Comentarios bíblicos
mensuales
Dar, orar, ayunar
Mateo 6, 1-6, 16-18Y cuando oren, no sean como los hipócritas, porque aman orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos por otros. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa en plenitud. Pero cuando oren, vayan a su habitación, cierren la puerta y oren a su Padre, que está en lo secreto. Entonces vuestro Padre, que ve lo que se hace en secreto, os recompensará.”
(…) “Cuando ayunen, no se vean sombríos como los hipócritas, porque se empequeñece su rostro para que otros vean que están ayunando. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa en plenitud. Pero cuando ayunen, ungid vuestra cabeza con aceite y lavad vuestro rostro, para que no parezca a los demás que estáis ayunando, sino a vuestro Padre, que está en lo secreto; y vuestro Padre, que ve lo que se hace en secreto, os recompensará.”
Lo que cuenta cuando hacemos algo bueno es la generosidad con la que lo hacemos: una entrega libre que recuerda la forma en que Dios nos da. Intentar mostrar nuestra generosidad a otros solo revela su irrealidad. (Jesús, sin embargo, nos anima a dejarnos edificar por la generosidad que notamos en otros. Ver Marcos 12:41-44)
Jesús incluso nos dice que ocultemos nuestra propia generosidad de nosotros mismos: “no dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace tu mano derecha”. Ciertamente, no deberíamos guardar ningún registro de lo que damos, ya que esto puede llevarnos a esperar retribución. Pero estas palabras nos llevan más profundo aún: a medida que decidimos actuar con generosidad, no debemos dejarnos atrapar por pensamientos como “¿Qué bien hará mi acción? – es solo una gota en el océano! ¿Qué cambiará? Si solo otros hicieran tanto…”
No: nada lo hecho con verdadera generosidad, es decir, por amor, se pierde jamás. Se convierte en parte de un flujo oculto y secreto que es la vida de la resurrección. Jesús nos dice, tres veces, que la mirada de nuestro Padre está fijada en este flujo.