hermano Simon

Meditación para el segundo domingo de Adviento

Isaías 11, 1-10 ; Mateo 3, 1-12
©Taizé

Los textos que acabamos de escuchar nos presentan a dos personas que eran conscientes de estar viviendo un momento histórico que comprometía dramáticamente la responsabilidad de su pueblo. En relación con Dios, esta conciencia los embarca plenamente tanto en su época como en el futuro. Y aunque el mundo parece derrumbarse ante ellos y bajo sus pies, siguen basándose en la esperanza de lo que el Espíritu de Dios es capaz de suscitar entre los seres humanos.

Juan Bautista esperaba a un hombre fuerte que hiciera experimentar a muchos el poder ardiente de ese Espíritu. Sería poderoso como nadie antes que él. El propio Juan, que sin embargo había adquirido gran renombre, no sería en absoluto digno de ser comparado con él. ¿Quién es entonces esta persona? El resto del evangelio nos lo cuenta, y lo escucharemos especialmente en Navidad: es Jesús. Sin embargo, lejos de manifestar un poder terrible como tal vez esperaba Juan, Jesús convivió durante mucho tiempo con la vulnerabilidad, llegando incluso a atravesar las mayores tinieblas.

A pesar de este giro inesperado, Juan siguió comprometido con el destino de Jesús y con Dios. Mantuvo una apertura interior hacia él y fue reconocido por muchos, incluido el propio Jesús, como un mensajero fiable de los designios de Dios. No sabemos si, antes de morir, Juan acabó reconciliándose con la extraordinaria sencillez de Dios. Sin embargo, al menos confió en que, incluso con sus patrones de pensamiento, con su personalidad única, en su lucha con su época, había sido conducido por el buen camino.

Es que Dios es capaz de utilizar nuestras mayores expectativas para encontrarnos con él, incluso cuando estamos influenciados por nuestras proyecciones sobre él (o incluso influenciados todavía por nuestros miedos o ambiciones). La pregunta importante entonces es la que plantea el propio Juan Bautista: ¿qué fruto producen estas expectativas? ¿Qué sucede cuando nos ponemos en marcha?

¿Desarrollamos, como él, un discernimiento de lo mejor de lo que el ser humano, creado por Dios, es capaz, individual y colectivamente? ¿Buscamos vivirlo con quienes nos rodean? ¿Encontramos la audacia de una palabra de justicia que es ante todo exigente con quienes tienen más influencia y deben ser ejemplares? Y cuando otros expresan sus expectativas de Dios de manera muy diferente a nosotros, ¿podemos reconocer si se producen frutos?

Isaías también esperaba a alguien. Creía que el Espíritu de Dios podía, a través de una persona, levantar a todo un pueblo. De hecho, intuía que ese Espíritu podía abrir un horizonte mucho más amplio, tan amplio que las palabras no bastan para describirlo. Así que fue a buscarlo, con sus palabras, donde no se esperaba, donde ya no se esperaba: en imágenes de gran dulzura y profundidad.

Para mirar al futuro de frente, Juan tenía el bautismo e Isaías tenía poemas. Cuando aquel a quien esperamos parece escapar a nuestra mirada, ¿sabremos depositar nuestra confianza en lo que es muy pequeño? ¿Cómo lo haríamos sin poesía? Si las estrellas brillan incluso cuando no las miramos, eso no es motivo para no mirarlas.

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Publicado el 7 dic 2025