Burundí, mayo 2009

Construyendo relaciones nuevas

Luego de sus visitas en Ruanda y en Goma (RDC) y antes de volver a Nairobi, los hermanos prosiguieron su camino hasta Burundi donde, entre otros, encontraron a los jóvenes que participaron en el encuentro del noviembre de 2008 en Kenia.

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Ensayo de cantos antes de la oración en la Universidad de Ngozi

Con la estabilidad que sigue a la firma del alto el fuego y a la convocatoria al proceso de paz de la Frente Nacional de Liberación, el último grupo rebelde, la gente vuelve a tener esperanza, en particular los jóvenes. Ellos conocieron sólo años problemáticos: «Hace sólo cuatro años que pude salir de la capital, viajar por primera vez al interior y descubrir mi país», explica Noëlla, estudiante de derecho a Bujumbura.

Quince años de guerra civil, un millón trescientas mil víctimas, centenas de miles de refugiados, Burundi no conoció una suerte mejor que su primo del norte. «La tragedia duró aquí más tiempo y tocó a más gente». El país no conoció la llegada de una nueva clase dirigente formada en el extranjero, no suscita la misma movilización internacional, la transición allí es más laboriosa. El país es esencialmente agrícola, contamos con 283 médicos y ocho millones y medio de habitantes que viven en menos de 27 000 km2. El salario mínimo es de 35 dólares en la capital, la mitad en las provincias. Mientras que un kilo de arroz cuesta un dólar…

Francisco Nitunga anima la asociación interconfesional "Rema Ministries" que comenzó su acción entre los refugiados burundeses en Nairobi. Cuenta: «hubo tantas atrocidades cometidas... estamos hartos. Necesitamos gente que sienta con su corazón lo que atravesamos. Hubo más de quinientos mil refugiados. Había once campos en Tanzania y otros tantos en Kenia. En 2004 nos mudamos a Burundi para participar en la acogida de los que vuelven al país. Algunos lo dejaron en 1972; a la época había tres millones de habitantes, hoy hay más de ocho millones. Nos preguntamos: ¿Cómo vamos a acoger a aquellos que vuelven? Necesitamos paz, hay pues que desear –y asegurarnos– que otros tengan también la paz.»

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Vendedores que acechan cada parada de los minibuses

Con la aproximación de las elecciones generales de 2010, una inquietud resurge. « Los jóvenes se dejan llevar por la esperanza y al mismo tiempo siguen trabajados por la duda », comenta Bernard Ntahoturi, el arzobispo anglicano del país, « estamos en un momento crucial. Hay que ayudar a los jóvenes a que no sean inhibido por su pasado. »

«¿Creen que los burundeses pueden cambiar?» lanza a los visitantes, Raymond uno de los animadores del Centro de jóvenes Kamenge. «Lo creo, porque yo mismo cambié», responde Niza, que continúa: «Mi experiencia en el encuentro de Nairobi me marcó profundamente. Fuimos acogidos a dos por una familia pobre. No tenían agua corriente, dormíamos con las hijas mayores en la sala común, apretadas sobre el sofá. Aprendimos a asearnos en el patio con los vecinos. Afortunadamente la madre comprendió que la pasábamos mal con la comida, tradicionalmente poco cocido, y entonces nos preparaba arroz cada día.» Emmanuela continúa: « Esta gente nos acogió con su corazón, formábamos parte de su familia. ¡Y Yo que me quejo al instante cuando me falta algo... creo que aprendí algo! Es posible acoger con casi nada. Nosotros que somos tan cerrados, también podemos hacer lo mismo. Me gustaría amar cómo esa familia me amó.»

«En otro tiempo los jóvenes pensaban sólo en salir y en divertirse. Ahora llenan los lugares de oración. ¡Algo cambia! » confirma por su parte Alphonse. « El objetivo de nuestro centro es enseñarles a los jóvenes a vivir juntos. Después de la crisis de 1993 la división era tan grande que sólo podíamos circular de un barrio a otro. Pandillas sembraban el terror. Cundía el « sin fracaso », el « sin derrota »; fuimos a buscar al jefe de la pandilla de Cibitoke para pedirle que tomase una responsabilidad en el centro. Era una manera de hacerlo colaborar. Desde su apertura en 1991, 32 000 jóvenes asistieron. A través de diversas actividades, deportivas, de formación, culturales, artísticas, aprenden primero a reconocerse y adquieren, poco a poco, el mismo espíritu.»

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"Ahorrando energías en la subida de Bugarama"

Muchos vuelven sus miradas hacia las Iglesias. Las parroquias, los santuarios, los asilos de ancianos "espirituales" desbordan, las fraternidades y los grupos de oraciones se multiplican. Los niños arrastran a sus padres. La Semana de los Universitarios Católicos invita a una reflexión en profundidad. Monseñor Evariste Ngoyagoye, arzobispo de Bujumbura, recuerda lo que está en juego: «Seamos signo de una humanidad nueva en nuestra región tan golpeada. Estamos entre los más débiles económicamente, tenemos un país desgarrado, debemos reconstruir pero necesitamos reconstruir sobre la roca. Ejerced vuestro deber ciudadano preparándose a votar, pero os dejéis atrapar por las pasiones partidarias. Vuestra primera elección debe ser la de respetar a los demás como a ser humano. Esto es infinitamente más importante que el color de su boleta electoral.»

Así como en otros lugares, los jóvenes de Burundi aspiran a la paz. Pero aquí el peso del pasado y las limitaciones económicas son muy pesadas. Contribuir a la reconstrucción del país supone un compromiso personal. Se dan cuenta que deben atreverse a superar las categorías que polarizaron la vida del país. Comienzan a tejer relaciones nuevas, a encontrar a los jóvenes de los otros barrios, de otros medios, a ir a visitar, a escuchar y a apoyar a grupos en las provincias. Cuando tal compromiso está animado por la búsqueda de una comunión con Cristo, atestigua una madurez y podrá llevarlos lejos.

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