Pascua 2019

Dejemos que estalle la alegría de la resurrección

Sábado 20 de abril | Taizé, Iglesia de la Reconciliación

Anoche, nos hemos reunido entorno a la cruz de Jesús. ¿Por qué Él, que no había hecho daño a nadie, fue asesinado con tal crueldad? Ninguna explicación es suficiente para responder a esta pregunta. Y a lo largo de la historia de la humanidad, hay tantas víctimas inocentes de la violencia humana!

Jesús amó hasta el extremo y no condenó a nadie. Y creemos que ha resucitado. Nadie puede describir o imaginar la resurrección de Jesús. Solamente podemos decir que ha vencido al odio con el amor, que la muerte no tiene la última palabra. Está vivo y acompaña misteriosamente cada ser humano.

Todavía estoy marcado por el Encuentro de Jóvenes que tuvimos en El Líbano a finales de Marzo. Entre los jóvenes de diferentes países de Medio Oriente y de Europa, 90 pudieron venir de Siria, de las ciudades de Alepo, Homs y Damasco. Una joven vino a mi encuentro llorando y me dijo: “Hay tantos niños abandonados entre nosotros que no tienen suficiente comida, y como vestimenta tienen sólo una prenda, rezad por ellos.”

Os transmito su petición. Vi en esta joven una fe profunda. Una fe que no tiene una respuesta fácil al por qué del sufrimiento, pero que tampoco se rinde frente a él. Una fe que le permite ver el sufrimiento de estos niños para ayudarles en la medida de lo posible.

Hoy celebramos el Sábado Santo. Es el día del silencio de Dios. ¿Por qué Dios no respondió inmediatamente al grito de Jesús en la cruz, resucitándolo el mismo día de su muerte? Jesús, como muchos hombres, mujeres y niños, debió conocer el silencio de Dios para ser solidario con nosotros.

Es sorprendente y profundo que la liturgia nos dé un día de silencio. Esto corresponde a nuestra realidad, donde a menudo nos encontramos en la espera de una liberación y podemos tener la impresión que Dios está lejos.

La Iglesia de Oriente nos ayuda no solamente a padecer este día, sino a descubrir un sentido positivo. Una imagen lo expresa de una manera única: es el icono de la resurrección. En él vemos a Jesús que desciende a las más profundas tinieblas. ¿Qué es lo que hace allí? Rompe las puertas del infierno. Toma de la mano a Adán y Eva, es decir a toda la humanidad, y los eleva haciéndolos salir de esa prisión.

Entonces, permitamos que la alegría de la resurrección, la alegría de Cristo surja en nuestras vidas. Lejos de alejarnos de los que sufren, esta alegría nos da el coraje de enfrentar nuestros propios sufrimientos y el de los demás.

Para conservar y encontrar siempre la fuerza de esta fe pascual, necesitamos caminar con otros, hablar con otros de nuestra fe, de nuestras dudas, de cómo rezar. La semana pasada estuve en Roma. Como cada año el Papa me recibió en audiencia privada, para compartir un momento a solas.

Al final de la audiencia, pedí al Papa Francisco si podía grabar un breve mensaje para saludar a los jóvenes que vienen a Taizé. Lo hizo con gusto. Podéis verlo en Internet. Os anima a caminar junto con otros, no solos, y a ser conscientes de la belleza de la tierra, la naturaleza, y a hacer todo lo que esté a vuestro alcance para cuidar el medio ambiente. Y humildemente os pide que recéis por él.

Nosotros los hermanos vivimos juntos porque queremos expresar por medio de nuestra vida de comunidad que Cristo ha resucitado, que es Él quien nos reúne, más allá de todas las diferencias que pueden haber entre nosotros.

Estamos muy contentos que mañana por la mañana nuestro hermano Jubaraj, de Bangladesh, se compromete para toda la vida en nuestra comunidad. Es una gran fiesta para nosotros, para nuestros hermanos que viven en Bangladesh desde hace 40 años; y los hermanos que viven en pequeños grupos a través de la tierra se unen a esta alegría. Para acompañar a nuestro hermano Jubaraj cantaremos mañana un canto en bangladesí: “he Probhu tomatey”.

Este año, nos acordamos que fue la mañana de Pascua de 1949, hace justo 70 años, que los 7 primeros hermanos después de largos años de búsqueda y preparación, se comprometieron para toda la vida a seguir a Cristo en nuestra comunidad. Siguiendo esta intuición, podemos alegrarnos de lo que nos es dado de vivir hoy.

Agradezcamos a Dios de reunirnos por Cristo en el Espíritu Santo en esta única comunión que es la Iglesia: incluso pobre e imperfecta, ella nos concede el ser un signo del amor de Dios para toda la humanidad.

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