¿Qué buscas?
frère Matthew
Tantas personas están buscando un sentido para sus vidas. Buscan algo mayor que las fáciles promesas que tan a menudo llenan nuestras pantallas. ¿No han sido los humanos creados con algún verdadero propósito? ¿Qué nos permitiría descubrirlo?
Cuando tratamos de vivir desde la confianza de la fe a veces nos preguntamos: ¿Qué quiere Dios de mí? Tenemos tantos deseos. ¿Cuál es el camino que puedo recorrer con Dios?
Durante el año pasado, hemos recibido visitas en Taizé de jóvenes de Ucrania, Palestina, Líbano, Nicaragua, Myanmar y otros lugares devastados por guerras y conflictos. Su fe y su ansia de una paz justa y duradera han sido una inspiración para nosotros. También hemos escuchado testimonios de personas que trabajan en Gaza o que tienen familiares allí. Vemos el dolor de aquellos cuyos seres queridos han sido retenidos como rehenes y escuchar los gritos de los que buscan justicia bajo regímenes de opresión.
He pasado algún tiempo con los hermanos de nuestra comunidad de Taizé que viven en pequeñas fraternidades en Brasil y Cuba. Brasil sufre aún el legado de la esclavitud y una gran desigualdad. Pero hay personas que se niegan a rendirse; luchan para estar al lado de los más pobres. Pienso particularmente en una comunidad en la ciudad de Salvador, en la que los que no tienen hogar duermen en la iglesia y se ayudan mutuamente.
En Cuba, vi personas valientes que hacen frente a enormes dificultades. Encontré a una abuela que había entregado todos sus ahorros para que su nieto pudiera tener lo necesario para comenzar el año escolar. Su madre, como muchos otros cubanos, había dejado el país como migrante en busca de un futuro mejor.
En muchos lugares, la gente se pregunta: ¿Cómo puedo usar la libertad que se me ha dado para expresar solidaridad con los que sufren? Buscan caminos en los que su deseo de amar y cuidar de otros pueda realizarse, dando sentido a sus vidas mediante la ayuda y el servicio.
Nuestro mundo está tan lleno de belleza, pero hay también tanta injusticia. ¿Cuál es mi lugar en todo esto? ¿Qué se me pide que haga? Esta es la cuestión que a menudo siento en mi corazón, cuando me confronto con la complejidad de la vida y las opciones que debo tomar.
En el Evangelio de Juan, las primeras palabras de Jesús son “¿Qué buscáis?” Compartí esta pregunta con un grupo de seis jóvenes voluntarios en Taizé, procedentes de seis países distintos de cuatro continentes. Lo que me dijeron inspiró lo que sigue.
A ellos y a todos los voluntarios que contribuyen a la organización de los encuentros en Taizé, pasando tiempo con nuestra comunidad para orar y comprender mejor la llamada de Cristo en sus vidas, quiero decirles ¡gracias!
frère Matthew
Buscar el silencio
Después de una semana en Taizé, a la pregunta de qué es lo más importante que han vivido, muchos jóvenes hablan de su experiencia del silencio. En un mundo hiperconectado y en constante movimiento, esto puede resultar sorprendente.
Cuando nos tomamos tiempo y desconectamos del flujo de información que nunca termina, es a menudo en el silencio que nos encontramos verdaderamente con nosotros mismos e intuimos una realidad mayor.
En la hermosa Creación de Dios, el sonido del viento, el murmullo de un arroyo y el canto de los pájaros puede abrazarnos y conducirnos hacia ese silencio interior en el que la comunión con todo lo que existe se hace tangible. Una noche llena de estrellas puede llenarnos de asombro*.
Jesús entró en el mundo en silencio*: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”*. El que estaba con Dios y era Dios antes de la creación de todas las cosas vino a estar con nosotros mediante un nacimiento humilde y pobre en el silencio de la noche*: la luz que brilla en la oscuridad.
Así, este silencio no está vacío. Se convierte en un lugar de encuentro. En el silencio no estamos solos. Pero nos cuesta, porque nuestra mente está llena de tantas cosas. Como dice la Regla de Taizé, “Si te distraes, recupera la oración, en cuanto te des cuenta de ello, pero sin lamentarte”*.
Hace muchos siglos, alguien rezó: “Mi corazón me dice de tu parte: ‘¡busca mi rostro!’ Tu rostro buscaré, Señor”*. En el silencio de nuestro corazón, ¿nos volveremos una y otra vez a la búsqueda de Dios?
A menudo, la oración es, primero de todo, un deseo*, un ansia silenciosa de paz en la presencia de Dios. Cuando no sabemos cómo rezar, el Espíritu Santo está ahí, orando en nosotros con gemidos más profundos que cualquier palabra*. Al escuchar esta parte más honda de nuestro corazón, podemos darnos cuenta que es ahí donde habita el Espíritu Santo. Me encuentro frente a mí mismo y frente a Dios, que respira en mí.
Dios vivo, enséñame a buscarte en el silencio de mi corazón, en la belleza de la Creación, en la escucha de tu Palabra, en la acogida de tu humilde presencia.
¿Podemos comprometernos a dedicar un tiempo cada día para estar en silencio y entrar en la presencia de Dios? Quizás podríamos empezar con tan solo cinco minutos. Comenzar por leer un breve pasaje de la Biblia, o dar gracias por lo que hemos recibido durante el día anterior; o simplemente tomarse un tiempo para ser.
Buscar una dirección
El silencio hace posible un discernimiento verdadero. Cuando estamos buscando qué dirección seguir, el silencio nos permite escuchar lo que hay en lo más profundo de nosotros. Necesitamos también libertad interior para poder hacer una elección responsable. Tal libertad implica aceptar nuestros límites, pero sin miedo: el miedo nunca es un buen consejero, y Dios nunca fuerza nuestros corazones.
Todos buscamos un sentido de pertenencia y alguna forma de seguridad. Y al buscar una manera auténtica de vivir, a veces son otras personas las que pueden ayudarnos a descubrir quiénes somos en realidad. Podemos sorprendernos de que es a través de otros cómo hemos descubierto algo que no podríamos haber encontrado por nosotros mismos.
En el evangelio de Juan, dos jóvenes se encuentran en el valle del Jordán con su maestro, Juan Bautista, en quien confían. No queriendo retenerlos para sí mismo, Juan les orienta hacia otro, hacia Jesús. Y parten para ir tras él.
Cuando Jesús los ve, les pregunta: “¿Qué buscáis?” Cuando contestan “Maestro, ¿dónde vives?”, les dice: “Venid y veréis”*.
Estas dos preguntas resumen el proceso de búsqueda y descubrimiento de una orientación para una vida con Cristo. Partiendo de nuestros propios deseos, de nuestra ansia por una vida mayor —“¿Qué buscáis?”— nos situamos frente a la persona de Jesús — “Maestro, ¿dónde vives?”
El Jesús que nos invita a “venir y ver”, es amable y humilde de corazón y nos ama con un amor incondicional, seguro, que no falla. ¿Me atreveré a responder a esta invitación a pesar de mis dudas e incluso de mis recelos?
Cristo Jesús, muéstrame el camino y prepárame para seguirlo*.
¿Qué personas me orientan hacia Cristo? Tómate un tiempo para dar gracias por ellos.
Buscar la alegría
Uno de nuestros voluntarios me dijo: “En mi país, los jóvenes tratan de sobrevivir en un mundo que les ofrece de todo; pero en lo hondo, lo que domina es el miedo, la ansiedad y la depresión”.
Estamos rodeados de promesas de alegría. Pero tantas de esas promesas no conducen a una alegría duradera, sólo proporcionan un breve momento de placer.
La alegría brota de lo hondo cuando nos damos cuenta de que somos amados por quienes somos. Cuando comprendemos que la alegría es un regalo y no algo que podemos exigir, podemos descubrir que estamos listos para acogerla. Cuando dejamos de tratar de producirla por la fuerza, somos llevados con ligereza hacia adelante.
Jesús fue invitado con sus amigos a una fiesta de bodas*, y después de un rato, se acabó el vino. En ese momento, algo falta: Jesús está entre los pobres. Saliendo al encuentro de su pobreza, les da algo que está más allá de sus expectativas. Lo que quiere para ellos es la alegría, y lo hace todo para hacerla posible*.
Recuerdo hace muchos años en Calcuta en la casa madre de las Misioneras de la Caridad. En la pared había una frase de la Madre Teresa que me recordó que Dios nos acepta con nuestra fragilidad y no nos pide ser perfectos. No necesitamos ser siempre fuertes.
Nuestra pobreza interior puede hacernos temer que no somos lo suficientemente buenos. Esto a menudo nos conduce a disfrazar quiénes somos en realidad, en lo profundo. Pero si nos permitimos mantenernos con las manos vacías ante Cristo, él viene para llenarlas, transformando esa pobreza poco a poco.
Incluso a veces, cuando nos sentimos tristes y la alegría parece lejana, es posible recordar que Jesús habló de una alegría que nadie podrá quitar*.
Dios misericordioso, quisiéramos acoger tu alegría en toda situación. Cuando comprendemos que tú nos amas y abres para nosotros un camino de vida que nunca terminará, la alegría brota de nuestras profundidades.
Reflexionemos sobre qué podemos hacer para llevar la alegría a otros. Encontrarnos con alguien en persona y no solo virtualmente. A veces cuando hago libremente un servicio humilde para otros, recibo mucho más de lo que había esperado, especialmente cuando veo la alegría en las caras de aquellos a los que sirvo.
Buscar un sentido
En cada uno de nosotros existe una sed de sentido. ¿Dónde podemos saciar esta sed? En nuestras vidas ajetreadas, hay una voz callada dentro de nosotros que susurra que somos amados.
Un líder llamado Nicodemo, que estaba buscando un sentido verdadero para su vida, escuchó hablar de Jesús*. Vino de noche para encontrarse con él y hallar un modo de poner en palabras sus pensamientos.
Nuestras preguntas más profundas sobre la fe, la vida y la muerte, sentido y propósito, a menudo permanecen inexpresadas. Pero hasta que no son dichas, algo en nosotros está insatisfecho, como era el caso de Nicodemo.
Al buscar, ¿seguiremos la pista de nuestras preguntas hasta que nos lleven a la fuente de la vida? Puede que no encontremos todas las respuestas, pero cuando nos atrevemos a seguir a Cristo, podemos llegar a un punto en el que podemos confiarnos a Dios con una confianza lúcida*. Entonces descubrimos que la ternura y la bondad de Dios nos envuelven.
El significado de la vida de Jesús no fue juzgar a la humanidad, sino hacer posible que todo ser humano pueda comprender que es amado por Dios. Viene a mostrarnos el camino de un amor siempre mayor. Este es su secreto.
Nicodemo se acercó a la luz paso a paso. Un año o dos después de encontrarse de noche con Jesús, le defendió públicamente ante las autoridades de Jerusalén*. Unos meses más tarde, cuando Jesús estaba en la cruz, mostró una gran valentía*. Se atrevió a pertenecer al grupo de los amigos de Jesús. Su valor le condujo a la comunidad.
Condúceme, amable luz, en medio de la oscuridad que me rodea, ¡condúceme!... No pido ver lejanas escenas; un paso me es suficiente*.
Tratemos de organizar una reunión en la que cada persona hable de cómo encuentra sentido para su vida. Para algunos será a través de su fe, para otros puede ser a través de algún tipo de acción, todavía otros pueden tener más preguntas que respuestas. Un compartir así y una escucha atenta puede ser un modo de animarse mutuamente. Si parece apropiado, la reunión podría comenzar con una canción que invoque al Espíritu Santo y termine con un canto de acción de gracias.
Buscar un mundo justo
La injusticia — se trate de devastación ecológica*, desigualdades, violencia, opresión o guerra — despierta toda una gama de emociones: indignación, ira, tristeza, algunas veces desesperación. Pero cuando en justicia decidimos luchar contra ella, ¿no hay un peligro de que nos encerremos tanto en nuestras propias opiniones que no seamos capaces de ver más allá?* Existe incluso el riesgo de convertirnos en prisioneros de nuestro propio algoritmo y ser atrapados en la polarización que amenaza nuestras sociedades.
Salgamos de nuestra caja y permitamos que puntos de vista distintos de los nuestros nos desafíen, incluso cuando sea imposible estar de acuerdo.
A veces necesitamos estar preparados para contemplar la totalidad de realidades complejas, en las que ninguna solución parece posible*. Escuchar los relatos de distintas posiciones puede ser abrumador, pero no escucharlos sería injusto.
Después de la oración de la tarde en la iglesia de Taizé, una joven me dijo: “Tengo que reconocer la violencia que hay en mí, pero también mantenerla junto a mi necesidad de contemplación”. He encontrado esto muy liberador. En lugar de suprimir ese sentimiento, o fingir que no existe, ella lo colocó junto a su sed de Dios.
Existe el peligro de que fuerzas destructivas que hay en nosotros nos atrapen. Es tan fácil demonizar a las personas, incluso naciones enteras. Entonces nos arriesgamos a ser absorbidos en una espiral que perpetúa la violencia. La contemplación — oración — nos abre a otra dimensión, nos conduce a reconciliarnos con lo que llevamos en nosotros y encontrar modos de construir puentes.
El Espíritu Santo está ahí para guiarnos por el camino en el que podemos tomar decisiones valientes. Hermano Roger, que empezó nuestra vida comunitaria en Taizé, hablaba de la violencia creativa de los artesanos de paz* que les capacitaba para no caer en la tentación de abandonar el camino del Evangelio
Jesús encarna el mundo de justicia y relaciones justas que el Evangelio llama Reino de Dios. Pero se enfadó y volteó las mesas de los vendedores y cambistas de dinero en el Templo para hacer espacio para Dios*. Jesús habló vehementemente contra la hipocresía religiosa, pero también fue capaz de acoger a un líder religioso como Nicodemo. Estaba familiarizado con los fariseos y aceptaba su hospitalidad*, pero también compartió comidas con personas excluidas de la sociedad. Tenía un amor incansable por las ovejas perdidas del pueblo de Israel*, pero admiró la fe de un oficial romano y curó a su hijo*; y se dejó desafiar por la fe de una mujer pagana que encontró en un viaje al extranjero*.
Al asumir el riesgo de establecer relaciones con personas diferentes*, Jesús hizo nacer la confianza y encarnó el poder reconciliador de Dios.
Si sabemos que la luz brilla en la oscuridad y que, a través de gestos sencillos de bondad humana, el amor de Dios puede prevalecer, entonces somos liberados para actuar.
Cristo Jesús, en tu vida sobre la tierra, no dudaste en denunciar la injusticia, pero buscaste construir puentes con los que te encontrabas en tu camino. Aumenta nuestra sed de construir puentes que unan las separaciones que dividen a las personas y las naciones para que la justicia pueda florecer sobre la tierra.
¿Qué pasos concretos podemos dar para construir puentes allí donde hay división? Es difícil para una persona actuar sola. Reflexionemos con otros; compartamos ideas; salgamos como grupo al encuentro de aquellos que viven en los márgenes de la sociedad. ¿Qué significa escuchar a personas con opiniones distintas de las nuestras, comprender sus miedos, mientras que permanecemos fieles a nuestros propios valores evangélicos?
Buscar la comunidad
Uno de los voluntarios en Taizé me dijo: “Quiero vivir de acuerdo con mis valores y los valores del Evangelio. Cuando tomo una decisión, me pregunto, ¿es aceptable esto para otros, para el planeta y para mí mismo? Queremos construir un mundo mejor”.
Comunidad con otros, con la Creación, con Dios — después del aislamiento de la pandemia, ¿estamos preparados para reconstruir un mundo de comunión*, un mundo de mutuo cuidado?* Todo está conectado; todos nos pertenecemos unos a otros en esta casa común nuestra, la Creación que nos ha sido dada.
Al pie de la Cruz, la comunidad de Jesús se había desintegrado. Judas le traicionó. Pedro le negó. La mayoría de sus amigos huyeron. Todo el trabajo de Jesús para construir una vida de comunión amorosa, de acoger a todos, parecía haber acabado. Había asumido el riesgo de estar dispuesto a dar su vida incluso por aquellos que le iban a rechazar. Pero en el momento más oscuro, una comunidad renació al pie de la Cruz*.
Según el Evangelio de Juan, cuatro mujeres y un hombre permanecieron con Jesús hasta el final. Sin palabras, estuvieron simplemente allí. Se convirtieron en testigos de la comunión que Jesús continúa creando incluso cuando nada parece ya posible.
La hostilidad y el rechazo rompen la comunión humana. Sobre la Cruz, Jesús cargó con esta hostilidad y rechazo sobre sí mismo, reconstruyendo una comunión incluso en el momento del mayor sufrimiento*.
En la Cruz, Jesús confió su discípulo amado a su madre como otro hijo, y él, representando a todos los futuros discípulos que Jesús ama, la acogió en su casa. Había nacido una nueva familia: la comunidad de creyentes en Jesús, la Iglesia — nacida no al modo humano del triunfo y la victoria, sino del amor que es más grande que el mudo silencio del sufrimiento. ¿Quién podría ser excluido de una comunión así?*
En la Iglesia, somos llamados a permanecer junto a los que sufren, con las víctimas de la injusticia*. Todos somos humanos, llamados a acogernos mutuamente en derecho y equidad, en el respeto a la libertad e integridad de cada persona.
Jesús cumplió su obra cuando murió en la víspera del sábado, el día séptimo de la semana*, al igual que Dios finalizó la obra de la Creación en el séptimo día, habiendo visto que todo “era muy bueno”*. El don que Jesús hace de su vida sobre la Cruz es el comienzo de una nueva Creación. Murió de una muerte violenta — pero “ríos de agua viva”* fluyen de su cuerpo*, agua que es el Espíritu Santo que renueva la faz de la tierra.
El cuerpo de Jesús es colocado en una tumba nueva en un jardín, el jardín en la que nuestra tierra está destinada a convertirse*. Y en el silencio del séptimo día que sigue, la Creación herida, de la que formamos parte y es confiada a nuestro cuidado, comienza su secreta transfiguración.
Cristo Jesús, tú diste tu vida por cada persona, y nos muestras hasta dónde estás dispuesto a entregarte a nosotros. Que permanezcamos a los pies de tu Cruz con tu madre María y tu discípulo amado, y acoger lo que nos quieres decir.
¿Con quién se nos pide que permanezcamos? ¿Cómo experimentamos la comunidad? Estudiantes pueden compartir una casa, orar juntos y compartir comidas, especialmente con estudiantes extranjeros; otros se reúnen semanalmente en casa de alguno. Acojamos con sencillez a los que se sienten fuera de lugar, venciendo así el sentimiento de injusticia.
Buscar la paz
Ansiamos la paz —paz interior y paz en este mundo que Dios tanto ama. “Comienza con el trabajo de la paz en ti mismo, una vez que tú estés en paz, puedes llevar la paz a otros”*, dijo un creyente del siglo IV.
Cuando Jesús se encuentra con María Magdalena en el jardín en la mañana de Pascua, le pregunta: “¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?”* Sus lágrimas se convierten en lágrimas de alegría al darse cuenta de que aquel que ansiaba tanto no ha sido vencido por la muerte. Y Jesús entonces la envía a compartir lo que ha visto y oído con sus otros amigos.
Poco después, cuando Jesús se encuentra con ellos y ellos están todavía llenos de miedo, sus primeras palabras son “¡Paz a vosotros!”* Entrando en su miedo, les abre a la paz de su presencia. Soplando sobre ellos el Espíritu Santo, les confía la responsabilidad de continuar su obra de reconciliación.
La paz que Jesús les había prometido antes de su muerte, una “paz que el mundo no puede dar”*, es mucho más que una ausencia de conflictos. La palabra bíblica shalom incluye un sentido de restauración y plenitud. Es la paz de Dios que nos es confiada para que podamos cultivarla y desarrollarla.
Cuando ayudamos a otros a descubrir la libertad y la paz que se les ofrece, cuando hacemos lo posible para echar abajo las barreras de hostilidad y los muros que los mantienen confinados, entonces participamos en la vida misma de Dios. Y cuando miramos a la Creación con asombro y gratitud, y cuidamos de ella, ¿no marchamos sobre el mismo camino?
Todos nosotros tenemos necesidad de sumergirnos en la paz que Cristo resucitado promete a cada uno. De este modo podemos caminar juntos y acompañarnos mutuamente, sembrando esperanza* a cada paso. Incluso con gestos muy sencillos, ¿buscaremos convertirnos en signos de reconciliación, peregrinos de paz, cada uno a su modo, dondequiera que Dios nos haya puesto?
Escuchemos las voces de los que sufren a causa de mortíferos conflictos o de la violencia que encontramos en nuestras sociedades. Mantener contacto con personas que viven en zonas de guerra puede ser un modo de realizar esto. Sostengamos a los que luchan por la justicia en países con regímenes opresivos o con gobiernos que promueven la guerra. ¿Estarían algunas de estas personas dispuestas a compartir su testimonio? Preparemos una vigilia de oración por la paz y compartamos algunos de estos testimonios. Escuchemos lo que el Espíritu Santo nos está diciendo hoy.
Bendícenos, Dios de amor. Por el Espíritu Santo, siempre guías nuestros pasos mientras caminamos con Cristo resucitado. Que busquemos ser peregrinos de esperanza, peregrinos de paz.
Publicado el 27 dic 2025