Textos bíblicos comentados

Las «meditaciones bíblicas» son propuestas para sostener la búsqueda de Dios en el silencio y la oración. Se trata de dedicar dos o tres horas para leer en silencio los textos bíblicos que se sugieren y que van acompañados de un breve comentario y algunas preguntas. Más tarde, reunidos en pequeños grupos en casa de uno de los participantes, se comparte brevemente lo que cada uno cree haber descubierto, pudiendo eventualmente finalizar el encuentro con un tiempo de oración.
2019

julio

Juan 19, 25-27 : Al pie de la cruz
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María la Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. (Juan 19, 25-27)

La muerte de Jesús en la cruz es un acontecimiento central de la fe cristiana. Pero escuchamos hablar tanto de él que corre el riesgo de verse empañado, desgastado, de que ya no se experimente como la conmoción que supuso para los discípulos de Jesús.

Pongámonos en su lugar por un momento: llevas algunos años siguiendo a ese Jesús. Ha sido a menudo muy bello escucharlo hablar, verlo sanar enfermos. Ha sido difícil también, ha sido exigente y además la gente se ha reído de ti por creer que alguien así de sencillo pudiera ser el Mesías, el Cristo.

Finalmente, os habéis puesto en camino hacia Jerusalén, ciudad de reyes. Y tú has pensado que por fin Jesús iba a ocupar el lugar que merecía. Estaría en un trono y tu estarías, como él había prometido, en un trono junto a él (cf. Mateo 19,28). Pero nada ha sucedido como esperabas: sí, la acogida en la ciudad ha sido extraordinaria, pero casi enseguida todo ha cambiado, Jesús ha sido arrestado y al día siguiente ha muerto en la cruz.

Era normal que los discípulos se plantearan esta gran pregunta: ¿Cómo dar sentido a un acontecimiento así? Por supuesto no todo terminó con la cruz, pero la resurrección de Cristo parece hacer las cosas incluso más misteriosas.

La cruz nos ayuda a comprender que Cristo permanece fiel hasta el final. En el momento en que debió elegir entre seguir haciendo lo que el Padre le había pedido o seguir con vida, eligió la primera opción. La cruz nos ayuda también a comprender mejor el perdón y la misericordia de Dios. Una misericordia que va tan lejos que roza casi la injusticia: Cristo carga con todo. Como dice su discípulo Pedro: «Cristo sufrió él mismo por los pecados de los hombres, una vez y para siempre; inocente, murió por los culpables, para llevaros a Dios» (1 Pedro 3,18). Está presente en nuestro sufrimiento, hasta la muerte, para conducirnos a la vida.

Pero, ¿comprendemos con suficiente claridad que la cruz es también reconciliación y comunión? San Pablo lo entendió muy bien cuando escribió a los Efesios: «Por su muerte en la cruz, Cristo los ha reunido a todos en un solo cuerpo y los ha reconciliado con Dios; por la cruz, ha destruido el odio» (Efesios 2,16).

Juan, por su parte, en su evangelio y aún más en el relato de la Pasión, presenta a Jesús como un Rey. Justo antes del texto que hemos leído este mediodía, es paradójicamente Pilato quien lo confirma, haciendo colocar sobre la cruz una inscripción que dice «Jesús de Nazaret, el Rey de los Judíos». ¿Qué hace un rey antes de morir? Designa su sucesor, su heredero. Y, ¿quién es ese heredero según nuestro texto? No es una única persona, sino dos, o más bien la comunión, la amistad entre esas dos personas, su madre y su discípulo. Jesús lo había dicho anteriormente: «En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros» (Juan 13,35).

En el momento de la muerte de Jesús nace una nueva familia, ya no depende de los lazos de sangre, ni siquiera es ya necesario pertenecer al mismo grupo, o al mismo pueblo: es Cristo el que reúne a esta familia. Es así como, en un cierto sentido, la Iglesia comienza al pie de la cruz entre esas dos personas que no se han elegido, pero a las que Cristo les pide que se amen.

- Por el don de su vida por amor, Cristo ha creado una nueva familia espiritual. ¿Cómo cambia esto mi manera de entender la vida y el propósito de la Iglesia?

- ¿Qué podemos hacer para que nuestras comunidades cristianas sean lugares donde todos se sientan acogidos, sin temor a ser juzgados?

- ¿Es importante ir hacia aquellas personas que no habría elegido espontáneamente como amigos? ¿Por qué o por qué no? ¿Cómo hacerlo?



Otras meditaciones bíblicas:

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