Meditación del hermano Alois

“La muerte ya no tiene la última palabra”

Sábado 16 de abril de 2022

Es una gran alegría estar aquí tan numerosos para celebrar la Pascua. Encenderemos el fuego pascual mañana por la mañana, a las seis y cuarto, en el jardín de la entrada de la fuente. Luego, a las diez de la mañana, celebraremos la Eucaristía. Algunas mujeres, en recuerdo de las que anunciaron a los apóstoles que Jesús había resucitado, llevarán el fuego pascual a la iglesia.

Pero, ¿cómo podemos entrar en la alegría de la Pascua cuando cada día nos llegan noticias del intolerable sufrimiento de mujeres, hombres y niños en Ucrania? La guerra desatada contra el pueblo de este país, la violencia inaudita, nos subleva a todos. También recordamos las guerras y la violencia en otros lugares del mundo. Y no podemos olvidar todas las consecuencias de la pandemia. Todo esto nos pesa enormemente a todos.

Me gustaría compartir con ustedes lo que Yulia, una joven ucraniana, nos escribió al principio de la invasión: "Ahora estoy en Lviv, a salvo, a diferencia de otros millones de ucranianos.” Entonces se preguntó: "¿Cómo no dejar que el odio surja en mi corazón cuando veo la foto de unos padres que acaban de perder a su hijo de 18 meses, herido por un fragmento de misil ruso?" "¿Cómo puedo ver en el autor de este crimen en primer lugar a la persona humana y no al asesino?”

Tuve que decirle que en realidad no tenía una respuesta a esas preguntas, pero que el hecho de que las hiciera demostraba que estaba abierta a la esperanza. Y le aseguré que compartiría sus preguntas con todos vosotros aquí y que las llevaríamos en nuestra oración.

¿Por qué el mal? Esta pregunta nos hace un agujero. Lo gritamos en la oración, pero Dios parece que permanezca en silencio demasiado a menudo.

Nuestra fe cristiana no nos da una respuesta fácil al porqué del sufrimiento. Pero si estamos juntos hoy, es porque creemos que nuestra fe puede ayudarnos a vivir con esta pregunta sin perder la esperanza.

Es como si estuviéramos inmersos en un Sábado Santo que continúa. Sábado Santo: ese día del silencio de Dios, entre la muerte de Jesús en la cruz y la mañana de su resurrección. Jesús murió con el grito "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Aquel que no había hecho nada malo, que no era más que amor, entró en la oscuridad más profunda de la humanidad: la exclusión, la tortura, el odio y finalmente la muerte violenta.

El Sábado Santo nos recuerda este misterio: Cristo, el enviado de Dios, luchó por llevar el amor de Dios a los lugares donde reinaba la muerte. Los primeros cristianos lo expresaron con las palabras: descendió a los infiernos. Los cristianos orientales han desarrollado especialmente este pensamiento en su liturgia y en los iconos.

Esta noche colocamos el icono del descenso a los infiernos en el centro de la iglesia. Muestra cómo Cristo desciende a los que han muerto. Pero su descenso es al mismo tiempo un ascenso, derriba las puertas del infierno y libera a todos los cautivos. Estaba verdaderamente muerto, pero se levanta de entre los muertos y con fuerza se los lleva consigo. La muerte ha perdido su poder, ya no tiene la última palabra. Por eso este icono se llama la “Anástasis”, la “Resurrección”.

Solo podemos expresar este misterio con imágenes, nuestro lenguaje humano no puede hacerlo de otro modo. Cristo vive. Invisible para nosotros, puede acompañar a todo ser humano. No abandona a los que sufren, les hará justicia, incluso después de la muerte. Nuestra esperanza cristiana no es el vago sueño de una vida hermosa que nunca termina, sino una esperanza de justicia para todos. Y esta esperanza puede marcar ya nuestra existencia cotidiana.

Mañana, durante la celebración de la Pascua, seremos testigos de un signo de esta esperanza en Cristo resucitado. Nuestro hermano Bernat se comprometerá por toda su vida con nuestra comunidad. Lo hará, como dice la regla de nuestra comunidad, "a causa de Cristo y del Evangelio".

Es solamente por la esperanza en Cristo, por la confianza en Dios, que un hombre puede decir sí para siempre.

Bernat viene de Cataluña y su familia está aquí para participar en su compromiso. No es la primera vez que sus padres están en Taizé; ya venían con Bernat, así como con su hermano y su hermana, cuando él era aún muy joven, a los 13 años.

La celebración de la resurrección de Cristo, y la alegría que suscita en nosotros, no nos aleja del sufrimiento del mundo. Al contrario, nos hace más capaces de afrontar las pruebas de la vida, las nuestras y las de los demás. Sí, Cristo resucitado nos envía a mostrar con nuestra vida que hay esperanza más allá de toda esperanza humana.

Así, mañana, después de la Eucaristía, podremos saludarnos con las palabras: "Cristo ha resucitado", y responder: "En verdad ha resucitado".

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