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Diciembre 2025

Una luz interior

Juan 1, 1-12
Al principio ya existía la Palabra y la Palabra se dirigía a Dios, y la Palabra era Dios. Ésta al principio se dirigía a Dios. Todo existió por medio de ella, y sin ella nada existió de cuanto existe. En ella había vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino un testigo de la luz. La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la acogieron. Pero a los que la acogieron, a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos de Dios.

Para introducir su Evangelio, San Juan nos confronta desde el principio con el misterio de Cristo, presentándolo tal y como se revelará en plenitud después de su resurrección. Jesús se manifiesta como la luz del mundo. La luz es algo que, por un lado, es muy poderoso (pensemos en esos rayos de luz que tardan miles de millones de años en llegar hasta nosotros), pero que, al mismo tiempo, es increíblemente frágil, porque para bloquearla basta con poner la mano delante de los ojos. La luz y la oscuridad pueden coexistir fácilmente. La luz no puede vencer a la oscuridad, pero basta con la más mínima abertura para que se difunda por toda la habitación.

Esta luz da vida. No solo nos proporciona calor y nos permite encontrar nuestro camino, sino que nos sitúa en medio de la creación y nos permite descubrir quién es Dios. Acogerla significa entrar en la realidad de la vida y el amor de Dios que, en la resurrección, se mostrarán más fuertes que el odio y el rechazo. Acogerla también significa cambiar nuestra perspectiva: dejar de querer ser nuestra propia luz, dejar de querer transformar a toda costa las resistencias y los puntos ciegos con nuestras propias fuerzas, y dejar entrar la luz que da nueva vida a lo que parecía haberse endurecido.

No debemos temer esta llamada que parece tan exigente: ser testigos de la luz, como lo fue Juan el Bautista, ser nosotros mismos la luz del mundo, como Jesús nos invita a ser ( ver Mateo 5, 14). No es con nuestras propias fuerzas que podemos lograrlo; más bien, necesitamos dejar que el reflejo del amor de Dios brille a través de nosotros y se irradie hacia afuera, en medio de aquellos que no lo conocían.

01
¿Qué texto del Evangelio me ayuda a comprender que Cristo es luz?
02
Cuando me asusta la oscuridad, ¿qué me permite darme cuenta de que la luz de Cristo está cerca?

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