturón de obras de quintas suntuosas y bien protegidas. Una madeja de aviones deposita sus cargamentos de metales raros extraídos a una centena de kilómetros. La electricidad y el agua a menudo faltan en las casas. Pero lo más difícil es la inseguridad. Las historias de agresión son diarias y los tiros por la noche no asombran a nuestros huéspedes: « ¡Fritamos cacahuetes! », bromean antes de telefonear a dos o tres vecinos para verificar que todo va bien…

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Un campo de desplazados

«Si pudiésemos poner juntos la sociabilidad de los congoleses con el sentido de la organización de los ruandeses, llegaríamos iríamos lejos y la vida sería más fácil», explica uno de nuestros huéspedes. En el campo de desplazados de Makunda II, 14 000 personas duermen bajo telas de plástico tendidas sobre ramas. Las paredes son de paja. Cocinamos a leña en un horno delante de la entrada. «Cuando una choza se incendia, una veintena más son destruidas alrededor», nos explica Blaise, coordinador de los proyectos del "Jesuit Refugee Service". El Programa Alimenticio Mundial acaba de reducir la mitad sus distribuciones de raciones de harina: no más que seis kilos al mes por persona. Se trata de estimular la vuelta a los pueblos. Algunos van regularmente a trabajar su parcela, a veces a un par de horas de camino solamente. Pero no deciden mudarse, alarmados por las demasiadas acciones de bandas rebeldes y por sus constantes re-acomodamientos y sus alianzas. Difícil de ver claro: « Se exageran mucho los problemas», declara alguien que volvía de un fin de semana de evangelización en la región de Rutchuru. «Vimos columnas de gente con su equipaje en la cabeza, huyendo de nuevos incidentes en Masisi », explica una monja…

Los salesianos animan una escuela técnica en el norte de la ciudad. Tres mil alumnos se forman en carpintería, albañilería, electricidad, fontanería y costura. Entre ellos trescientos salen de la calle o perdieron a sus padres. Una centena de niños desmilitarizados por la ONU es acogida aparte. Deben pasar una temporada de preparación para una reintegración social antes de obtener los papeles indispensables para circular libremente. Son los más difíciles y más expuestos. Esa mañana había atacado a los carpinteros apedreando los cristales del taller. Al saber esto, los jóvenes de las calles del barrio acudieron con barras y machetes, querían castigarles. Hubo que amenazar con llamar una vez más al ejército para devolver la calma. Los ex-soldados no pueden salir del centro: podrían ser linchados por los habitantes. Mal acogidos a su vuelta al pueblo, despojados del prestigio de las armas, no cobrando más un sueldo, algunos vuelven pidiendo seguir una formación profesional. Pero también pueden ser recuperados fácilmente por las bandas de rebeldes.

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Una parte de quienes vinieron a Nairobi

La alegría y la emoción de los jóvenes que nos acogieron está a la medida del aislamiento experimentado en consecuencia de las pruebas sucesivas que marcaron su país. « La región ha sido afectada tanto, que es difícil para los jóvenes de creer en su futuro », explica una acompañante. Una decena hizo el viaje a Nairobi en noviembre de 2008 para participar en la peregrinación de confianza. Al final del domingo de oración y de intercambios con los jóvenes responsables de las diferentes parroquias de la ciudad, la joven coordinadora todavía vuelve sobre esta experiencia en un mensaje de tres páginas cuidadosamente preparado. « No había más jóvenes congoleños, ruandeses, tanzanianos, sudafricanos, chinos o europeos sino que todos nosotros éramos hijas e hijos de un mismo Padre. Él que unió por medio de su Hijo una multitud dispersa. Esta unidad en la diferencia nos permitió tener otra visión del mundo por la fe. Hay sólo un Evangelio que puede unir así a la gente más allá de sus enclaves socio políticos y hacer de ellos un solo pueblo, hablando sola lengua, la del amor. » Concluye con una invitación a volver para preparar encuentros en su país y pidiendo que permanezcamos cercanos…

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