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Textos bíblicos comentados

Las «meditaciones bíblicas» son propuestas para sostener la búsqueda de Dios en el silencio y la oración. Se trata de dedicar dos o tres horas para leer en silencio los textos bíblicos que se sugieren y que van acompañados de un breve comentario y algunas preguntas. Más tarde, reunidos en pequeños grupos en casa de uno de los participantes, se comparte brevemente lo que cada uno cree haber descubierto, pudiendo eventualmente finalizar el encuentro con un tiempo de oración.
2014

octubre

Deuteronomio 26, 1-11 : Devolver a Dios lo que Dios nos ha dado
Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, va a darte en heredad, cuando tomes posesión de ella y la habites, tomarás primicias de todos los frutos que coseches de la tierra que va a darte tu Dios, los meterás en una cesta, irás al lugar que el Señor, tu Dios, haya elegido para morada de su Nombre, te presentarás al sacerdote que esté en funciones por aquellos días y le dirás: « Hoy confieso ante el Señor, mi Dios, que he entrado en la tierra que el Señor juró a nuestros padres que nos daría a nosotros ». El sacerdote agarrará de tu mano la cesta, la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios, y tú recitarás ante el Señor, tu Dios: « Mi padre era un arameo errante: bajó a Egipto y residió allí con unos pocos hombres; allí se hizo un pueblo grande, fuerte y numeroso. Los egipcios nos maltrataron y nos humillaron, y nos impusieron dura esclavitud. Gritamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz; vio nuestra miseria, nuestros trabajos, nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte, con brazo extendido, con terribles portentos, con signos y prodigios, y nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que me diste, Señor ». Y lo depositarás ante el Señor, tu Dios; te postrarás ante el Señor, tu Dios, y harás fiesta con el levita y el inmigrante que viva en tu vecindad por todos los bienes que el Señor, tu Dios, te haya dado a ti y a tu casa. (Deuteronomio 26, 1-11)

Este texto describe el propósito y la estructura básica del culto de Israel. Dios concedió el don gratuito e inesperado de una nueva vida a un grupo de apátridas, haciendo de ellos un pueblo con una relación especial con él y dándoles una « tierra de leche y miel » en la que vivir. Los miembros de la nación son invitados a responder a la iniciativa divina mostrando su agradecimiento y a hacerlo devolviendo a Dios una parte de cuanto Dios les ha dado. Pero, ¿cómo ofrecer un regalo al Dios invisible ? Aquí es donde entra en juego la institución del culto organizado, para permitir a los seres humanos realizar una ofrenda simbólica a Dios con la que expresar su relación con él.

Así, en tiempos de cosecha, el labrador toma parte de los frutos de la tierra y lo trae a un lugar consagrado a Dios, un santuario o templo. Los entrega a un hombre que ha sido designado para esta función, un sacerdote, y éste acepta la ofrenda en nombre del Señor y la transmite simbólicamente a Dios colocándola en el altar, un lugar de encuentro entre el cielo y la tierra. Entonces, la ofrenda se hace desaparecer de una forma u otra, ya sea quemándola o consumiéndola. Este retorno a Dios de los dones que Dios ha dado, conocido en la Biblia como sacrificio, expresa y refuerza los vínculos entre los participantes. Despierta la esperanza en que Dios siempre estará allí para sus fieles y continuará cuidándolos. Les hace conscientes de que, en última instancia, todo es don y el sentido último de la existencia no reside en el propio esfuerzo sino en la confianza en que Dios les guía y protege continuamente.

Por consiguiente, para los personajes bíblicos, ofrecer sacrificios no es un deber pesado, mucho menos algo doloroso, sino un tiempo gozoso en el que sus lazos con la Fuente de Vida son renovados : « Harás fiesta por todos los bienes que el Señor tu Dios te ha dado... ». Acudir al templo significa hacer memoria de los momentos importantes del pasado, expresar el agradecimiento y la confianza en Dios del presente y, por tanto, reforzar la esperanza en el futuro. Además, supone tener una experiencia tangible de comunión con el resto de los fieles.

Lejos de eliminar esta dimensión de la existencia, la venida de Jesús el Mesías tan sólo la hace más concreta. Jesús no ofrece regalos materiales -y por tanto simbólicos- a aquel a quien llama Padre. No, su vida entera es un don al Padre, expresado por una vida para los demás y sintetizado en su muerte en la cruz. Tal y como expresa la carta a los Hebreos : « Se sacrificó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo » (7, 27 ; ver también 9, 25-26 ; 10, 10). Y por nuestra parte, también nosotros somos invitados a hacer de nuestra vida don. Pablo escribe a los cristianos de Roma : « Os exhorto a ofreceros como sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios: sea ése vuestro culto espiritual » (Romanos 12, 1). Los creyentes saben que todo es don y, por tanto, su único deseo será devolverlo todo a Aquel que derrama abundancia de bendiciones materiales y espirituales.

- ¿Es posible vivir en gratitud ? ¿Por qué a menudo resulta más fácil pedir algo a Dios que agradecer cuanto hemos recibido ?

- ¿Mediante qué actitudes y acciones puedo hacer de mi vida una ofrenda a Dios ?

- ¿Cómo entender, en este contexto, las palabras « Misericordia quiero y no sacrificios » (Oseas 6,6 ; Mateo 9, 13) ?



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Última actualización: 1ro de octubre de 2014