Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado ;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo ;
salva a tu siervo, que confía en ti.
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día.
Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día ;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti.
Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica.
En el día del peligro te llamo,
y tú me escuchas.
No tienes igual, Señor,
ni hay obras como las tuyas.
Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor ;
bendecirán tu nombre :
« Grande eres tú, y haces maravillas ;
tú eres el único Dios. »
San Pablo escribe: Cerca de ti está la palabra: en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación. Porque dice le Escritura: Todo el que crea en él no será confundido. Que no hay distinción entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que le invocan. Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.
o
Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el espíritu del mal. No comío nada en aquellos días, y al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el espíritu del mal le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.» Jesús le respondió: «Esta escrito: No sólo de pan vive el hombre.» Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el espíritu del mal: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya.» Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás culto.» Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna.» Jesús le respondió: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.» Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno.
Señor Cristo, ¿a quién iríamos? Tú tienes las palabras de la vida eterna.
—Que tu palabra nos ilumine.
Señor Cristo, tú nos dices: Vosotros sois la sal de la tierra.
—Que tu palabra nos ilumine.
Señor Cristo, tú nos dices: Amad a vuestros enemigos.
—Que tu palabra nos ilumine.
Señor Cristo, tú nos dices: Haced el bien a los que os odian.
—Que tu palabra nos ilumine.
Señor Cristo, tú nos dices: Sed misericordiosos.
—Que tu palabra nos ilumine.
Señor Cristo, tú nos dices: Rezad, pedid, buscad y encontraréis.
—Que tu palabra nos ilumine.
Señor Cristo, tú nos dices: Buscad primero el Reino de Dios.
—Que tu palabra nos ilumine.
Jesucristo, cuando la tentación nos sugiere abandonarte, tú oras en nosotros. Tú nos haces estar atentos a no permanecer en la oscuridad, sino a vivir de tu luz.
o
Bendícenos, Cristo resucitado, tú que nos ofreces este frescor del Evangelio: comenzar todo en la confianza del corazón.