Comentarios bíblicos
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Palabras de Vida
Mateo 7, 24-27Esta parábola marca el final del “Sermón de la Montaña” (Mateo, capítulos 5-7), una de las partes centrales de las enseñanzas de Jesús. Nos indica cómo deberíamos tomarnos este “sermón”. ¿Como un ideal que nos inspire en la distancia? ¿Como un código ético? ¿Como una serie de mandatos algo arbitrarios que debemos obedecer sin una justificación clara? No, la imagen usada aquí es la de la construcción de una casa en la que vivir: el objetivo de las enseñanzas de Cristo es llevarnos a hacer de nuestra vida un lugar en el que podamos ser nosotros mismos, donde podamos sentirnos en casa, sin tener que preocuparnos de que se derrumbe repentinamente. Se trata de nuestra seguridad última.
La parábola compara a dos constructores. Uno de ellos se toma la molestia de construir unos cimientos sólidos, mientras que el otro toma atajos: con tal de obtener un resultado rápido, descuida los cimientos de su casa, invisibles pero esenciales. La diferencia no es apreciable al principio, pero tarde o temprano surge una situación en la que queda patente que, a pesar de las apariencias, una de las casas no es en absoluto de fiar. Los dos constructores representan las dos posibles actitudes de las personas que “oyen las palabras de Cristo”: uno “las pone en práctica” mientras que el otro no lo hace. Cuando actuamos según las palabras de Cristo, encontramos una firmeza escondida, una seguridad que no puede obtenerse de ningún otro modo.
Esto supone un reto al tiempo que un estímulo. ¿Cómo aceptar el desafío y “poner las palabras de Cristo en práctica”? Desde luego, el mejor modo no es tratar de entender todo el Evangelio antes de empezar. Tampoco lo es centrarse en una parte de la enseñanza que nos parece imposible o incomprensible, atascarnos ahí y llegar a un punto muerto. Lo esencial es comenzar, con sencillez pero sin demora, con ese poco que hemos entendido de sus palabras, no importa lo pequeño que sea el primer paso. Y cuando constatemos que hemos olvidado algo, o que hemos fracasado, siempre es posible empezar de nuevo, muy sencillamente, “nunca desalentados porque siempre perdonados”, en palabras del hermano Roger.
Cristo sabe que no lo entendemos todo, y que en nuestros esfuerzos por seguirle a menudo somos muy pobres. De hecho, las primeras palabras del Sermón de la Montaña (Mateo 5, 3) acuden precisamente al encuentro de nuestra pobreza: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos es el Reino de los Cielos”. La primera de las palabras que quiere que llevemos a la práctica es permitirle declararnos bienaventurados.
Las palabras de Cristo no son reglas que haya que aplicar: son una fuerza que puede construir nuestras vidas desde su interior. No podemos descubrir esa fuerza tomando esas palabras como una ley externa, ni tampoco entendiéndolas de manera abstracta. Se trata más bien de escuchar aquello que resuena en nosotros, lo que nos toca la fibra, algo que evoque -aunque sea levemente- un espontáneo “¡sí, es cierto!”. Y después permitir que esa certeza nos sugiera, incluso aunque al principio sea de manera muy limitada, qué podemos hacer hoy.