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Textos bíblicos comentados

Las «meditaciones bíblicas» son propuestas para sostener la búsqueda de Dios en el silencio y la oración. Se trata de dedicar dos o tres horas para leer en silencio los textos bíblicos que se sugieren y que van acompañados de un breve comentario y algunas preguntas. Más tarde, reunidos en pequeños grupos en casa de uno de los participantes, se comparte brevemente lo que cada uno cree haber descubierto, pudiendo eventualmente finalizar el encuentro con un tiempo de oración.
2014

agosto

Romanos 12, 3-13: Un solo cuerpo en Cristo
Apelando al don que me han hecho, me dirijo a cada uno de vuestra comunidad: no tengáis pretensiones desmedidas, antes tended a la mesura, cada uno según el grado de fe que Dios le haya asignado. Es como en un cuerpo: tenemos muchos miembros, no todos con la misma función; así, aunque somos muchos, formamos con el Mesías un solo cuerpo, y respecto a los demás somos miembros. Usemos los dones diversos que poseemos según la gracia que nos han concedido: por ejemplo, la profecía regulada por la fe, el servicio, para administrar; la enseñanza para enseñar; el que exhorta, exhortando; el que reparte, con generosidad; el que preside, con diligencia; el que alivia, de buen humor. El amor sea sin fingir: detestando el mal y adheridos al bien. El amor fraterno sea afectuoso, estimando en más a los otros. Servid al Señor con celo incansable y fervor de espíritu. Alegraos con la esperanza, sed pacientes en el sufrimiento, perseverantes en la oración; solidarios de los consagrados en sus necesidades, practicando la hospitalidad. (Romanos 12, 3-13)

La clave de este pasaje se encuentra en el versículo 5 : « formamos con el Mesías un solo cuerpo ». La imagen del cuerpo humano para describir a un grupo de personas no es inusual en la literatura de la época, pero el Nuevo Testamento la utiliza en toda su profundidad. Durante la vida en la tierra de Jesús, sus discípulos, pese a ser un grupo muy diverso, ya debieron experimentar una intensa unidad basada en su vínculo con él. Pero tras la Resurrección y la venida del Espíritu Santo, esta unidad cobra una nueva dimensión : los creyentes descubrieron que estaban « en » Cristo y que juntos, de algún modo, constituían ahora un solo organismo.

Los creyentes en Cristo son miembros los unos de los otros. Esta realidad a menudo se nos escapa. Si pensamos en la Iglesia como una institución con un listado de miembros, o como la proveedora de algunos servicios o productos de los cuales somos consumidores, seremos incapaces de percibirlo. Pues depende de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, en lo profundo de cada uno. Se trata de una comunión misteriosa que une a las personas por aquello que reside en lo más profundo de cada cual.

Muchos de nosotros nos sentimos solos o desubicados en la vida : sentimos no tener un lugar al que realmente pertenezcamos. Y el resultado es que a menudo buscamos afirmarnos por encima o incluso en contra de los demás, intentando dominarlos de alguna manera. O tal vez nos subestimamos y consideramos que no valemos para nada. Comprender que formamos un cuerpo en Cristo puede constituir un remedio para este tipo de alienación. Ya no necesitamos buscar seguridad al « tener pretensiones desmedidas » -o demasiado bajas- (v.3), sino que ahora somos libres para « tender a la mesura », dado que en un organismo cada parte tiene su valor único y su rol irremplazable. Si una parte se atribuye el papel de otras, el cuerpo entero queda empobrecido. Si hay partes que no realizan su función, todo el organismo estará discapacitado. Pero cuando cada uno ejerce sus dones en plenitud, todos quedan enriquecidos.

Dios ha regalado a cada persona una « gracia » única, un papel que ha de desempeñar en la vida del cuerpo entero, por medio de la comprensión, la confianza, la perseverancia, y con acciones en armonía con los demás miembros de la Iglesia. Hay una felicidad en el cumplimiento de ese rol. Y el papel que he de cumplir es el mío, no el de ninguna otra persona.

El pasaje ofrece algunos ejemplos : existe el don de tocar e interpelar los corazones de la gente (como el de « profecía ») ; hay ministerios ordenados y puestos definidos en la Iglesia (incluyendo la « enseñanza » y el « servicio ») ; hay dones humanos que se ejercen de manera más informal (« exhortar »), etc. En la Iglesia de Cristo, todos estamos llamados a ser nosotros mismo. Dios ama esta diversidad, desea que no haya dos personas iguales, sino que cada cual utilice sus dones particulares – incluyendo aquellos que aún no ha descubierto- para el bienestar del conjunto.

- ¿Alguna vez he tenido experiencia de « ser un solo cuerpo en Cristo » ? ¿Cómo podría profundizar en esta experiencia ?

- Vivir esta realidad a menudo es solo posible en una comunidad que sea parte de la Iglesia local. ¿Dónde está o dónde podría estar esa comunidad para mí ?

- ¿Qué dones tengo que pueda ofrecer a Cristo como parte de su cuerpo, la Iglesia ? ¿Tiendo a sobre estimarlos o a devaluarlos ?

- ¿Qué dones veo en otros miembros de la Iglesia ? ¿Qué puedo hacer para afirmarlos y sacarles provecho ?



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Última actualización: 1ro de agosto de 2014